La hora del té

La hora del té

Abigail se acomoda el vestido y espera. Del otro lado del cuarto, el oso Claudio y Tino el payaso la observan con ojos de peluche. Ella los ignora. La hora del té comienza a las cinco, cuando papá se encierra en la sala a tomar cerveza y a mirar el partido, cuando saben que no los interrumpirán. Ni un minuto antes.

Finalmente el reloj de pared marca la hora.

Abigail saca los juguetes de encima de la mesa y acomoda al oso Claudio en una silla, a Tino el payaso en otra. En la alacena encuentra las tazas y la tetera. Son de plástico, pero se imagina que son de la mejor porcelana. Las lleva hasta la mesa con mucho cuidado, para que no se rompan, y pone una taza enfrente de cada invitado.

—¿Vu lavuá a mina té? —pregunta Abigail, no dejando que el hecho de no hablar francés le impida hacerlo.

El oso no dice nada porque, como todo el mundo sabe, los osos no hablan francés.

—¿Quisieran ustedes un poco de té? —repite Abigail.

Se imagina que el payaso recoge una taza.

—Con dos de azúcar, por favor —dice, con una sonrisa de plástico colorado.

Abigail sirve el té, pone dos cucharadas de azúcar.

—Muchas gracias, señorita Abigail —el payaso se lleva la taza a la boca y prueba el té. Abigail esta segura de que, si el juguetero se hubiese acordado de ponerle dedos, el meñique estaría recto—. Exquisito, como siempre.

—¿Quisiera un poco de té, señor oso?

El oso Claudio refunfuña.

—¿Otra vez té, Abi? —le acerca la taza con indiferencia— ¿No tenés algo más fuerte? ¿Whisky? ¿Vodka? —se escucha un grito de gol. El partido ya empezó— ¿O quizás una de las cervezas de tu viejo?

Abigail se ríe. El oso Claudio es su peluche favorito. Siempre haciendo travesuras y diciendo tontería. Es su mejor amigo.

—Los osos no toman cerveza —explica con una sonrisa maternal mientras le sirve el té.

—Además papá se enoja si tocamos sus cosas —dice el payaso—. No queremos que papá se enoje otra vez.

La mano de Abigail tiembla y un poco de té cae sobre la mesa. El payaso lo limpia con una mano de peluche.

—No queremos que papá se enoje otra vez —repite Abigail. Todavía le duele la pierna de la última vez.

El oso agarra la taza y mete el hocico dentro.

—Otra vez manzanilla. Que asco.

Abigail se sirve una taza de té con una cucharada de azúcar.

—Dígame, señor payaso —dice, mientras revuelve con la cucharita—, ¿cómo están sus hijas? La más grande debe ya estar por empezar la primaria.

—Si, comienza este año. Déjeme decirle, señorita Abigail, los niños crecen tan…

—Abi, ¿y algo para comer? —dice el oso.

Tino el payaso lo mira con reproche.

—Es de mala educación interrumpir —dice, pero el oso lo ignora.

Abigail se pone de pie y va a la alacena. Vuelve con una bandeja que apoya sobre la mesa.

—Tenemos medialunas, alfajores, sanguchitos de…

El oso gruñe con impaciencia.

—¿Y pan con manteca?

—¿Pan con manteca? —repite Abigail, sorprendida.

—Que grosero —dice el payaso.

—Le ponemos el azúcar encima y queda riquísimo—el oso sonríe una sonrisa de hilos marrones.

Abigail va alacena pero vuelve con las manos vacías.

—Disculpe, pero no hay pan con manteca.

—En la cocina hay, Abi —dice el oso y señala hacia la puerta del cuarto.

El payaso lo mira escandalizado.

—A papá no le gusta cuando que salgamos del cuarto cuando hay partido—dice con voz temblorosa. Le pone una mano en el hombro, pero el oso gruñe y el payaso la saca—. No queremos que papá se enoje otra vez.

El oso mira a Abigail, que está sentada en silencio en su sillita.

—¿Por favor? —dice poniendo su mejor cara de oso.

A su pesar, Abigail sonríe. Cuando el oso Claudio pone esa cara, no le puede decir que no. Es su mejor amigo.

—Ya vuelvo —dice.

—Pero señorita, Abigail, no podemos salir. Papá…

—Callate, payaso —dice el oso.

El televisor en la sala está a todo volumen. Abigail llega a la cocina y saca un pedazo de pan de la despensa. Se oye un silbato, el grito de papá y el ruido de una botella que se estrella contra la pared.

Abre la heladera y busca la manteca. Está en arriba de todo, atrás de plato de sobras de ayer. Difícil de alcanzar. Estira la mano. Papá le grita de vuelta al televisor. Tiene que apoyar un pie en el saliente de abajo. Por fin llega, pero cuando saca la manteca golpea con el codo una botella de cerveza. El ruido de la botella estrellándose contra el suelo es sofocado por el grito de gol del televisor.

Abigail se queda inmóvil, el suelo de la cocina cubierto de vidrio y cerveza. Empieza a volver al cuarto cuando se da cuenta que le falta el cuchillo para la manteca. Abre el cajón, pero no lo encuentra. Papá puede venir en cualquier momento. Agarra el primer cuchillo que ve, uno grande de carnicero, corre al cuarto y cierra la puerta. Respira agitada, los ojos que se llenan de lágrimas. El oso y el payaso la miran.

—Papá se va enojar —dice el payaso.

Abigail corre a la esquina. Deja todo en el piso y se sienta abrazándose las piernas. Comienza a sollozar.

—Gracias, Abi —el oso recoge el cuchillo y se prepara un pan con manteca y azúcar—, justo lo que necesitaba.

Se lo lleva el pan a la boca, pero este se estrella contra su hocico de hilos marrones. El oso suspira y con el cuchillo comienza a cortar uno a uno los hilos. Abigail lo mira.

Cuando corta el último el oso abre la boca. Es gigantesca y muy negra, una hilera de dientes blancos y afilados que asoman bajo el hocico de peluche. De un bocado, el oso devora el trozo de pan. Abigail piensa que así es como deberían verse las bocas de los osos.

Entonces un grito llega desde afuera del cuarto.

—¿Pero que hiciste, pendeja de mierda?

Abigail se encoje en su rincón, temblando. La puerta se abre y entra papá, con una cerveza en la mano y el cinturón en la otra.

—Te dije que te quedarás en tu cuarto —toma un trago de cerveza—. Te dije que mis cosas no se tocan.

Papá la agarra del brazo y Abigail empieza a llorar. Le duele.

—Papá, perdoname, yo…

Se interrumpe. Al lado suyo, el oso Claudio lame con una lengua roja y larga el resto de manteca del cuchillo, sin sacar los ojos de papá.

—¿Pero, que mierda hacés con eso? —dice papá y la empieza a arrastrar hacia afuera del cuarto— Ya te voy a enseñar yo a hacerme caso.

El oso mira a Abigail, mostrando una hilera de dientes blancos desparramados en una sonrisa. Antes de que ella pueda decir nada, el oso salta sobre papá. Abigail cierra los ojos y empieza a gritar.

No sabe cuanto tiempo se queda así, los ojos apretados, la garganta doliendo de no parar. Escucha un grito, algo que se cae y después la voz de papá que se va haciendo más y más débil, hasta que solo se oye de fondo el murmullo del televisor.

—Abrí los ojos, Abi —la voz del oso viene de muy lejos.

Obedece.

Está parada en medio del cuarto. Papá está acostado boca abajo, el rostro vuelto hacia la pared, en medio de un charco rojo y viscoso.

—¿Qué hizo, señor oso? —pregunta, pero nadie le contesta.

El payaso está sentado todavía a la mesa. El oso, tirado a un costado, el hocico nuevamente cosido con hilos marrones. Ninguno de los dos se mueve.

Abigail abre la mano y el sonido del cuchillo contra el suelo la sobresalta. Quiere llorar pero, no se atreve a moverse, a mirar hacia abajo. Se queda quieta, tan inmóvil como sus amigos de peluche. En las tazas de porcelana, el té se comienza a enfriar.


Otros cuentos en el nuevo libro El peso de una pluma de avestruz (Ediciones Franz)

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