Experimento social #77: Compartir la cama

Experimento social #77: Compartir la cama

Entonces, usted está en una relación. ¡Siéntase orgulloso! Ha logrado entablar una conexión con otro ser humano y ha sabido prolongarla a través de ataques de celos, malinterpretaciones y esa habilidad suya de decir la peor cosa en el peor momento. Ha mantenido esta conexión justo lo suficiente para que la otra persona se acostumbre a usted, como un animal se puede acostumbrar a comer el mismo alimento balanceado por toda su vida.

El mismo alimento.

Por toda su vida.

El solo hecho de que sigan juntos desafía cualquier analisis racional, pero por otro lado lo racional aquí no tiene nada que ver y ustedes ya se presentan en sociedad como novios, pareja, amantes, o con la etiqueta de turno que hayan decidido de muto acuerdo adoptar.

Pero la vida en relación no es fácil y entre los diversos obstáculos que deberán sortear para encontrar la felicidad sobresale uno, por lo complejo y engañoso: dormir juntos.

Cualquier pobre inocente creería que yacer en un coma de ocho horas, uno al lado del otro, debería ser la parte más fácil. Pero nada más alejado de la realidad. De noche sale a flote el inconsciente y nace el conflicto. La lucha por el espacio personal.

Sin embargo, durante la primera parte de la relación todo estará bien. Se dormirá abrazado, de la mano o quizás con las piernas entrelazadas bajo las sábanas. Pero poco a poco los problemas irán surgiendo: el mal aliento por la mañana, la lucha por la frazada, los pies fríos como cubos de hielo, y usted se dará cuenta de que aquella no es la persona de la cual se enamoró sino que es lo que usted menos esperaba: una persona real, de carne y hueso. El horror.

Pero usted es una persona madura y decide continuar en su lucha. Sin embargo tener una relación es díficil. Aprender a mantener su propio espacio personal respetando el del otro; encontrar una intimidad tanto personal como conjunta. Son tareas arduas y francamente agotadoras. Además, ¿quién tiene tiempo para eso hoy en día? Entonces es perfectamente lógico decidirse por otra alternativa: expandir su espacio personal.

Compre una cama más grande.

Un cuarto de metro extra para su pareja, un cuarto de metro extra para usted. Veinticinco centímetros sobre los que tendrá sobreranía absoluta e irrevocable y que darán un respiro a la relación. En el medio de la cama quedará una Tierra de Nadie, donde se entablarán aún combates de brazos indocumentados y pies con uñas largas. Pero ningún combate es de tomarse en serio cuando los generales enemigos terminan a los besos en el campo de batalla.

Solución simple y efectiva, pero lamentablemente provisional. Al poco tiempo veinticinco centímetros no serán suficientes y la cama deberá extenderse uno, dos, tres metros más, hasta eventualmente ocupar todo el dormitorio. En este punto se creería que, con cada persona durmiendo en una esquina opuesta de la habitación, sería suficiente. Pero el sabor de la libertad es adictivo y es dificil saber cuando detenerse. Se deberán derribar paredes y columnas para extender la cama hacia el baño, la cocina, el cuarto de visitas. Cuando ya no quede más espacio en el departamento se derribarán las paredes linderas para descubrir, con sorpresa y felicidad, que los departamentos vecinos están a su vez cubiertos enteramento por camas.

Los lechos se unirán hasta abarcar todo su piso. Los pisos de arriba y abajo, también cubiertos por camas, se conectarán por medio de sábanas anudadas que saldrán por las ventana.

Cuando todo el edificio esté ocupado se llegará a un punto de equilibrio, una comunidad donde todos compartirán el mismo lecho. Ideas como la monogamia se considerarán obsoletas. Al fin y al cabo, todos duermen con todos. Las relaciones se tornarán más complejas y dinámicas, no limitadas por número de personas, género, orientación sexual.

No pasará mucho tiempo hasta que el edificio sea incapaz de contener las camas y estas escapen por sus puertas, extendiéndose por las calles, uniéndose a otras que salen edificios vecinos, tomando aeropuertos y cementerios, ocupando parques, creciendo por las avenidas.

Las camas cubrirán la ciudad y saldrán a los campos. Escalarán montañas, bordearán lagos, conquistarán paises y continentes. En poco tiempo el mundo entero será una gran cama y la humanidad se irá a dormir toda junta, millones de dedos buscándose bajo miles de kilómetros de sábanas.

Pero cuando la noche pase y el sol entre por la ventana, entre modorras domingueras y bostezos colectivos, habrá solo una cosa que preguntarse: y ahora, ¿a quien le toca tender la cama?


Otros cuentos en el nuevo libro El peso de una pluma de avestruz (Ediciones Franz)

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Cacho y el Moro

Cacho y el Moro

—¿Algo de cambio, señora?

La mujer saca un par de monedas y, sin mirar, las tira dentro del vaso de papel. Apura el paso.

Si la señora hubiera mirado, habría visto a dos hombres sentados en la vereda, rodeados de botellas vacías. Uno sosteniendo el vaso de papel con una sonrisa sincera, los ojos rojos y cansados, enmarcados en una cara quemada por el sol y coronada por un gorro de lana, el pelo grasiento escapando a los costados. El otro durmiendo con la cabeza apoyada contra la pared, descalzo, una barba y melena canosa ocultándole el rostro. Habría visto los pantalones sucios, la camisa apolillada, el sobretodo viejo. Pero la señora no mira, y no los ve.

—Gracias y que Dios la bendiga.

Los dedos ennegrecidos se sumergen en el vaso de papel, bucean entre las monedas.

—¿Cuánto dejó la vieja?

El hombre del gorro levanta la mirada. El de barba lo mira sonmoliento.

—Te despertaste —dice el de gorro. Vuelve a bajar la mirada—. Un par de monedas de cinco.

—Vieja amarreta —el de barba empieza a revisar las botellas—. Todas vacías.

—Al menos da algo.

—Cinco es lo mismo que nada —levanta una botella contra el sol. Sonríe y se la lleva a la boca—. Seguro que gasta diez veces más por comida en ese perrito de mierda que tiene.

El de gorro busca con la mirada a la señora. Está en la vereda de enfrente y, en efecto, lleva de la correa a un perro. No me había dado cuenta, piensa.

—Quizás deberiamos conseguir un perro —dice y vuelve a revisar el vaso de papel—. La gente da más cuando ve un perro.

—La gente no nos va a dar una puta moneda de más, perro o no perro —el de barba tira la botella al piso y se apoya contra la pared.

Los últimos rayos de la tarde caen sobre los dos hombres. Un joven pasa y deja una moneda. El de barba patea una botella.

—¿Cuanta guita juntamos? —dice— No hay más vino.

El de gorro sigue al joven con la mirada. A donde irá tan apurado, se pregunta.

—Se está haciendo tarde y esta noche va a hacer frío —dice.

—Más razón para tener algo para calentar la garganta —dice el de barba mientras se estira para tomar el vaso de papel, pero el otro lo agarra primero.

—Vos dormis todo el día y después sólo querés chupar —cuenta las monedas —. Hay cincuenta.

Unos dientes amarillos aparecen bajo la barba blanca.

—Bien por la señora, entonces —dice el de barba con una sonrisa. Agarra un zapato de entre las botellas—. Yo me encargo de hacer las compras.

Se lo pone y después tantea bajo unos papeles de diario.

—¿Dónde está el otro?

—¿Qué pasa?

—Me falta un zapato —tira los papeles a un lado.

—Calmate, debe andar por ahí.

Un anciano pasa caminando. Los mira y el de gorro sonríe.

—¿Algo de cambio, señor? —pero el anciano aparta la mirada.

El de barba agarra una botella y la tira contra la pared. El anciano apura el paso.

—¿Pero que hacés? —dice el de gorro— Si hacés kilombo nos van a terminar hechando.

—Pendejos ladrones de mierda. Me robaron el zapato.

—¿Quienes?

—Los chicos que siempre andan por acá. Los que nos tiran piedras.

—Son solo chicos. Hacen travesuras.

—Son ladrones.

El de barba se apoya contra la pared. Suspira.

—Ladrones de mierda —murmura. Después señala los zapatos del otro—. Dame uno de los tuyos.

—No puedo.

—¿Cómo que no? No me puedo ir con un sólo zapato a comprar el vino.

El de gorro levanta la manga del pantalón.

—Hace una semana que no me lo saco —el color morado del tobillo hinchado contrasta con el marrón del zapato—. Tengo miedo de que después no me vuelva a entrar.

El de barba no dice nada. Levanta el vaso de papel y saca las monedas.

—Ya vuelvo —dice y se va rengueando con un sólo zapato.

El de gorro lo sigue con la mirada hasta que desaparece destrás de la esquina.

Apoya la cabeza contra la pared y cierra los ojos. Escucha los pasos de la gente, la música de las bocinas, un bebé que llora, una chica que ríe. La vibraciones de los autos resuenan en la pared, en sus huesos, las siente en los dientes. De vez en cuando alguien deja una moneda.

Sólo abre los ojos cuando alguien se sienta a su lado. El de barba tiene una botella en la mano.

—Compraste tinto.

—Si, para variar.

El de gorro intenta agarrar la botella, pero el otro no la suelta.

—¿Que no la vas a abrir? —dice.

—Si, pero no acá —el de barba saca una mochila de abajo de los papeles de diario—. Mirá que voy a dejar que los pendejos esos me roben de vuelta.

El de gorro se encoge de hombros.

—¿A dónde vamos? —pregunta.

—A la plaza enfrente de la avenida. Ahí corre menos viento —dice el de barba mientras guarda la botella vino—. Esta noche va a hacer frío.

Caminan despacio, el de barba rengeando sobre su pie descalzo, y ya es de noche cuando llegan a la plaza. Eligen un banco enfrente de la avenida, abren la mochila y acomodan dos bolsas de dormir a un costado. El de barba abre la botella de vino y se la pasa a su compañero. Beben en silencio, mirando las luces de los autos.

—Quizás la idea del perro no es…—comienza el de barba pero se interrumpe: una joven camina por la vereda en su dirección.

—Buenas noches, señorita —dice cuando pasa por enfrente.

La joven mete la mano en el bolsillo, saca un puñado de monedas y las tira al suelo.

—No muy simpática —dice el de barba mientras se agacha a recoger las monedas—. Ni generosa.

Un auto pasa y sus luces iluminan algo en el suelo. El de gorro se agacha y lo recoge: un telefono celular.

—Se le debe haber caido —dice y comienza a caminar en dirección a la joven.

—Ni te molestés —dice el de barba mientras recoge las monedas del suelo.

Pero de el gorro no escucha.

—¡Señorita! —grita

La joven no se detiene.

—¡Disculpe, señorita! —insiste.

La joven apura el paso.

El de gorro empieza a caminar más rápido y cuando la joven cruza la calle, la sigue.

Entonces el rugido de la bocina, el chirrido de las ruedas, el eco de un golpe. El de barba deja las monedas y corre hacia la calle. Pide auxilio, grita, pero el auto ya se ha ido y la joven desapareció en la oscuridad.

El de barba se agacha frente al cuerpo inmóvil de su compañero y le acaricia la frente cubierta de sangre. Unos ojos vidriosos lo miran impasibles. La calle está vacía. Nadie se asoma a las ventanas, nadie pregunta qué ha pasado. A nadie le importa.

El hombre se pone de pie, temblando. Mira los zapatos. Duda. Se vuelve a agachar. Cuando se limpia las lagrimas, una mancha de sangre le atraviesa la cara. La mano le tiembla cuando le saca el gorro y se lo pone. Vuelve al banco de la plaza y se mete en una bolsa de dormir. Esa noche va a hacer frio.


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La segunda venida

La segunda venida

—¿Con quien hablás, Tobías? —pregunta mamá, intentando ocultar el tono de preocupación en su voz.

—Con mi amigo —contesta el joven y señala un rincón vacío en su habitación.

—¿Y cómo se llama tu amigo?

—Tiene muchos nombres, pero a mi me gusta decirle Yahvé.

Mamá y papá discuten en la cocina, mientras Tobías espera en su cuarto. A través de la puerta entreabierta lo ven reir y abrazar el espacio vacío.

—Las pastillas no funcionan —dice mamá, secándose las lágrimas con las mangas de la camisa—. Ya pasó un año y nada, todo sigue igual.

—Lo mejor será hablar con el padre Jerónimo —contesta papá—. Él sabra que hacer.

El padre Jerónimo los recibe en la oficina al lado de la capilla. Es un anciano de mirada intensa y pocas palabras. Ya han pasado más de treinta años desde que llegara al pueblo. En aquel tiempo su carácter taciturno y el tedio pueblerino lo habían convertido en el blanco de las habladurías de las vecinas. Se había dicho que el vaticano lo había enviado; que había llegado escapando del medio oriente; que la bufanda que nunca se quitaba servía para ocultar una horrible cicatriz que rodeaba su cuello. Pero pronto tales rumores se fueron olvidando y el cura pasó a formar de la vida en el pueblo.

Después de escuchar a mamá el cura se acerca a Tobías. Mientras le habla con voz tranquila examina sus manos. Le quita los zapatos y observa las plantas de sus pies. Finalmente palpa su cabeza.

Afuera el padre Jerónimo habla con mamá y papá. Les dice que el joven está enfermo pero que ningún doctor lo puede ayudar.

—Tiene el demonio adentro —explica—. Su única esperanza es un exorcismo.

Mamá estalla en llanto y abraza a su marido.

—Haga lo que tenga que hacer —responde papá.

A la semana siguiente el cura llega a la casa de Tobías. Trae una valija y a pesar del calor, lleva una bufanda gris alrededor de su cuello. El joven espera en su habitación, ahora vacía, de no ser por la cama y una mesa de madera.

—Necesito que nos dejen a solas —dice el sacerdote. Abre la valija y toma una estola morada.

Papá y mamá abrazan a su hijo y, luego de persignarse, abandonan la habitación.

Durante siete días y siete noches permanece el padre Jerónimo con Tobías. Desde afuera sólo se escucha un canto monótono y, a veces, la voz del joven. Cada noche, a las tres de la mañana, el cura deja la habitación. Duerme unas horas y despues de comer unas lonjas de pan sin levadura, vuelve a entrar.

Al séptimo día la puerta se abre y el cura llama a los padres.

—Ha terminado —anuncia con voz cansada.

Papá y mamá entran a la habitación y mamá comienza a llorar. Su hijo yace en la cama con los ojos cerrados. Tiene los labios resecos y la piel pálida. Papá toma su mano y la siente helada.

—Su alma ha sido salvada, pero no así su cuerpo—dice el cura y agrega—. Los he llamado para que se puedan despedir.

Con dificultad, Tobías abre los ojos.

—Padre, en tus… —intenta decir, pero las fuerzas le fallan.

Papá besa la mano de su hijo y abraza a mamá.

El padre Jerónimo se acerca Tobías y se inclina sobre el joven.

—Te estaré esperando en dos mil años, Hijo del Hombre —susurra en su oído y, antes de cerrarle los ojos, lo besa en la mejilla.


Otros Cuentos:       Experimento Social #55: Ordenar el departamento

                               Sobre fenómenos sintáctico meteorológicos

 

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Recomendaciones para el uso de ascensores

Recomendaciones para el uso de ascensores

Se habrá notado en ciertos edificios modernos la presencia de un sistema de transporte vertical que recibe el nombre de ascensor.

Cabe mencionar que el uso de uno de estos dispositivos no es una cosa sencilla.

El primer paso consistirá en ingresar físicamente al ascensor por medio de la puerta correspondiente a su nivel vertical. En teoría no existe contraindicaciones que prohíban ingresar al ascensor por niveles superiores o inferiores, pero ésto implicaría un cambio de nivel por medios alternativos (escaleras, sogas, Parkour) lo que invalidaría, al menos parcialmente, el sentido del sistema.

Una vez ubicada la puerta, no intente abrirla: el ascensor puede no encontrarse allí. Una de las características de este sistema es el de la indeterminación geográfica, que impide conocer con certeza la posición precisa del ascensor. Sólo queda presionar el botón de llamada ubicado junto a la puerta. La velocidad de llegada del ascensor será entonces directamente proporcional al número de veces que se presione este botón.

Cuando finalmente la puerta se abra, ingrese.

Adentro encontrará usted cuatro paredes verticales, aunque este número no es restrictivo. Se han construido ascensores con siete o ocho paredes. Antiguos libros sumerios cuentan de terribles ascensores con solo dos paredes, capaces de empujar a los más grandes hombres a la locura.

Notará que, al seguir la trayectoria de cualquier pared hacia arriba, esta se plegará indefectiblemente en ángulo recto, momento en que no será más pared sino transmutará en techo. Si repite el mismo proceso, pero a la inversa, se encontrará usted con el piso del ascensor, componente indispensable para el práctico uso de este sistema.

Completarán la figura una serie de botones aglutinados contra la pared y, de manera opcional, un grupo de personas igualmente aglutinadas contra el piso (ver párrafo anterior). Pueden conformar este grupo miembros tan dispares como su tío abuelo, la chica de quinto de la cual siempre estuvo enamorado, el lechero o incluso personas que nunca ha visto y nunca volverá a ver.

El próximo paso en esta instancia será presionar el botón correspondiente al nivel deseado. Las puertas se cerraran y este maravilloso sistema procederá a empujar con poderosos motores el mundo hacia arriba o abajo. De esta manera el planeta se correrá, digamos, dos pisos y al salir del ascensor se encontrará usted ya no en planta baja, sino en el segundo piso.

Debe considerar, sin embargo, que mientras usted usa un ascensor en Berlín, miles se otras personas están usando sendos dispositivos en diferentes partes del mundo, moviendo el planeta en distintas direcciones y con distintas velocidades. Entonces, para moverse a un nivel dos pisos superior, usted no deberá presionar necesariamente un botón dos pisos más arriba. El botón a presionar deberá determinarse con la ayuda de complejos algoritmos que tengan en cuenta horarios, periodos festivos y caballos de fuerza de cada modelo de ascensor.

Como se mencionó al comienzo, el uso de ascensores no es cosa sencilla. Pero es sin dudad preferible a usar las escaleras, por más que Julio se siga esforzando en explicar la diferencia entre pie y pie.


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El hombre que no estaba allí

El hombre que no estaba allí

Ramón nunca estaba allí y eso siempre lo había preocupado. Ya desde la escuela había notado que mientras sus compañeros de clase estaban siempre presentes, contestando las preguntas de los maestros o haciendo travesuras, él simplemente no estaba. Siempre había querido participar en los juegos o en las travesuras, pero en el fútbol de los recreos nadie lo elegía y en las listas de asistencia siempre figuraba con un rojo “Ausente”. Ramón no sabía donde estaba, pero de seguro no era allí.

Ahora Ramón vive con su novia y trabaja en un banco. El banco de llama First Bank; la novia, Gloria. Pero hay cosas que nunca cambian y Ramón se preocupa todavía por su propia ausencia.

Cada mañana se levanta a las siete y desayuna con Gloria. A veces Gloria le prepara unas tostadas con manteca y le cuenta como va la novela policial en la que está trabajando. Pero Ramón no la escucha y las tostadas se enfrían en el plato. Es que él no está allí.

Las oficinas de First Bank quedan a quince minutos a pie y Ramón los camina cada mañana. En la esquina de Wallstrasse y Neue Grünstrasse un mendigo pide limosna. Ramón le daría el cambio que tiene en el bolsillo pero, lamentablemente, él no está allí.

Hace veinte años que Ramón trabaja en la misma oficina, en el mismo cubículo, en el mismo escritorio. Hace números. Al mediodía va almorzar con otros empleados del banco. En el almuerzo se ríe, se cuentan anécdotas del fin de semana, se habla de fútbol. Pero Ramón no interviene o, si lo hace, sólo con monosílabos: “ajá”, “sí”, “ehé” y de vez en cuando un desapercibido “mirá vos”. Es que él no está allí.

A las diecisiete horas sale a la terraza del cuarto piso y fuma un cigarrillo. En otoño el sol comienza ocultarse a esa hora, reflejando rojos y anaranjados en las aguas del canal. Pero Ramón apenas lo nota: Ramón no está allí.

Una tarde Ramón vuelve a casa y Gloria está feliz. Terminó la obra y quiere salir a festejar. Pero Ramón le explica que él no se encuentra, que seguro que ya vuelve, aunque no está seguro cuando.

Gloria se enoja. El portazo resuena en todo el edificio y Ramón se queda solo en su departamento. Entonces decide que ya es suficiente y toma la decisión de salir a buscarse.

Cuando vuelve a casa, Gloria encuentra una nota sobre la heladera que dice: “Me fui a buscarme. Ya vuelvo.”

Ramón recorre el mundo por un año, pero no se encuentra. En su camino se cruza con encantadores de serpientes, luchadores de sumo, camioneros miopes y monjes jainos. Cada uno con historias asombrosas para contar. Pero Ramón no las escucha, pues él no está allí.

Finalmente llega a Marrakech y desde la Plaza de Yamaa el Fna, entre adivinos y contadores de cuentos, ve el macizo del Atlas elevarse hacia las nubes.

“Si estoy en algún lado, debo estar allá” piensa Ramón.

Consigue dos guías y al día siguiente parte hacia la cumbre del Atlas. Son tres días de caminata. Ramón no puede ocultar su excitación. Se imagina llegando a la cima y encontrándose allí, admirando el paisaje, quizás disfrutando un cigarrillo.

Pero cuando llegan, la cima está vacía. La vista es, en efecto, sobrecogedora. La cadena montañosa serpentea entre picos nevados y valles desérticos. Pero Ramón no lo puede disfrutar. Se sienta en una roca confundido. Si él no está en la cima del Atlas, ni en el valle del Ganges, ni en las mesetas de Laponia: ¿dónde está?

Ramón se lleva una mano a la cabeza ¡Por supuesto! Recuerda todos los libros de autoayuda que ha leído, todas las películas con finales felices: el héroe recorre el mundo en búsqueda de algo, solo para caer en la cuenta que ello siempre estuvo en su hogar.

Un par de aviones, buses y taxis más tarde, Ramón se encuentra enfrente de la puerta de su departamento. Toca el timbre y Gloria abre la puerta.

Ignorando los que-mierda-hacés-acá de Gloria, Ramón se abalanza hacia la cocina: pero él no está allí. Revisa el baño, el dormitorio y la sala de estar, pero es inútil. Sólo Gloria está en el departamento, con cara de pocos amigos.

Vencido, Ramón ni intenta oponer resistencia cuando Gloria le pide que se vaya. Con la cabeza gacha y un nudo en la garganta, deambula por la calle hasta un parque y se sienta en un banco.

Se queda allí, sentado en silencio, por horas. Respira hondo y admite su derrota: nunca podrá encontrarse. Entonces, por primera vez nota el verde del parque, un niño jugando con su perro, el olor a tierra mojada (“habrá llovido hace poco”, piensa), el sol que se va ocultando tras los árboles.

En ese momento alguien se sienta junto a él. Ramón lo mira y no se sorprende al reconocerse a si mismo.

—¿Tenés un cigarrillo? —pregunta Ramón.

—Si, por supuesto.

Ramón saca dos del paquete que tenía en su bolsillo y le alcanza uno.

—Gracias.

Ramón enciende su cigarrillo y deja el encendedor sobre el banco. Ramón lo toma y enciende el suyo.

El día casi llega a su fin y la primeras estrellas empiezan a aparecer en el firmamento.

Ramón sonríe.

El discurso del Inmortal

El discurso del Inmortal

Llega el invierno. Los días se desdibujan dormitando en las estaciones de U-Bahn, escuchando a los músicos callejeros, evitando a la policía que, sea por aburrimiento o por malicia, no cesan de molestarme. Sie können hier nicht schlafen. Usted no puede dormir aquí, repiten.

La noches son difíciles. A veces encuentro un lugar donde refugiarme y dormir. Cuando no, lo hago en la calle. Envuelto en frazadas viejas, combato el frío. A un costado dejo el vaso de papel. Alguien pasa y deja una moneda. Murmuro un Danke desde mi fortaleza de lana y poliéster. Una que otra vez asomo la cabeza, intento una sonrisa. Pero siempre es inútil. Para la gente soy invisible. Es más fácil ignorarme, pretender que no existo. Aún cuando me siento a su lado en el U-bahn y juego a ser el loco, el desquiciado. Admito cierta perversidad. Disfruto verlos sumirse en un silencio incómodo, sus miradas viajando de un lado a otro sin saber que hacer o decir. Hasta que me bajo en una estación. Entonces respiran, aliviados.

No me quejo. Al contrario. Disfruto ser invisible. Puedo escucharlos hablar; quejarse, más que nada. Ellos aman quejarse. Diría que es su pasatiempo favorito. Al principio me maravillaba de la diversidad de temas que podía escuchar en la calle. Se quejaban del clima, de la política, de algún equipo que había perdido, de tal persona que había hecho tal cosa por tal razón ¡Espléndido! Miles de fibras, de los más majestuosos colores, conformando un tejido sublime. Pero el tiempo pasó y me percaté que aquel tejido tenía un solo color. Ellos se quejaban de tan solo una cosa: del cambio.

¡El cambio! Sus simples mentes no pueden concebir mayor horror. Se quejan de que la ciudad cambia, de que Berlín no es lo que era hace diez, cinco, dos años; de que las nuevas generaciones no se comportan como lo hicieran las anteriores; de que la música, el arte, el teatro ya no son lo que eran. Buscan incansablemente aquel oasis donde todo permanecerá igual, cómodo, intransmutable. Creen que lo pueden comprar con dinero o construir con amor, talento, arte. Un lugar donde poder ser felices: un lago de aguas tranquilas e inmóviles como un espejo del cielo. Pero la vida no es un lago, más un océano. A veces tempestades terribles se desatan, olas tiránicas que se elevan hacia las negras nubes. Pero otras veces la brisa sopla afable y cálida mientras el sol brilla en el firmamento.

Por eso prefiero quedarme aquí, envuelto entre papeles de diario y cajas de cartón. Testigo mudo, pero no ciego ni sordo, veo el tiempo pasar, las ciudades crecer y desaparecer, los hombres luchar y morir. Los veo, inevitablemente, cambiar. Y sonrío, pues, no comprenden que solo hay una constante en este mundo: todo cambia.


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Profetas de la Segunda Oportunidad. Manifesto

Profetas de la Segunda Oportunidad. Manifesto

El hombre nace libre. Desde el día de su nacimiento hasta el día de su muerte, debe hacer innumerables elecciones. Con absoluta libertad o empujado por las circunstancias: el hombre debe elegir.

Pero cada vez que elige, un mar de posibilidades se pierden en favor de solo una.

De esta manera los hombres escriben su propia historia, siguiendo un solo sendero entre muchos. Pero la vida es un laberinto y hay más caminos que granos de arena en el mundo, que estrellas en el firmamento.

Una pregunta surge: ¿Acaso todas las otras posibilidades de una vida diferente tan solo desaparecen al tomar una decisión? Somos los Profetas de la Segunda Oportunidad y creemos que la respuesta es no.

Tu has nacido y algún día morirás. Pero la muerte no es el fin: es un portal a un nuevo plano de existencia.

Al morir, toda tu vida será presentada ante tus ojos. No solo la que tu has elegido, sino todas las posibles combinaciones de todas las elecciones que alguna vez hiciste o pudiste haber hecho. Desde la más trascendentes hasta la más insignificante.

Tu no serás un mero espectador. Verdaderamente vivirás cada una de tus vidas. Una tras otra. Experimentarás toda la felicidad que podrías haber experimentado. Todas las lágrimas; todo el dolor y el sufrimiento; todo el placer y la alegría. Visitarás cada lugar, leerás cada libro, cantarás cada melodía. Todas las posibles sucesiones de todos los eventos.

Pero tus acciones no son infinitas, como tampoco lo son los átomos que componen el universo. Las combinaciones de tu actos, si bien numerosas, tiene un fin. Eventualmente se agotarán.

Habrás vivido todo lo que te es posible vivir. Habrás hecho todo el bien, pero también todo el mal. Serás un santo, pero también el más grande de los pecadores. Los conceptos morales perderán sentido. Tus acciones se cancelarán las unas con las otras.

Tu serás Todo y, por ello, serás Nada. Puro. Completo.

Entonces, estarás listo para persistir.


(Primera versión del texto redactado por A. N. y V. L. en Octubre del 2010 en un café de Kreuzberg, Berlín. Una versión con modificaciones menores fue publicada en el número 22 del semanario Myxa de la misma ciudad. Numerosas protestas de los lectores obligaron su director a presentar una carta de renuncia una semana después.)


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