El Cholo

El Cholo

—Pero, ¿me vas a decir que no lo conocés a Cholo vos? —la Claudia dejó el vaso que estaba lavando y se secó las manos con el delantal— ¿De qué agujero saliste, pulguita?

—Recién me mudé al barrio —dijo Sarita y estrujó el trapo sobre el balde. Olía a cerveza.

—Dejala tranquila —la Mecha le guiñó un ojo desde desde detrás de la barra—, ¿no ves que esta es nuevecita?

Sarita la miró agradecida.

—No te preocupés, Sarita. La Claudia ladra pero no muerde.

La Claudia mostró las dientes y simuló el ladrido de un perro. Ambas mujeres rieron.

Sarita forzó una risa y volvió a pasar el trapo por la mesa. El bar estaba vacío, como era de esperarse a la hora de la siesta. El único cliente sentado en una esquina se emborrachaba en cámara lenta.

—¡Pero no sabés de lo que te perdés, pulguita! —la Claudia se había sacado el delantal y lo había dejado sobre la pileta de lavar, todavía llena de vasos sucios — El Cholo es un potro.

La Mecha escupió en la barra y limpió con la manga de la camisa.

—Yo lo conozco hace años, ¿sabés? —dijo la Claudia con una mirada cómplice— Desde antes que fuera el Cholo. Ni me acuerdo como se llamaba, pero si me acuerdo que tenía una noviecita que adoraba. Si los hubieras visto dando vueltas por el barrio, los dos con caras de feliz cumpleaños.

La Mecha volvió a escupir. Pasó la manga de la camisa y acercó la mirada, con expresión concentrada. Después asintió con satisfacción.

—Vivían acá a la vuelta, sobre la Colón…

—La Salta —corrigió la Mecha.

—Bueno, la Salta, no importa. La cosa que una noche estaba entrando el Cholo con la noviecita a su casa y aparecen tres tipos, le ponen un caño en la cabeza y lo empujan para dentro.

—Pobre Cholito —la Mecha sacó tres vasos y una botella de whisky de abajo de la barra.

—Pero el Cholo, en vez de quedarse en el molde, se hace el loco. Para qué, los tres tipos le ponen una tremenda cagada y después la agarran a la noviecita. Algunos vecinos escuchan el quilombo y llaman a los canas, pero para cuando llegan la chica no respira y el Cholo está medio muerto.

—Muerto entero.

—Medio muerto. Llegó muerto al hospital —dijo la Claudia—. Dejame contar a mí y vos serví esos whiskies.

—Pero entonces —dijo Sarita, confundida—, ¿el Cholo está muerto?

La Mecha sirvió tres vasos de whisky y le acercó uno.

—No seas impaciente.

La Claudia agarró un vaso y le dio un trago.

—Te explico, pulguita, el Cholo es un tipo tozudo, ¿sabés? No es que se iba a dejar quemar y después quedarse muerto así como así. Y encima le bajaron a la noviecita, mirá vos. La cosa es que a los dos días…

—Tres…

—… tres días van a la morgue y el Cholo no está. Y al rato se lo ve caminando por las calles así tan tranquilo, como te digo.

—La gente no dijo nada, por miedo —dijo la Mecha—. Pero si lo veías venir, te cruzabas de vereda.

—La cosa es que, una semana después, la policía recibe una llamada anónima y va a un descampada. ¿Y que encuentran ahí? Los tres tipos muertos.

La Claudia se bajó el vaso de un trago y se lo acercó a la Mecha.

—¿Y, pulguita, qué decís?

Sarita miró a la Mecha, como en busca de ayuda.

—¿Me lo decís en serio? Un tipo que vuelve de…

—¡Puro verso! —interrumpió el borracho de la esquina— Ese Cholo no es más que un ladrón de cuarta.

—¡Cállese usted, que si hace lío se me va para la calle! —gritó la Mecha y el borracho volvió a su vaso.

—Sarita —dijo la Mecha—, parece verso pero te juro que no te jodemos. Si lo vieras al Cholo.

—Sí, la muerte le hizo bien…

Sarita tomó un trago de whisky. En la esquina el borracho balbuceaba.

—Volvió… diferente —continuó la Mecha.

—Preguntale a cualquier mina del barrio, pulguita. Todas se le mueren.

—Si lo vieras lo entenderías: dando vueltas en su zanella roja con esa mirada en los ojos.

—Todas se le mueren, pero él, ni bola. Solo tiene ojos para una.

—Una mirada triste y perdida, solo para ella.

—Su noviecita.

—Su pobre noviecita.

La Claudia bajó la mirada y la Mecha se sirvió otro vaso.

Sarita se puso de pie y tomó el trapo que había quedado en la mesa.

—Todo bien, pero creo que ustedes me toman a mí de…

El ruido de una moto se oyó afuera y Sarita se interrumpió al ver la expresión en la cara de la Claudia.

—Llegó —dijo sonriendo.

La Mecha miró al reloj que colgaba de la pared.

—Son las tres. Puntual como siempre —guardó la botella bajo la barra y agregó—. Dejá que lo atienda la nueva.

—¡Pero hoy me toca a mí!

—Dejala. Para que aprenda.

La Claudia abrió la boca para protestar, pero la Mecha la agarró del brazo y la llevó a una de las mesas.

—Nos tomamos cinco minutos, Sarita —dijo la Mecha—. Ocupate de las bebidas.

Sarita se había acomodado detrás de la barra cuando la puerta se abrió. El bar quedó súbitamente en silencio: las mujeres callaron y hasta el borracho detuvo su balbucear. Sarita vio la silueta de un hombre delineada por el sol de mediodía.

La puerta se cerró y Sarita necesitó unos segundos para que sus ojos se volvieran a acostumbrar a la penumbra del bar. Entonces pudo ver al hombre que avanzaba con paso perezoso hacia la barra.

Tenía el rostro estrecho, los ojos hundidos, una nariz ancha con prominentes orificios nasales y el pelo largo y enredado, como si hace varias semanas que no lavara. Vestía una camisa negra, que le quedaba demasiado grande y bajo la que se podían adivinar unos hombros flacos y huesudos. Los pantalones eran grises y con barro seco en la zona de los tobillos.

El hombre se paró en el medio del bar y miró a su alrededor. Descubrió a la Claudia y a la Mecha que lo miraban desde una mesa. Inclinó la cabeza a modo de saludo y las mujeres rompieron en risitas histéricas. La Claudia se puso roja como un tomate.

Conforme, el hombre siguió hasta la barra y se sentó en un taburete.

Sarita esperó que ordenara algo, pero el hombre se quedó sentado en silencio. Se llevó el dedo a la oreja y empezó a escarbar concienzudamente. La chica se preguntó si este tipo era del que habían estado hablando.

—¿Quiere tomar algo? —dijo Sarita y a su pesarla voz le tembló.

Solo entonces el hombre pareció notarla.

—¿Y vos quien sos?—dijo, mientras se limpiaba el dedo en la camisa.

—La barista.

El hombre la miró confundido, como tratando de entender. Después sonrió, mostrando unos dientes grandes y chuecos. Sarita notó que le faltaba uno adelante.

—Y si, ¿qué vas a ser el Papa? —dijo el hombre y soltó una carcajada equina que resonó en todo el bar. Sarita vio a la Claudia y a la Mecha que los miraban y murmuraban por lo bajo.

El hombre se levantó y se sentó en el taburete enfrente a Sarita. Olía a sudor rancio.

—Dame un tinto —dijo y, mientras se pasaba la lengua por el hueco del diente faltante, agregó en voz baja— y tu número de teléfono, florecita.

Sarita no contestó, sirvió un vaso de vino y lo apoyó en la barra. El hombre le agarró la mano. Tenía las uñas largas y sucias.

—Dale, no seas tímida.

—No tengo teléfono —dijo Sarita y sacó la mano.

El hombre la miró extrañado, como si no comprendiera que acababa de suceder. Agarró el vaso de vino y se lo tomó de un trago.

—Ando apurado hoy —dijo sin mirarla a los ojos— Ponémelo en mi cuenta.

Después se paró y a paso apurado abandonó el bar.

Apenas se hubo apagado el sonido de la moto, la Claudia y la Mecha saltaron sobre la barra.

—¿Y, Pulguita? ¿Qué pensás ahora?

Sarita permaneció en silencio, mientras las mujeres la miraban expectantes. Agarró el vaso que había quedado sobre la barra. Todavía tenía un fondo de vino.

—¿Y? —insistió la Mecha.

Sarita dejó el vaso y la miró a la Claudia, que sonreía.

—Tenías toda la razón —dijo y con una sonrisa agregó— El Cholo es un potro.


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Monstruos

Monstruos

Jimena espera en la oscuridad. Bajo las sábanas sostiene el reloj de payaso que le regaló la abuela. Los brazos del payaso marcan los minutos y las horas; los ojos se mueven marcando los segundos. Cuando el brazo más chico se llega al tres, Jimena se baja de la cama.

La casa está en calma. Jimena imagina la superficie de un lago, inmóvil bajo la luz de la luna. Sólo los suaves ronquidos de mamá forman relieves en el silencio.

Sin hacer ruido, llega hasta el cuarto al final del pasillo.

—¿Mamá? —susurra.

Espera. No hay respuesta: Mamá duerme.

Jimena se asoma a la sala. En el sillón duerme Roberto, el nuevo novio de mamá. Sobre la mesa, una botella vacía de vino. No le gusta Roberto. Huele a cigarrillo y grita. Mamá lo conoció en la estación de servicio. A Jimena no le gusta que trabaje ahí. Tiene que salir cada mañana y eso no es bueno.

Pero ahora mamá consigió un nuevo trabajo: desde mañana trabaja en casa. Es mejor, más seguro que afuera.

Vuelve a su cuarto y cierra la puerta. Para esta noche elije el buzo azul y sus zapatillas favoritas: las rojas, también regalo de la abuela. Saca la mochila, ya preparada, de abajo de la cama. Su lagartija de peluche la mira con ojos de plástico desde el cajón de juguetes.

—Vamos, Graba —dice y la saca del cajón—. Ya es hora.

La ventana se abre sin hacer ruido. Es una noche clara, de luna llena. Esta vez no habrá necesidad de llevar linterna.

Un perro aúlla a lo lejos. Jimena abraza a Graba.

—Los monstruos están afuera —susurra—. Pero no hay que tener miedo, Graba, ya tengo todo listo.

Abre la mochila y controla una última vez. Sí, todo está allí: la piedra verde, para no tenerle miedo a la oscuridad; la campera abrigada; tres barras de chocolates, porque a veces tardan y tiene que esperar; y, lo más importante, el frasco de polvo contra monstruos. Lo saca de la mochila y lo abre. Sí, todavía queda suficiente para una última vez.

Descolgarse de la ventana al jardín es sencillo. Pero la primera vez no fue tan fácil. Estaba nerviosa y encima cansada después de pasar todo el día en el velorio de la abuela. Se resbaló, ensuciandose todo el pantalón de barro. Su pantalón favorito. Pero desde entonces había aprendido a ser más cuidadosa.

El cobertizo está sin llave. Saca la bicicleta y a los pocos minutos ya está pedaleando por la calle desierta, con Graba sentada en el canasto del manubrio.

Jimena llega al parque y se detiene a la entrada. Los árboles apenas dejan pasar la luz de la luna y el parque está oscuro. Es bueno que esté oscuro. Ellos se sienten protegidos por la oscuridad: necesitan ocultar lo que hacen, lo que son. Por eso sólo salen de noche, aunque se los puede adivinar de día. Sólo hace falta un buen anzuelo, una sonrisa, una invitación. Después, esperar a ver si vienen.

Saca la piedra verde de la mochila y se la guarda en el bolsillo del pantalón. Cuesta abajo, el camino atraviesa un bosque serpenteando hacia el lago. Desde los árboles llegan rumores, murmullos, jadeos: el bosque tiene sus propios monstruos. Pero Jimena no les presta atención: no son los tipos de monstruos que a ella le interesan.

Pronto los ruidos del bosque quedan atrás y llega al muelle abandonado. La luna se refleja en el lago. Por un momento la noche parecer tener dos lunas gemelas. Jimena mira alrededor ¿Tal vez llegó muy temprano?

—Viniste —escucha.

El hombre sale de atrás de un arbusto. Viste jeans y la misma chaqueta verde que siempre usa en el kiosco. Unos anteojos de marco fino enmarcan dos ojos que brillan a la luz de la luna.

Huele mal, piensa Jimena; siempre huelen mal. Así los reconoce. El mismo olor agrio, oscuro, mezcla de ajo y leche vencida. Como el señor que vivía detrás del supermercado. El ese otro, amigo de la tía. O…

—Que bueno que hayas venido —el hombre mira alrededor y se acerca a Jimena— y que hayas traído a tu amigo.

Jimena vuelve en sí y abraza a la lagartija de peluche contra su pecho. No hay que distraerse.

—Se llama Graba.

—Hola, Graba —se agacha y estira la mano pero Jimena da un paso hacia atrás—. No tengas miedo, si yo soy tu amigo —después nota la mochila—. ¿Qué traes ahí?

Jimena lo mira. El peluche siempre les llama la atención pero la mayoría ignora la mochila.

—Es para cazar monstruos.

El hombre deja escapar una risa nerviosa.

—Y, ¿ya atrapaste alguno esta noche?

—¿Y los caramelos? —dice Jimena.

—No los pude traer. Tenía miedo de que los monstruos se los comieran. Pero si querés podemos ir a mi casa. Ahí tengo muchos caramelos.

—¿Y jugo de naranja?

—Si. Y jugo de naranja. Como te prometí —estira la mano hacia ella—. Vamos, mi camioneta está acá cerca.

Jimena duda un momento, después le agarra la mano.

—Tengo que llevar la bici. Si la pierdo mamá me va a retar.

—Y no queremos eso —y levanta la bicicleta sobre el hombro.

Encuentran la camioneta estacionada al costado del lago, oculta entre los arbustos. Jimena se sube con Graba al asiento del acompañante mientras el hombre acomoda la bicicleta en la caja.

Manejan en silencio. Jimena presta atención al camino. Es importante contar las cuadras, saber cuantas veces se dobla a la derecha, cuantas a la izquierda.

Veinte minutos más tarde llegan a una casa en un camino de tierra y estacionan la camioneta entre dos arboles.

La casa tiene una habitación, pequeña y austera. Todas lo son. Jimena se sienta en una silla y balancea los pies mirándose las zapatillas rojas. Sobre la mesa hay un tazón lleno de caramelos, un vaso y una botella de jugo de naranja.

—¿Ves?, te dije que no mentía: todos los caramelos que quieras comer —dice el hombre y llena el vaso.

Jimena levanta la cabeza. Sólo uno, piensa.

—¿Y tu vaso? Así hacemos chin-chin-y-hasta-el-fondo —y vuelve a mirarse las zapatillas.

El hombre se acomoda los anteojos con una sonrisa.

—Pero si tenés razón —abre un armario y saca un segundo vaso. Lo sirve—. Que mejor motivo para brindar que dos amigos pasándola bien, ¿no? —le da un vaso con jugo a Jimena— ¡Salud!

Pero Jimena no se mueve.

—¿Podemos poner la bici adentro? —dice— Tengo miedo de que me la roben.

El hombre se acerca a Jimena. Suspira.

—Como vos quieras —le acaricia la cabeza—. Tenés un pelo muy lindo, ¿sabés?

Jimena se hace para atrás. No le gusta que la toquen. El olor se pega.

—Está bien. Quédate acá, ya vuelvo.

Apenas se queda sola Jimena abre la mochila. Sabe que tiene un minuto, quizás menos. Pero no se apura, no es necesario apurarse.

Saca el frasco con polvo contra monstruos y vuelca un poco en el vaso. No usa todo, solamente lo justo para que funcione sin cambiar el sabor del jugo. Después lo vuelve a guardar.

Apenas cierra la mochila el hombre vuelve con la bicicleta y la deja contra la pared.

—Ahí está la bici, ¿contenta?

—¡Chin-chin-y-hasta-el-fondo! —dice Jimena con una sonrisa y alza el vaso de jugo.

El hombre le devuelve la sonrisa. Levanta el suyo.

—¡Chin-chin-y-hasta-el-fondo! —y se lo bebe de un trago.

Jimena hace lo mismo, deja el vaso sobre la mesa. Ya está, piensa y da unos pasos para atrás.

—Ahora que ya tomamos el jugo y comimos los caramelos, quizás podemos jugar…

El hombre queda inmóvil. Jimena se aleja y se apoya contra la pared. Mira como se lleva la mano al cuello, como abre la boca intentando decir algo, sólo para dejar salir un gorgojeo ronco. La mira con los ojos abierto, grandes. Trata de entender, piensa Jimena. Siempre tratan de entender. Pero no entienden que ya es tarde.

Entonces las piernas le fallan y el hombre cae al piso, golpeándose la cabeza contra el costado de la mesa y volcando la botella de jugo.

Jimena espera un poco. Cuenta hasta veinte, para estar segura de que el polvo funcionó. Después se acerca. Está en el piso, los anteojos rotos a un costado. Tiene la boca llena de espuma y se retuerce sacudido por fuertes convulsiones. Le llama la atención el hilo de sangre que sale bajo la cabeza, mezclándose con el jugo derramado. Algo nuevo, piensa Jimena. No siempre tiran espuma, pero nunca sangran.

Jimena toma la bicicleta y abandona la habitación. Es un largo camino a casa y cuando deja la bicicleta en el cobertizo ya ha comenzado a amanecer. Trepa por la ventana y entonces escucha un sollozo.

Jimena sale de su cuarto y entra a la sala. Está toda desordenada. Hay manchas de vino en la pared, la mesa está dada vuelta y el piso está lleno de vidrios rotos. Mamá llora en el sillón, la cara hundida entre las manos.

—Mamá, ¿estás bien?

Sólo entonces la madre parece notarla.

—¿Jimena? —tiene un corte en la frente y el labio partido. Los ojos rojos de tanto llorar— ¿Qué haces despierta a esta hora?

—¿Que pasó, mamá?

—Nada, Jimena, volvé a la cama.

Los marcos de las fotos familiares están todos rotos y esparcidos por el suelo. Desde una foto Jimena ve a la abuela que la mira desde una cama de hospital.

—No te preocupes, mamá. Vuelvo a la cama —dice y le da un beso en la mejilla.

Con Graba bajo el brazo llega hasta el cuarto al final del pasillo. Adentro el novio de mamá se sirve un vaso de vino.

—¿Que mierda querés vos, pendeja? —dice Roberto.

Jimena abraza a su lagartija de peluche.

—Tenías razón, Graba —susurra. Se pregunta si todavía quedará suficiente polvo en el frasco—. Los monstruos no sólo están afuera —y entra a la habitación.


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La mala conducta

La mala conducta

—No entiendo… Si mi Javi es un ángel.

La señora Silva apretó la cartera con las dos manos. Con expresión confundida miró al director y a la maestra, sentados en el lado opuesto del escritorio. Después miró a su marido.

—Carlos… decí algo.

—Sí, mi amor —dijo Carlos sin dejar de escribir en su celular.

La señora Silva se volvió hacia el director.

—Debe haber un error…

—No hay ningún error—dijo el director—. Lamentablemente no podremos aceptar más a su hijo en el colegio.

—¿Pero que pudo haber hecho? Si él es tan bueno.

La maestra frunció el ceño.

—Señora, ¿lo dice en serio? Su hijo es un criminal.

—¿Como dice? ¡No se lo permito! Mi Javi solo tiene doce años y…

—Un delincuente de doce años, pero todavía un delincuente.

La señora Silva se puso de pie.

—Carlos, ¿vas a permitir que hablen así de tu hijo?

—No, mi amor —dijo Carlos, sin levantar la vista de la pantalla.

—Por favor, señora, siéntese —dijo el director y luego, dirigiéndose a la maestra—. Y usted, trate de mantener la compostura.

La señora Silva le lanzó una mirada de odio a la maestra y tomó asiento.

—Muy bien —el director sacó una carpeta de un cajón—. Esta decisión no fue tomada a la ligera, ni se debe a un hecho aislado. Déjenme leerle la lista de amonestaciones de Javier. Verá que el joven es difícil de controlar.

—No me sorprende, con el tipo de maestras que contrata.

—Disculpe, pero no culpe al colegio si usted no sabe educar bien a su hijo —dijo la maestra.

—Leo: 3 de Agosto: se peleó con un compañerito en el recreo;…

—¿Quien se cree que es para decirme como debo educar a Javi?

—… 6 de Septiembre: Tiró piedras a los perros del vecino;…

—Por algo el chico terminó como terminó y, conociéndola a usted, me queda claro porque.

—… 10 de Octubre: insultó a la maestra de Lengua; …

—Pregúntele a mi marido, si quiere,…

—Sí, mi amor —respondiendo un mensaje de texto.

—… y verá que soy una madre modelo.

—Señoras, por favor.

—Además todo lo que escucho no son más que travesuras infantiles…

—Son señales de que algo con el chico no anda bien.

—Por favor, si nos calmamos.

—Díganme, ¿Qué ha hecho mi Javi para merecer ser expulsado?

—El chico necesita límites.

—No es más que un chico travieso…

—Sí, mi amor.

—… un chico inocente.

—¿Quiere saber que hizo su angelito?

—…sin una pizca de maldad…

La maestra golpeó el escritorio con el puño.

—Su hijo mató a Graba.

La habitación quedó en silencio.

—¿Disculpe?

—Graba era una lagartija: la mascota de la clase —la maestra bajó la mirada—. Un día después del recreo encontramos a Javier llenando el terrario con agua. El pobre animalito se ahogó.

La señora Silva miró al director, indignada.

—Así que ahora mi hijo no es solo un criminal, sino además un asesino —se volvió hacia su marido— ¿Carlos?

—Sí, mi…

La señora Silva le arrancó el teléfono de la mano y lo arrojó al piso. El señor Silva se agachó a recogerlo.

—Ni se te ocurra.

El señor Silva suspiró y volvió a acomodarse en la silla.

—¿Qué hizo ahora el…? —miró a su mujer y dudó un momento. Luego se dirigió al director— ¿Cuál es el problema?

—Su hijo mató una lagartija —dijo el director.

—Una lagar… ¿todo este lio por una lagartija? —el señor Silva sacó la billetera y la abrió— ¿Cuánto cuesta un bicho de esos? ¿cien, doscientos?

Su mujer le golpeó el brazo.

—Javi no la mató. Nunca haría algo así.

—Y no es un tema que se pueda arreglar con dinero —dijo la maestra.

El señor Silva miró al directo, que se encogió de hombros.

—¿Y qué dice Javier de todo esto? —dijo mientras guardaba la billetera.

La señora Silva sonrió con orgullo.

—¡Eso! Escuchemos a Javi. Estoy segura que hay una buena explicación a todo esto. Seguramente estaba protegiendo a un compañerito o algo así. Mi Javi es un chico tan noble.

—Javier está esperando afuera —dijo el director y luego, a la maestra—. Por favor hágalo pasar.

La maestra y la señora Silva intercambiaron miradas de desprecio. Luego la maestra se dirigió a la puerta, la abrió, asomó la cabeza y la volvió a cerrar.

—Javier no está.

El director la miró atónito. Estaba por decir algo cuando se escuchó un choque afuera.

El señor Silva se acercó a la ventana y pegó un grito.

—¡Mi auto! —después se tanteó los bolsillos del pantalón— ¡Mis llaves! Pendejo hijo de… —entonces miró a su mujer y abandonó corriendo la oficina.

La señora Silva lo siguió con la mirada. Cuando se dio vuelta el director y la maestra la observaban.

Ignorando los gritos de su marido que llegaban desde afuera se puso de pie y se encaminó hacia la puerta de la oficina.

—Un colegio como este obviamente no merece un estudiante como mi Javi —dijo mientras abría la puerta y antes de salir, agregó—. Tanto lío por una lagartija.


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El mundo de Rufo y Tino

El mundo de Rufo y Tino

Tino abre la boca y saca la lengua. Bajo la nariz roja de payaso, una lagartija asoma la cabeza y también saca la lengua.

—Dejá eso —dice Rufo.

La lagartija corre fuera de la boca de Tino y se esconde en el bolsillo de la camisa.

—Pero les gusta, se ríen —dice Tino—. Especialmente los más chicos.

Rufo se pone de pie y mira hacia las butacas: están todas vacías.

—Hoy no vino nadie, ¿quién se va a reír si no hay público?

—¿Y si justo entra un chico? Si nos ve acá sentados sin hacer nada, quizás se vaya.

Tino da dos golpecitos en el bolsillo de la camisa. La lagartija se asoma y saca la lengua.

—¿Ves? Graba está de acuerdo.

—¿Y quién soy yo para discutirle a Graba? —dice Rufo y con una sonrisa acaricia la cabeza del animal.

Rufo deambula con paso perezoso por el escenario. Tiene los zapatos exageradamente grandes y un pañuelo violeta en el bolsillo del saco verde. Se acerca a la única utilería: un enorme tronco de madera que simula un árbol.

—¿Qué pasa que hoy no vino nadie? —pregunta Tino.

—¿Quién sabe? Quizás tenían mejores cosas que hacer —Rufo se limpia el sudor de la frente con la manga de la camisa, corriéndose el maquillaje blanco—. ¡O quizás hubo una guerra! —grita Rufo y levanta los brazos hacia el techo.

La lagartija se esconde dentro del bolsillo.

—A Graba no le gustan las guerras.

—Con tanques, tiros, ataques y contraataques. Y al final —Rufo forma un círculo con las manos y lo va haciendo crecer cada vez más—, una bomba tan tan grande que los mató a todos.

—¿Hasta a los más chicos?

—¡A todos! Somos los únicos sobrevivientes.

—No me gusta este juego, Rufo.

Rufo se acerca a Tino.

—Perdoname. No llores, que se te va a arruinar el maquillaje —le desordena la peluca anaranjada—. Solo estaba jugando. Para pasar el tiempo, ¿sabés?

Tino se seca las lágrimas y sonríe.

Entonces, un chirrido hace que ambos se vuelvan. La puerta de entrada del teatro se abre y un hombre gordo y con el pelo mojado asoma la cabeza. Mira a ambos lados, como para asegurarse que todo está bien y entra. Viste un impermeable amarillo. Se dirige hasta la última fila, deja el impermeable en un asiento y se sienta. Luego saca un sándwich y comienza a comer.

Tino y Rufo observan en silencio.

—Tenemos público —susurra Rufo—. Preparate —y Tino desaparece detrás del árbol.

Rufo se arregla el saco y con voz potente se dirige a su público.

—¡Bienvenidos, niños y niñas, al mágico mundo de Rufo y Tino! Yo soy Rufo y voy a ser su mejor amigo esta noche. Pero, ¿saben? Yo tengo otro amigo que se llama Tino ¿Quién lo quiere conocer?

A través de la luz de luz de los reflectores, Rufo puede ver al hombre que sacó una revista y la lee mientras come el sándwich.

—Lo que pasa, chicos, es que él es un poco tímido y no se anima a salir. Por eso lo tenemos que llamar. Todos juntos: ¡Ti-no!

Rufo cree casi escuchar el sonido del hombre masticando.

—Otra vez: ¡Ti-no! ¡Ti-no!

Vuelve la vista hacia el árbol.

—Psst… ¿Qué pasa? ¿por qué no salís?

—Es que todavía no me llaman —contesta Tino.

—¡No importa, salí ya!

Tino salta al escenario y exagera una reverencia.

—¡Hola, Tino! —dice Rufo y después, dirigiéndose hacia el público—. ¿Saben, chicos? Nosotros no estamos solos. Tenemos otro amiguito y se llama Graba —mira hacia ambos lados del escenario y luego se rasca la cabeza—. Tino, ¿dónde está Graba?

Tino se encoge de hombros, después se fija en el bolsillo izquierdo y en el derecho. Finalmente mira al público y saca la lengua. La lagartija asoma la cabeza y saca también la lengua.

El teatro queda en silencio. Tino permanece un momento con la lengua afuera. Espera, pero no hay risas. Mira con angustia a Rufo.

—Graba, chicos, no es una lagartija común —dice Rufo elevando aún más la voz—: ¡Es una lagartija voladora!

Tino toma impulso y escupe hacia arriba. La lagartija se eleva dos metros, ejecuta una doble mortal y finaliza con un clavado en el bolsillo de la camisa. Luego Tino da dos golpecitos, la lagartija se asoma y saca la lengua.

Rufo y Tino sonríen y miran expectantes hacia la audiencia, pero no hay aplausos. El hombre tose, sin dejar de leer la revista.

Rufo saca cuatro pelotas de su saco y comienza a hacer malabares. Por el rabillo del ojo observa al hombre: ya va por la mitad del sándwich. Una a una le pasa las pelotas a Tino, pero se distrae y lo hace con demasiada fuerza. Una de ellas le pega en la frente a Tino, que cae y se golpea la cabeza contra la base del árbol. Comienza a llorar.

—Ay, Tino ¿Estás bien? Perdoname, yo…

Entonces Rufo se interrumpe. Se vuelve y ve al hombre del sándwich. Los está mirando. Tiene la boca abierta y un pedazo de pan cae sobre la butaca. Se ríe, se está riendo.

Tino se pone de pie y se limpia las lágrimas. Antes que pueda terminar Rufo le da un golpe en la mandíbula. Tino cae al piso. La risa del hombre llena el teatro.

Tino se levanta y vuelve a caer de un rodillazo en las costillas. Lo intenta una tercera, una cuarta vez. Rufo lo golpea y el hombre ríe. Tino vuelve al piso, hasta que está tan golpeado que ya no se puede volver a parar.

Rufo se agacha y sigue golpeando. El hombre ahora está de pie: standing ovation. Aplaude desde la butaca festejando cada golpe.

Rufo no para hasta que le duelen los brazos. Finalmente cae agotado al suelo. Se limpia el sudor y mira hacia la audiencia. El hombre tiene puesto el impermeable y sonríe junto a la puerta abierta. Rufo se pone de pie y, a pesar de las náuseas, hace una reverencia. El hombre aplaude una última vez y deja el teatro.

Rufo se queda en silencio, temblando bajo los reflectores. El eco del último aplauso todavía resuena en el teatro. Sonríe. Entonces se mira las manos. Las tiene cubiertas de sangre y maquillaje blanco.

Se vuelve hacia Tino y lo ayuda a levantarse.

—¿Lo hice bien, Rufo? —Tino apenas puede hablar. Tiene un ojo hinchado y el labio partido —Lo escuché reírse.

—Sí, lo hiciste muy bien —Rufo saca el pañuelo violeta del bolsillo y le limpia la sangre de la cara.

—¿Escuchaste eso, Graba? —Tino da dos golpecitos en el bolsillo de la camisa pero la lagartija no aparece. Se miran. Los ojos muy abiertos. Tino duda un momento y vuelve a golpear el bolsillo. Esperan, pero Graba no se asoma.

Tino mete la mano en el bolsillo y saca la lagartija. Con cuidado la extiende sobre la mano. Rufo aparta la mirada. El teatro queda en silencio.


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Inconvenientes y tribulaciones de salir con la Julita

Inconvenientes y tribulaciones de salir con la Julita

“No va a morir frente al Dakota,

no alcanzará,

dice que el amor se muere

y no dice más.“

Héroe del Whisky, Patricio rey y sus Redonditos de Ricota

—Entonces, ¿vos querés salir con mi hija?

Fabián se sonrojó. No se esperaba una pregunta tan directa. Sentado en el sillón, miró el vaso de whisky que sostenía en su mano. Los dos cubos de hielo le parecieron restos de un naufragio, sin sobrevivientes a la vista. Acerco la nariz y el olor a alcohol barato casi le produjo arcadas.

—Buen whisky, ¿eh, pendejo? —el padre de Julita lo miraba desde el sillón de enfrente, con su propio vaso de whisky apoyado sobre la panza voluminosa. Con la mano derecha acariciaba una botella abierta de Jameson – con etiqueta fotocopiada y una J que lucía sospechosamente como una I adulterada. Los ojos rojos y el olor que despedía le hicieron pensar a Fabián que ese no era su primer vaso de la tarde, quizás ni siquiera su primera botella.

—Señor Molina…

—Decime Carlos, nomás.

Fabián dudó un momento.

—Carlos… yo a la Julita la conozco desde el colegio. Fuimos compañeros en segundo grado y…

—¿Qué me vas a contar la historia de tu vida ahora? – el señor Molina se bajó el vaso de un trago y agregó, señalando el whisky de Fabián– Tomate eso.

Fabián dio un trago. El whisky sabía peor de lo que olía y no pudo evitar toser.

—Pendejos de hoy, no saben apreciar la buena bebida — el señor Molina volvió a llenar su vaso—. Ahora decime, ¿qué querés vos con la Julita?

Fabián se acomodó en el sillón. Pensó en la Julita que ahora estaría en su cuarto esperando por el resultado de esta charla.

—Nosotros queríamos empezar a salir.

Se acordó de la conversación que habían tenido la semana anterior. “Habla con papá”, le había dicho, “así podés venir a casa cuando quieras”.

—¿Salir cómo amigos? —dijo el señor Molina.

—No, señor.

—Carlos.

—No, Carlos. Como novios.

“No te preocupés”, había dicho la Julita mientras le agarraba la mano, “papá puede dar miedo, pero en el fondo es un pan de Dios”.

—Ah, ¡al fin que sos claro, pendejo! – dijo el señor Molina golpeando el brazo del sillón con tanta fuerza que la botella de whisky se tambaleó— Vos te querés aprovechar de mi hija.

—No, yo a la Julita la quiero.

—Vos te la querés coger.

—No, señor.

El señor Molina se puso de pie y arrojó el vaso contra la pared.

“En el fondo es un dulce“ había dicho la Julita “como vos” y le había dado un beso en la boca.

—¿Que me estás diciendo mentiroso, pendejo? Primero venís a mi casa y me decís en la cara que te la querés coger a la Julita. Ahora me tratás de mentiroso. Vos te la estás jugando.

Alguien golpeó la puerta de la habitación.

—¿Está todo bien, Carlos? – dijo una voz de mujer.

—Sí, mi amor – dijo el señor Molina y a Fabián le sorprendió el contraste entre aquellos ojos inyectados de sangre y lo suave de su tono—. No te preocupés.

—Dale, en media hora está la comida.

Fabián volvió a mirar su vaso de whisky. Los hielos ya se habían derretido.

—Señor— dijo, y a su pesar la voz le tembló –, no es como usted piensa. Yo a su hija la amo.

El señor Molina abrió un armario de bebidas de bebidas y sacó otro vaso. Se sentó y lo volvió a llenar. Después lanzó una carcajada.

—¡Amor! ¡Ahora me hablás de amor, pendejo insolente! ¿Qué vas a saber vos sobre eso? ¿Sabés que es amor? Amor es estar veinte años con la vaca esa que mugió desde detrás de la puerta ¡Veinte años, pendejo! Y no te confundás: yo todavía la quiero. Eso es amor. Lo tuyo es calentura.

Fabián pensó en la Julita esperándolo en su cuarto.

—Usted se equivoca.

—Yo no me equivoco nada, vos solo…

—¡Usted se equivoca! – Fabián apoyó con fuerza el vaso sobre la mesa de al lado –. Para mí la Julita es perfecta.

—¿Perfecta? ¿Ves, pendejo? ¡Si me das la razón! La ponés en un pedestal. ¿Y que pasa después cuando abras los ojos y veas que es una mina normal? ¡La mandás a la mierda! ¡Qué amor que tenés!

—¡Usted no sabe de lo que habla! —dijo Fabián, sin darse cuenta que estaba gritando— Yo la conozco a la Julita —y, con un tinte de malicia, agregó—. Mejor que usted, me parece.

El señor Molina tomó la botella de whisky y se la llevó a la boca, con los ojos fijos en Fabián. Dio un trago largo y sin soltar la botella se puso de pie.

—¿Vos crees que sos el primero que viene acá a quererse coger a la Julita? —se acercó a Fabián hasta que su cara quedó a centímetros de la suya— Cada semana viene uno nuevo. Solo que vos sos el primero que es tan boludo como para decírmelo en la cara.

Fabián sintió el aliento rancio a whisky y sudor, pero no bajó la mirada.

—¿Sabes cuánto coge la Julita? – continuó el señor Molina—. Salió al padre: dos o tres cada semana. La verdad no sé cómo hiciste para entrar a la casa vos, con esos cuernos.

—Mentira.

—Tu novia es una puta, ¿sabés? Se cogió a medio barrio ya —el señor Molina le palmeó el costado de la cara.

—Cállese.

—Decílo, mi novia es una puta —el señor Molina sonrió—. Decí: Pu – ta, Pu – ta.

—¡Cállese! – gritó Fabián y empujó al señor Molina. Este dio unos pasos hacia atrás, se tropezó con la mesita y cayó al piso. La botella que tenía en la mano se rompió contra el piso.

—¿Carlos, que pasó? – dijo la voz detrás de la puerta.

—Nada, mi amor —contestó el señor Molina. Se sacó un vidrio de la palma de la mano y, mientras se limpiaba la sangre en la camisa, agregó—. No te preocupés.

Luego se puso de pie y se dirigió a un equipo de música. Lo encendió.

—Así podemos conversar más tranquilos, pendejo – dijo y subió el volumen—. Ojalá te gusten los Redondos.

Antes de que Fabián pudiera reaccionar el señor Molina, con una agilidad inesperada, salto sobre él y le dio un golpe en las costillas que lo dejó sin respiración.

—Así que tenés huevos, pendejo —dijo. Lo agarró del cuello y lo tiró contra la mesa, que se partió en dos.

— Pero, decime —gritó—, ¿por qué tendría que creerte yo que vos la querés de verdad a la Julita?

Fabián lo miró desde el suelo, encogido entre las astillas de la mesa y la botella rota de whisky.

—¿La vas a querer cuando esté vieja? —las manos del señor Molina se cerraron sobre el cuello de Fabián— ¿cuándo esté gorda y fea como su madre?

Fabián se sacudió, tratando inútilmente de liberarse. Las manos de señor Molina, cubiertas de sangre y vidrios rotos, apretaban con fuerza. Tanteando el piso, Fabián encontró la botella rota y la clavó en el brazo del señor Molina. Este pegó un grito de dolor y lo soltó.

Fabián se puso de pie y recogió una de las patas de la mesa que había rodado cerca.

—Yo no le puedo prometer que va a ser para siempre –dijo—, pero le puedo prometer que a la Julita la voy a cuidar.

El señor Molina lo agarró de una pierna y le clavó la botella rota en la pantorrilla. Fabián pegó un gritó y lo golpeó en la espalda con la pata de la mesa.
El señor Molina volvió a desplomarse en el suelo.

—Y le prometo que nunca le voy a faltar el respeto – continuó Fabián, agarrándose la pierna, que comenzaba a sangrar.

El señor Molina tomó un cristal roto del piso y se levantó con dificultad. Se abalanzó sobre Fabián, pero este se hizo a un lado y el hombre se estrelló contra el armario de bebidas y cayó al suelo. El armario se balanceó peligrosamente.

Desde el suelo, el señor Molina miró a Fabián.

—La Julita es una chica muy especial —dijo, con voz temblorosa.

—Ya sé, Carlos – contestó Fabián y le dio un pequeño empujón al armario, que cayó estrepitosamente sobre el padre de su novia.

Fabián se sentó en el sillón y soltó la pata de madera. Se agarró la pierna, que sangraba a la altura de la pantorrila.

Unos golpes en la puerta lo sobresaltaron.

—¿Carlos? ¿Está todo bien?

Fabián se quedó estupefacto. Abrió la boca pero antes que pudiera decir algo la voz del señor Molina lo interrumpió.

—Sí, mi amor, no te preocupés —dijo, saliendo de abajo del armario. Estaba cubierto de alcohol y vidrios rotos.

—¿Seguro? —insistió la mujer.

Fabián se acercó al señor Molina, le tendió una mano y lo ayudó a levantarse.

—Seguro, seguro. Solo estamos escuchando a los Redondos —dijo el señor Molina y escupió un diente al suelo. Después, mirando al joven, agregó con una sonrisa-. Acá con… Fabián era, ¿no?


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Detrás de la cortina de hierro, por Alejandro Niklison

Detrás de la cortina de hierro, por Alejandro Niklison

El oficial Pedraza se acercó al ventanal. Se detuvo unos minutos, admirando la luna llena que asomaba entre los árboles.

—Esto era de mamá —dijo, y abrió la cajita de música. Las primeras notas de un nocturno se escabulleron en la habitación—. ¿Sabe, profesor? Mi vieja tenía diez años cuando se vino para acá, escapando de Polonia. No pudo traer muchas cosas, aunque…

—Disculpe que lo interrumpa, Pedraza —dijo el profesor—. Cuando entramos aquí hubiera jurado que esta era mi casa, pero ahora resulta que es la suya.

—¿Cómo dijo?

—¿No ve sus muebles? Yo esperaba los míos. ¿No encuentra esto un tanto extraño?

—¿Está usted seguro de lo que dice?

El profesor se sentó en un sillón y observó a Pedraza, que todavía llevaba su uniforme de policía y lo miraba desconcertado. Debió entrecerrar los ojos para protegerse de la luz del sol que entraba por el ventanal.

—Sin mencionar el hecho de que hace un minuto usted estaba admirando la luna y ahora parecen ser al menos las dos de la tarde —dijo el profesor.

Pedraza sintió el calor del sol en la espalda.

—¿Que está pasando, profesor? —dijo, sin atreverse a mirar por el ventanal.

El profesor se levantó y se acercó a Pedraza.

—¿Escuchó eso?

—¿Qué cosa?

—Una voz. Cierre eso y escuche.

Pedraza cerró la cajita y guardó silencio. Escuchó una voz, apenas perceptible, decir que él había cerrado la cajita y había guardado silencio.

—Creo que es bastante claro lo que sucede —dijo el profesor.

Pedraza lo miró, confundido.

—Tanto usted como yo podemos escuchar la voz: eso descarta la locura. Por otro lado: los errores de continuidad, la voz narrando cada hecho. Quizás a usted se le pase, pero yo hace veinte años que enseño literatura. Es muy claro que estamos en un cuento.

—¿Un cuento?

—Exactamente —respondió el profesor—. Aunque uno bastante amateur, debo decir. He leído varios y reconozco a uno cuando lo veo. ¿Qué clase de escritor comete tales errores? Además, ¿permitir que los personajes tomen conciencia de su propia condición de personajes? ¡Inaceptable! No me extrañaría que estemos en un cuento escrito en Times New Roman y con faltas de hortografía.

—Usted se volvió loco —Pedraza se sentó en el diván y se agarró la cabeza con ambas manos. —Tiene que haber otra explicación.

—Pedraza, deje de moverse tanto —dijo el profesor—. Esta voz parece empecinada en narrar cada una de sus acciones y francamente empieza a resultar molesta. Además, no es el fin del mundo, mi querido amigo. Al contrario, es una bendición.

—¿Una bendición? Pero… ¿qué dice? Si estuviéramos en un cuento, no existiríamos… ni siquiera seríamos reales.

—Pedraza, la realidad está sobrevalorada. Lo que es real eventualmente se corrompe y muere. De cualquier manera, no es necesario ser real para existir: Don Quijote, Ahab, Hamlet no son reales pero su existencia es más rica y valiosa que la de la mayoría de sus lectores.

—Ya me cansé de escuchar estas estupideces, profesor —dijo Pedraza, y se levantó—. Le voy a tener que pedir que se vaya de mi casa.

—Por favor, escúcheme. Esto es una oportunidad que no podemos desaprovechar. Analicemos los hechos: este parece ser un cuento realista, ambientado probablemente en el mismo mundo que su autor. Además apostaría que la acción sucede íntegramente en esta habitación.

—No entiendo a dónde quiere llegar, profesor, y me estoy empezando a cansar.

—Me refiero a que es muy probable que nuestro escritor habite este mismo universo. Imagine si pudiéramos encontrarlo. Las posibilidades serían ilimitadas. ¿No le gustaría hablar con su creador?

—Aunque todo eso fuera cierto, profesor, usted no sabe quién es este “escritor” y no lo puede averiguar —dijo Pedraza y sujetó al profesor por el brazo—. Así que quédese atrapado usted en su cuento pero, por favor, váyase de mi casa.

—Pero si hay una manera, mi amigo —dijo el profesor, liberándose de Pedraza—. Podemos además matar dos pájaros de un tiro. Vea, le puedo probar que estamos en un cuento y además averiguar el nombre del escritor.

—Profesor, no tengo…
Con un movimiento rápido el profesor se sacó el zapato y lo arrojó al ventanal, que se rompió en mil pedazos.

—¡Usted está completamente loco!

—Cálmese y déjeme explicarle.

—¡Váyase ahora mismo!

Pedraza volvió a agarrar al profesor del brazo y empezó a arrastrarlo hacia la puerta.

—Mire, la historia de este cuento parece estar confinada a estas cuatro paredes —dijo el profesor, dejándose llevar—. Mi teoría es que si abandonamos la habitación, el cuento terminará. Entonces la voz volverá a iniciar desde el principio diciendo el nombre del cuento y, con suerte, el del autor. Además, el ventanal estará nuevamente intacto.

—Lo que sea con tal de que se vaya.

Pedraza abrió la puerta y ambos abandonaron la habitación.


Detrás de la cortina de hierro, por Alejandro Niklison

 

El oficial Pedraza se acercó al ventanal. Se detuvo unos minutos, admirando la luna llena que asomaba entre los árboles.

—Esto era de mamá —dijo, y abrió la cajita de música. Las primeras notas de un nocturno se escabulleron en la habitación—. ¿Sabe, profesor? Mi vieja tenía diez años cuando se vino para acá…

—¡Funcionó, Pedraza! —dijo el profesor—. «“Detrás de la cortina de hierro”, por Alejandro Niklison». Ahora entiendo por qué usted está tan interesado en contarme sobre la vida de su madre en Polonia: seguramente es el foco de nuestra historia.

Pero Pedraza no lo escuchaba. Golpeó el ventanal con los nudillos, como para confirmar que estaba entero.

—¿Le molesta si la uso? —preguntó el profesor, señalando una guía telefónica. La abrió, y pasó las primeras páginas.

—Usted tenía razón —dijo Pedraza como para sí.

—Cálmese, mi amigo —respondió el profesor sin levantar la mirada de la guía—. Nik… Nik… ¡Niklison, Alejandro! La dirección es Malplaquetstrasse 33.

—Esa es mi dirección —dijo Pedraza, sorprendido—. Eso es acá.

Entonces el profesor notó por primera vez una puerta de hierro en un extremo de la habitación.

—¿Qué hay detrás de esa puerta?

Pedraza dudó. Se acercó y la abrió.

El cuarto era pequeño y de techo bajo, sin ventanas. Una bombilla desnuda apenas iluminaba el suelo, cubierto de hojas de papel. En la esquina, un hombre se encorvaba sobre una máquina de escribir.

Pedraza se acercó al escritor:

—¿Señor Niklison?

El hombre no respondió. Sin dejar de escribir levantó una mano y la agitó en el aire.

—¿Quién escribe todavía en máquina de escribir? —dijo el profesor— (Pegado a este guion va punto.) Menudo escritor nos ha tocado en suerte, Pedraza.

El profesor recogió una hoja del suelo.

—«Detrás de la cortina de hierro, revisión 43».

Pedraza se agachó y tomó otra.

—«Detrás de la cortina de hierro, revisión 74» —leyó y, dando vuelta la hoja, buscó el final de la página—. «…el profesor apuntó a la cabeza de Pedraza y disparó».

Llevó instintivamente la mano a su pistola y miró al profesor. Recogió otras hojas del suelo.

—«Revisión 27. (…) el golpe del profesor fue preciso, y Pedraza cayó al suelo sin vida». «Revisión 92. (…) el profesor tomó el cuchillo y lo apuñaló… ». «Revisión 119. (…) Pedraza nunca sospechó que el té estaba envenenado… »

Arrojó las hojas al piso.

—¿Qué es esto, profesor? Diferentes cuentos pero el mismo final.

—Yo nunca sería capaz de…

—¡Pero lo hizo! ¿Cuántas veces estuvimos en este cuarto, profesor? ¿Cuántas veces usted… me mató?

—Pedraza, usted me conoce —dijo el profesor—. Yo no soy un asesino.

—Sí, profesor, yo lo conozco. Sé que usted no hace nada sin tenerlo pensado antes. Seguro que antes de entrar a mi casa usted ya sabía cómo me iba a matar.

—Esto es ridículo, Pedraza —dijo el profesor—. Además, lo que es peor, es irrelevante. Si este cuento termina con su asesinato, así habrá de terminar. Si la voluntad del escritor es que yo lo mate, no hay nada que pueda hacer para evitarlo.

El escritor sacó la hoja de la máquina, la dio vuelta y la volvió a colocar en el rodillo.

—Pero ¿por qué, profesor? ¿Qué le hice yo a usted?

—¿Quiere usted un motivo, Pedraza? —dijo el profesor y arrugó una hoja del suelo—. Quizás haya uno aparente, como celos o envidia, pero eso sería conformarse con meras superficialidades. El verdadero móvil de nuestras acciones, como personajes, no es otro que llevar al cuento a su final, al final que el escritor ha decidido. En este caso, su muerte.

—¿Me pide que acepte morir?

—¡Morir! No sea ingenuo. Con cada nueva lectura usted volverá a la vida. Una muerte pasajera no es muerte sino reposo.

El profesor se acercó a Pedraza y le puso la mano en el hombro.

—Volvamos a la habitación, mi amigo, y sigamos el cuento hasta su final. Si está escrito, así se hará —dijo y, señalando al escritor, agregó—: allí se está escribiendo nuestro destino.

Pedraza miró al escritor. Sus manos parecían volar sobre las teclas.

—¿Y usted quién se cree que es para jugar con la vida de la gente? —dijo y trató de arrancar la hoja del rodillo. Pero por más que intentó apenas la pudo mover. El escritor la volvió a acomodar y, sin inmutarse, continuó escribiendo.

Entonces Pedraza sintió la mano del profesor que se cerraba sobre la pistola que llevaba en su cinturón.

Pedraza empujó al profesor, que cayó al suelo entre las hojas de papel. Sacó la pistola y lo apuntó.

—¿Qué cree que hace? —gritó.

El profesor soltó una carcajada.

—Nunca entendí el sentido de retrasar lo inevitable, Pedraza. Si lo he de matar, mejor terminar con eso de una vez, ¿no le parece?

Los martillos de la máquina de escribir golpeaban con fuerza contra la hoja.

Pedraza se acercó al profesor. La mano le temblaba cuando le apoyó el caño de la pistola en la frente.

—No me deja otra alternativa, profesor.

El profesor sonrió con tristeza.

—Hágalo —dijo—. Una nueva revisión y volveremos al cuarto. Matarme no cambiará nada.

Pedraza bajó la pistola. A través de la puerta entreabierta pudo ver el ventanal y la luna llena que asomaba entre los árboles.

—Tiene razón —dijo y, apuntando a la cabeza del escritor, disp


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Dieta ^-1

Dieta ^-1

Dieta

Gloria abrió la puerta del baño y asomó la cabeza.

—¿Estás bien? —dijo—. Escuché un grito.

Fernando estaba parado sobre la balanza.

—¡Perdí un kilo! —exclamó. Tenía la cara roja de excitación. Redonda y roja, pensó Gloria, parece un tomate.

—Qué bueno, Fer —dijo Gloria, cerrando la puerta.

Volvió a su cuarto y se sentó en el sillón a seguir con la novela de Anderson Imbert.

—¿Pero no entendés, mi amor? —Fernando la había seguido y se le plantó enfrente del sillón. Gloria no tuvo más opción que levantar la mirada—. ¡La dieta funciona! ¡Un día, un kilo! ¡Funciona!

Gloria ya estaba acostumbrada a las interminables dietas milagrosas de Fernando. Forzó una sonrisa.

—Qué bueno, Fer —repitió.

Entusiasmado, Fernando siguió con la dieta. Según lo prometido, perdió siete kilos la primera semana y treinta y uno el primer mes. Gloria pensó que era una buena cosa que hubiera empezado en agosto: si lo hubiera hecho en febrero, hubiera perdido sólo veintiocho kilos (veintinueve, en año bisiesto) y quizás eso lo hubiera deprimido. Y ella habría tenido que soportarlo.

Pasó otro mes. Fernando había perdido ya sesenta y un kilos. Según él, había vuelto al peso de su adolescencia, pero Gloria seguía viéndolo tan voluminoso y redondo como siempre. Controló la balanza, pero funcionaba bien. Intentó alzar a Fernando y, para su sorpresa, lo encontró efectivamente más liviano. Era como si estuviese hueco.

Dos meses más tarde, la balanza marcaba poco más que seis kilos. ¡Había vuelto al peso de cuando tenía apenas un par de meses de vida! Fernando estaba feliz.

Una noche Fernando se fue a pesar y pegó un grito de felicidad: ¡un kilo! Por fin era el que menos pesaba de todos sus amigos y sus hijos, incluso menos que Maxi, el hijo de Carlos, que había nacido sietemesino el martes pasado.

A la mañana siguiente Gloria se despertó temprano. Tuvo la impresión de que Fernando no estaba en la cama, pero al abrir los ojos lo encontró durmiendo a su lado. Era un día precioso de sol, así que abrió la ventana y se levantó a preparar el desayuno.

Grande fue su sorpresa cuando desde la cocina vio cómo su marido, todavía dormido, comenzaba a elevarse en el aire igual que un globo. Más bien un dirigible, pensó Gloria. Tan atónito estaba, que no alcanzó a reaccionar cuando una corriente de aire empujó a Fernando y este escapó flotando por la ventana.

Gloria corrió al dormitorio, pero en vano: su esposo ya estaba fuera de alcance.

Salió al jardín y se quedó mirando al cielo, hasta que Fernando no fue más que un punto y luego desapareció.

Por eso yo no hago dietas, pensó Gloria, y volvió a la cocina, a terminar de preparar el desayuno.


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