Bichos

Bichos

El doctor Silva hojeó la carpeta de la primera Restauración del día. Nada fuera de lo común. Quizás la edad de los padres le llamó la atención. Ambos tenían apenas menos de quinientos años. Edad poco recomendada para la cuota. Silva recomendaba esperar al menos hasta los seiscientos para decidirse a formar una familia. “Trescientos para conocerse a uno, trescientos para conocer a su pareja”, les decía sus pacientes.

Se encogió de hombros. Cada uno a lo suyo.

Abrió un armario y sacó una caja plateada con la inscripción “H. Nowak”. La acomodó junto a la silla de operación y salió a la sala de espera.

Tres personas lo esperaban. El señor y la señora Nowak lo saludaron con un movimiento de cabeza. Ambos se veían saludables y llenos de energía: el cabello oscuro y reluciente, la piel tersa y morena, unos cuerpos atléticos que se adivinaban debajo de la ropa. Silva no pudo menos que sentirse orgulloso: el mismo se había ocupado se su Restauración.

El joven sentado entre ellos permaneció con la mirada baja. También tenía el cabello oscuro, pero era flaco y pálido. No parecía hijo de sus padres.

—Horacio Nowak —llamó Silva.

El joven pasó al consultorio. Antes de cerrar la puerta Silva vio la cara de orgullo de la señora Nowak. Pensó que tenía unos preciosos ojos azules y se recordó de preguntarle que ingeniero estaba usando.

—Por favor, Horacio, tome asiento —dijo, señalando la silla de operación.

El joven obedeció. Silva abrió la caja plateada y saco un tubo con un líquido rojo.

—Estos son los tuyos —dijo, poniendo el recipiente a trasluz.

Horacio miró el tubo sin reaccionar. Normalmente hay entusiasmo, nervios, incluso miedo, pero Horacio parecía indiferente.

—Los bichos —dijo el joven.

—Nanobots —corrigió Silva.

—Los bichos que te comen desde adentro —insistió Horacio. Hablaba lentamente, con una tranquilidad perturbadora.

Silva pensó que aquel era un joven bastante extraño. Le puso una mano en el hombro.
—Es normal sentirse un poco nervioso —dijo.

Se levantó y puso el tubo en un orificio de su escritorio. Una pared se encendió y mostró una esferas traslúcidas flotando sobre un fondo carmesí.

—Ellos son los tuyos —dijo, mirando la pantalla—. Muchas gente se los imagina como arañas o insectos, pero no son más que bolas de bio-polímeros. Las hacemos de tu mismo material genético para que el cuerpo no las rechace.

Silva se volvió. Horacio miraba las esferas, pero su expresión no había cambiado. Había algo en sus rostro, que el doctor no podía identificar pero que lo ponía nervioso.

—En cuanto entran en el flujos sanguíneo, los nanobots se comienzan a multiplicar —continuo Silva—, a distribuirse por el cuerpo. Su número aumenta exponencialmente y en menos de tres meses ocupan todas las células. Entonces empieza la verdadera Restauración. Los nanobots reparan las células. Detienen el envejecimiento, las enfermedades, nos hacen más inteligentes, más fuertes. Nos cambian desde dentro. Nos hacen mejores.

El joven se puso de pie. Su mirada tenía una intensidad que incomodo a Silva y no pudo menos que dar un paso hacia atrás. No tenía los ojos de su madre.

—No nos hacen mejores —dijo Horacio. Su voz tenía una calma que inquietaba a Silva—. Nos hace menos humanos —Después sonrió. Fue la primera vez que Silva vio aquella sonrisa —. Disculpe, doctor, pero he decidido no hacerme la Restauración.

Silva permaneció en silencio, sin saber que responder. Después abrió la puerta y llamo a los padres al consultorio.

—Señor y señora Silva, deberían hablar con su hijo —dijo y abandonó el cuarto.
Abrió la ventana de la sala de espera. Había llovido a la mañana y el aire tenía un agradable aroma a tierra mojada. Respiró hondo y trato de calmarse.

Se sentía indignado. Un Anti-restaurador. En su propio hospital. En su propio consultorio.

Que absurdidad. Anarquistas, ni más ni menos. Negarse a una Restauración es negarse a ser parte de la sociedad. El gobierno no te acepta como mayor de edad. Imposible ganar dinero, conseguir trabajo. ¿Quién querría darle responsabilidades a alguien cuyo cerebro se está pudriendo por dentro? ¿Cuyo cuerpo es una bomba de tiempo? Trató de recordar sus clases de historia médica. Creería que la vida de alguien sin una Restauración no llegaría ni a cien años. Ni lo suficiente para aplicar a una carrera universitaria.

Y tenía el atrevimiento de criticar el suicidio asistido. En una era donde el hombre es teoréticamente inmortal era normal que el aburrimiento hubiera tomado el lugar de las enfermedades como principal enemigo de la humanidad. Pero la diferencia era que ahora podíamos podía tomar riendas de nuestra propia muerte y, cuando la vida nos hubiera dado todo lo que necesitábamos, era sólo caminar a una clínica de suicidio y recibir una muerte limpia y digna. Al final hasta los mismos nanobot se desharían del cuerpo y sin dejar nada más que un charco de bio-polímeros, listos para ser formateados y reutilizados en una nueva Restauración. Nada más limpio ni digno que eso.

Menos humanos… nos hace más humanos. No hay nada más humano que querer superar nuestra propia naturaleza.

La puerta se abrió y Horacio cruzó la sala de espera. Sus padres lo siguieron, caminando a paso lento. La señora Silva tenía los ojos rojos y el maquillaje corrido.

—Horacio ha decidido no seguir con el procedimiento —dijo el Señor Nowak con un hilo de voz.

—Pero, señor, usted tiene que hacerlo entrar en razón —intento defender Silva—. Sin esto a su hijo no le queda mucho tiempo. Quizás sesenta o setenta…

—Nosotros respetamos la decisión de nuestro hijo, doctor —lo interrumpió la señora Nowak
Silva suspiró. Sentía que esto era su responsabilidad, que había fallado en su trabajo.

—Si necesitan algo, no duden en llamarme —dijo y les entregó su tarjeta.

—Muchas gracias, doctor -dijo la señora Nowak y tomada el brazo de su esposo abandonó la sala.

Desde la ventana, Silva siguió las tres figuras mientras atravesaban el campus del hospital. Había vuelto a comenzar a llover.

 

Cincuenta años después Silva recibió un mensaje de la señora Nowak pidiéndole si podía venir a una consulta domiciliaria. Silva tomó su viejo maletín de cuanto había trabajado en la unidad de menores y aquella misma tarde llegaba a una casa de dos pisos, en los suburbios del lado este de la ciudad.

La señora Nowak lo recibió en la puerta. Los mismos ojos azules, la misma piel tersa y morena.

—Gracias por venir, doctor —y, señalando una escalera—. Horacio lo espera en el cuarto de arriba. Al final del pasillo.

Silva subió uno a uno los peldaños. Estaba preparado. Había encontrado unos viejos archivos de anatomía antigua. Había visto documentales de las Reservas, donde tribus todavía vivían como en la antigüedad. Envejecían, enfermaban y morían en menos de un siglo. Vivían como animales.

Pero esa era la diferencia. Aquellos eran animales. Pre-humanos. Silva se preguntó entonces que era lo que le esperaba en el piso de arriba.

Llegó al final de la escalera y atravesó el pasillo. Se asomó a la puerta entreabierta.
Lo que vio lo horrorizó. Horacio Nowak estaba acostado en una cama, escribiendo en un cuaderno bajo la luz de una lámpara eléctrica. Tenía el pelo, que caía inerte sobre un cuerpo flaco y consumido. Su piel había perdido la elasticidad natural y ahora se doblaba en pliegues sobre sí misma. Los dientes amarillos y desechos, las manos sin carne bajo cuya piel se adivinaban las falanges.

Horacio levantó la mirada.

—Bienvenido, doctor —dijo. Dejó el cuaderno en una mesa de luz, junto a una docena más y señalo una silla al lado de la cama—. Por favor, tome asiento.

Silva obedeció.

Sin duda era él. Lo recordaba perfectamente. Memoria fotográfica, uno de los beneficios del procedimiento que aquel hombre se había negado a aceptar.

Pero a qué precio.

Aquellos ya no era un hombre.

Entonces lo, más sorprendente. Aquello sonrió.

—Disculpe que lo hayamos llamado —Horacio se arremangó la camisa. Tenía el brazo cubierto de arrugas y manchas—, pero mamá insiste en que me haga un chequeo cada mes y, según ella, no estoy en condiciones para ir a la clínica.

Silva saco un tensiómetro y lo enrollo alrededor del brazo. Contuvo las náuseas.
—Pero si quiere mi opinión, yo creo que a ella le da cosa que la vean con un vejestorio —Horacio le guiñó un ojo y soltó una carcajada.

Silva lo miró con sorpresa. Nada de esto tenía sentido. El hombre era un manojos de huesos, en ese estado no duraría cincuenta años más. Pero parecía… contento.
Controló, auscultó y midió, entre los comentarios y los chistes de Horacio. Antes de irse la señora Silva le pidió una prognosis.

Silva solo bajo la cabeza.

Antes de dejar la casa, se ofreció a volver una vez por mes a realizar los controles, sin saber si lo hacía por curiosidad o deber hipocrático. La Señora Silva se lo agradeció.

Antes de salir del jardín delantero se volvió. La luz de la ventana de Horacio todavía estaba prendida.

 

El doctor Silva mantuvo su promesa. Durante los siguientes veinte años visitó a Horacio el último domingo de cada mes. Recolectaba los resultados de los chequeos en una carpeta, creyendo que tal vez podrían tener algún valor científico, quizás incluso publicarse en una revista académica.

El deterioro del cuerpo de Horacio fue en aumento. Los músculos se debilitaron, los dientes y el cabello se cayeron. La voz perdió su fuerza y era normal que se quedase dormido en plena consulta. Pero lo que Silva encontraba más desconcertante era la discordancia entre la salud física de Horacio y su salud mental.

Horacio siempre estaba de buen humor, siempre sonreía, siempre escribía en sus cuadernos. Silva llegó a pensar que podría deberse a algún tipo de enfermedad mental. Pero estudios psicológicos probaron lo contrario.

—Horacio, ¿porque se quiere morir? —se atrevió una vez a preguntar.

Horario lo miro extrañado.

—¿Quién dice que me quiero morir?

—Si hubiera aceptado el procedimiento… ahora tendría toda tu vida por delante.
Horacio no dijo nada y miró por la ventana.

—Tendría todo el tiempo del mundo —siguió Silva—. Para estar con sus padres, para escribir… Imagínese todo lo que podría escribir…

Horacio acaricio el cuaderno sobre su regazo.

—No quiero todo el tiempo del mundo, ni escribir todo lo que sería capaz de escribir. No quiero exprimir hasta la última gota de la vida, hasta que pierda cualquier significado. Una vida sin fin, doctor, en una vida sin sentido. ¿Me dice si quiero morir? No quiero morir, pero cuando lo haga quiero que signifique algo. No quiero vivir hasta estar harto de la vida, ni que mi muerte sea como un arreglo burocrático, deshaciéndome de mi vida como uno se deshace de un mueble viejo, quemándolo o arrojándolo a la calle —Horacio bajó la mirada hace su cuaderno—. Y escribiré lo que me toque escribir en mi tiempo. El resto, me lo llevo a la tumba —y comenzó a escribir.

El doctor no respondió. Terminó los chequeos en silencio.

Al día siguiente no se presentó al hospital. Cuando su secretario llamó, puso como excusa que no se sentía bien. Ella le ofreció el teléfono de un buen ingeniero.

 

Como el doctor había previsto, Horacio no llego a su primer centenario. Murió en su cuarto a los 92 años, rodeado de sus padres y su doctor.

No era la primera vez que Silva veía a alguien morir. Antes de conseguir su actual posición en el hospital, había trabajado unas décadas en la Oficina de Suicidio Asistido.

Pero aquello muerte lo impactó. Fue… distinta. Menos burocrática, habría dicho Horacio. Las otras muertes habían sido súbitas, como apagar la luz de una lámpara. Esta había sido una puesta de sol.

Al no haber nanobots en el cuerpo de Horacio, no había nada que reciclar. Se decidió quemarlo en el incinerador municipal, junto con los muebles viejos y la basura.

Cumpliendo con el testamento, veinticinco cuadernos escritos a mano fueron entregados al doctor Silva.

 

Aquella noche Silva salió al jardín de su casa. Llevaba la caja todavía cerrada con los cuadernos de Horacio, su carpeta de apuntes y un bidón. Apoyo la caja y la carpeta en el suelo, las empapo en gasolina y les prendió fuego.

El fuego devoró el papel y la fogata creció cuando Silva arrojó el bidón en ella.

Sin apartar la mirada de las llamas, metió la mano en el fuego. La mantuvo lo más que pudo, resistiendo el dolor. Cuando la saco el olor era intenso. La mano tenía el color del carbón.

Pero poco a poco el olor se fue apagando y el negro se tiño en rojo, luego en rosa.

Con vértigo, Silva vio como unas fuerza invisible, unos bichos, devoraban su mano quemada e inservible para dejar tras de sí una mano sana, capaz y absolutamente perfecta.


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La hora del té

La hora del té

Abigail se acomoda el vestido y espera. Del otro lado del cuarto, el oso Claudio y Tino el payaso la observan con ojos de peluche. Ella los ignora. La hora del té comienza a las cinco, cuando papá se encierra en la sala a tomar cerveza y a mirar el partido, cuando saben que no los interrumpirán. Ni un minuto antes.

Finalmente el reloj de pared marca la hora.

Abigail saca los juguetes de encima de la mesa y acomoda al oso Claudio en una silla, a Tino el payaso en otra. En la alacena encuentra las tazas y la tetera. Son de plástico, pero se imagina que son de la mejor porcelana. Las lleva hasta la mesa con mucho cuidado, para que no se rompan, y pone una taza enfrente de cada invitado.

—¿Vu lavuá a mina té? —pregunta Abigail, no dejando que el hecho de no hablar francés le impida hacerlo.

El oso no dice nada porque, como todo el mundo sabe, los osos no hablan francés.

—¿Quisieran ustedes un poco de té? —repite Abigail.

Se imagina que el payaso recoge una taza.

—Con dos de azúcar, por favor —dice, con una sonrisa de plástico colorado.

Abigail sirve el té, pone dos cucharadas de azúcar.

—Muchas gracias, señorita Abigail —el payaso se lleva la taza a la boca y prueba el té. Abigail esta segura de que, si el juguetero se hubiese acordado de ponerle dedos, el meñique estaría recto—. Exquisito, como siempre.

—¿Quisiera un poco de té, señor oso?

El oso Claudio refunfuña.

—¿Otra vez té, Abi? —le acerca la taza con indiferencia— ¿No tenés algo más fuerte? ¿Whisky? ¿Vodka? —se escucha un grito de gol. El partido ya empezó— ¿O quizás una de las cervezas de tu viejo?

Abigail se ríe. El oso Claudio es su peluche favorito. Siempre haciendo travesuras y diciendo tontería. Es su mejor amigo.

—Los osos no toman cerveza —explica con una sonrisa maternal mientras le sirve el té.

—Además papá se enoja si tocamos sus cosas —dice el payaso—. No queremos que papá se enoje otra vez.

La mano de Abigail tiembla y un poco de té cae sobre la mesa. El payaso lo limpia con una mano de peluche.

—No queremos que papá se enoje otra vez —repite Abigail. Todavía le duele la pierna de la última vez.

El oso agarra la taza y mete el hocico dentro.

—Otra vez manzanilla. Que asco.

Abigail se sirve una taza de té con una cucharada de azúcar.

—Dígame, señor payaso —dice, mientras revuelve con la cucharita—, ¿cómo están sus hijas? La más grande debe ya estar por empezar la primaria.

—Si, comienza este año. Déjeme decirle, señorita Abigail, los niños crecen tan…

—Abi, ¿y algo para comer? —dice el oso.

Tino el payaso lo mira con reproche.

—Es de mala educación interrumpir —dice, pero el oso lo ignora.

Abigail se pone de pie y va a la alacena. Vuelve con una bandeja que apoya sobre la mesa.

—Tenemos medialunas, alfajores, sanguchitos de…

El oso gruñe con impaciencia.

—¿Y pan con manteca?

—¿Pan con manteca? —repite Abigail, sorprendida.

—Que grosero —dice el payaso.

—Le ponemos el azúcar encima y queda riquísimo—el oso sonríe una sonrisa de hilos marrones.

Abigail va alacena pero vuelve con las manos vacías.

—Disculpe, pero no hay pan con manteca.

—En la cocina hay, Abi —dice el oso y señala hacia la puerta del cuarto.

El payaso lo mira escandalizado.

—A papá no le gusta cuando que salgamos del cuarto cuando hay partido—dice con voz temblorosa. Le pone una mano en el hombro, pero el oso gruñe y el payaso la saca—. No queremos que papá se enoje otra vez.

El oso mira a Abigail, que está sentada en silencio en su sillita.

—¿Por favor? —dice poniendo su mejor cara de oso.

A su pesar, Abigail sonríe. Cuando el oso Claudio pone esa cara, no le puede decir que no. Es su mejor amigo.

—Ya vuelvo —dice.

—Pero señorita, Abigail, no podemos salir. Papá…

—Callate, payaso —dice el oso.

El televisor en la sala está a todo volumen. Abigail llega a la cocina y saca un pedazo de pan de la despensa. Se oye un silbato, el grito de papá y el ruido de una botella que se estrella contra la pared.

Abre la heladera y busca la manteca. Está en arriba de todo, atrás de plato de sobras de ayer. Difícil de alcanzar. Estira la mano. Papá le grita de vuelta al televisor. Tiene que apoyar un pie en el saliente de abajo. Por fin llega, pero cuando saca la manteca golpea con el codo una botella de cerveza. El ruido de la botella estrellándose contra el suelo es sofocado por el grito de gol del televisor.

Abigail se queda inmóvil, el suelo de la cocina cubierto de vidrio y cerveza. Empieza a volver al cuarto cuando se da cuenta que le falta el cuchillo para la manteca. Abre el cajón, pero no lo encuentra. Papá puede venir en cualquier momento. Agarra el primer cuchillo que ve, uno grande de carnicero, corre al cuarto y cierra la puerta. Respira agitada, los ojos que se llenan de lágrimas. El oso y el payaso la miran.

—Papá se va enojar —dice el payaso.

Abigail corre a la esquina. Deja todo en el piso y se sienta abrazándose las piernas. Comienza a sollozar.

—Gracias, Abi —el oso recoge el cuchillo y se prepara un pan con manteca y azúcar—, justo lo que necesitaba.

Se lo lleva el pan a la boca, pero este se estrella contra su hocico de hilos marrones. El oso suspira y con el cuchillo comienza a cortar uno a uno los hilos. Abigail lo mira.

Cuando corta el último el oso abre la boca. Es gigantesca y muy negra, una hilera de dientes blancos y afilados que asoman bajo el hocico de peluche. De un bocado, el oso devora el trozo de pan. Abigail piensa que así es como deberían verse las bocas de los osos.

Entonces un grito llega desde afuera del cuarto.

—¿Pero que hiciste, pendeja de mierda?

Abigail se encoje en su rincón, temblando. La puerta se abre y entra papá, con una cerveza en la mano y el cinturón en la otra.

—Te dije que te quedarás en tu cuarto —toma un trago de cerveza—. Te dije que mis cosas no se tocan.

Papá la agarra del brazo y Abigail empieza a llorar. Le duele.

—Papá, perdoname, yo…

Se interrumpe. Al lado suyo, el oso Claudio lame con una lengua roja y larga el resto de manteca del cuchillo, sin sacar los ojos de papá.

—¿Pero, que mierda hacés con eso? —dice papá y la empieza a arrastrar hacia afuera del cuarto— Ya te voy a enseñar yo a hacerme caso.

El oso mira a Abigail, mostrando una hilera de dientes blancos desparramados en una sonrisa. Antes de que ella pueda decir nada, el oso salta sobre papá. Abigail cierra los ojos y empieza a gritar.

No sabe cuanto tiempo se queda así, los ojos apretados, la garganta doliendo de no parar. Escucha un grito, algo que se cae y después la voz de papá que se va haciendo más y más débil, hasta que solo se oye de fondo el murmullo del televisor.

—Abrí los ojos, Abi —la voz del oso viene de muy lejos.

Obedece.

Está parada en medio del cuarto. Papá está acostado boca abajo, el rostro vuelto hacia la pared, en medio de un charco rojo y viscoso.

—¿Qué hizo, señor oso? —pregunta, pero nadie le contesta.

El payaso está sentado todavía a la mesa. El oso, tirado a un costado, el hocico nuevamente cosido con hilos marrones. Ninguno de los dos se mueve.

Abigail abre la mano y el sonido del cuchillo contra el suelo la sobresalta. Quiere llorar pero, no se atreve a moverse, a mirar hacia abajo. Se queda quieta, tan inmóvil como sus amigos de peluche. En las tazas de porcelana, el té se comienza a enfriar.


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Como perder el miedo a volar

Como perder el miedo a volar

Usted es un cobarde y mientras antes lo acepte, mejor estará. Por favor, en pleno comienzos del siglo veintiuno, en plena revolución tecnológica y usted todavía duda de una actividad que se viene haciendo hace más de un siglo. Pero no, no me venga con estupideces como el terrorismo o todos esos accidentes del año pasado. Vaya, busque algunas estadísticas, lea, infórmese y después podemos continuar.

 

Muy bien ¿Se siente mejor? ¿Más tranquilo? Se ve mejor, un poco más… confiado. Por supuesto que todavía tiene miedo, no es que estemos haciendo magia acá. Su miedo no es racional, sino más… complejo. Lo suyo es cobardía, no estupidez.

El método del baby steps no se aplica. ¿Que se imagina usted? ¿Piensa que podría arrancar subiendo una escalera, después un ascensor… primer piso… tercero… hasta llegar hasta un avión a diez mil metros de altura? No me haga reconsiderar su estupidez, se lo pido por favor.

Lo que usted necesita es tomar el primer avión que salga del aeropuerto.

Vaya a su casa. No importa que sean las dos de la tarde y que el señor Carlson no le haya permiso de irse temprano. Usted se quiere curar, ¿no? Muy bien, así me gusta.

En su casa arme una valija: un par de camisas, ropa interior, pantalón. Ropa para un par de días. Con la valija en la mano atraviese el living, abra la puerta y…

—Carlos, ¿qué mierda hacés?

Una mujer en deshabille negro lo mira apoyada contra el marco de una puerta entreabierta. Tiene el pelo revuelto y los brazos cruzados, las uñas postizas cabalgan sobre el brazo.

—Nada, mi amor, sólo buscando unos papeles que necesito en la oficina —dice usted, en vez de dar la cara y decir “me voy a tomar un avión a la otra punta del mundo”.

¿No le dije? Cobarde.

—¿Papeles? ¿Qué papeles? —su mujer estira los labios hinchados de botox mostrando los dientes. Una muesca de disgusto sobre una cara embalsamada de lifting y cama solar.

—Nada importante. Datos de una cuenta en la que estoy trabajando —y baja la mirada.

Su mujer lo mira y sabe que está mintiendo ¿Realmente pensó que la podría engañar? Me corrijo: además de cobarde, estúpido.

—Carlos, llegás a la casa un martes al medio día, sin avisar y con una mirada de culpable atravesada en la jeta —cierra la puerta del dormitorio y se le acerca.

Usted da un paso para atrás, pero es muy lento y le atraviesan la cara de un cachetazo.

—No se que mierda tenes en la cabeza, Carlitos -dice y antes que usted pueda alejarse le agarra la entrepierna—, pero que se te vaya olvidando —aprieta: dolor de uñas postizas.

—Perdoná, mi amor, yo…

Su mujer lo suelta y agarra la valija. Con paso lento llega hasta la puerta del dormitorio.
—No hay nada que perdonar, mi amor. Ahora, andá a laburar.

Entra a la habitación, se da vuelta y los labios de botox se estiran en una sonrisa. Antes de que puerta se cierre, usted cree ver una sombra que se mueve detrás del deshabille.

Con los huevos menos doloridos que el orgullo, sale al jardín delantero. Mírese. O, mejor dicho, mirate, porque ya no hay respero que uno te pueda tener después de una escena como esa. Pareces un perro que acaban de apalear, parado en el medio de tu jardín de suburbio, con pasto recién cortado y cortadora de pasto abandonada junto a un árbol.

Mirás alrededor esperando encontrar a Mario, el chico que corta el pasto, pero no lo ves por ninguna parte. El motor de la cortadora está caliente, debe andar por acá.

Sos lento, pero al fin hacés uno más uno. Había alguien más en el cuarto. Exactamente: tu mujer se está cogiendo al jardinero.

Indignación. Hay un momento de duda pero después atravesás el jardín y… ¿salís a la vereda? Pará, pará. ¿Que no vas a hacer nada? ¿Te vas a ir a laburar así nomás? Dale, esta es tu oportunidad: la agarrás con las manos en la masa. No te pondas nervioso. Respirá. Vos podés.

Ahora sí vamos. Atravesá el jardín. Entrá a la la casa y abrí la puerta del dormitorio. Ahi está tu mujer en la cama, abrazada al jardinero.

Vos… no decís nada.

Tu mujer te mira con rencor, como si hubieras entrado en el cuarto justo en el mejor momento de la película. Se aparta del jardinero.

—Pasá el vino, Marito —dice tu mujer, ignorándote.

“Marito” te mira, duda un momento y agarra una botella del piso. Sirve un vaso. Vos mirás todo inmóvil.

—Mejor me voy —dice el jardinero y se trata de levantar, pero tu mujer lo agarra de un brazo y le muerde la oreja.

—No te vayas. Si hasta lo hacemos con este enfrente —dice y te lanza una mirada de odio.

El jardinero se libera y se pone de pie. Se para enfrente tuyo. Está completamente desnudo.

—Perdoná —dice—, es que tengo la ropa en la sala.

Bajás la mirada y te hacés un lado.

—Carlos, ¿no pensás pagarle? —tu mujer ahora agarró la botella. Toma un trago— Si hizo un muy buen trabajo.

Mario se encoje de hombros.

—El pasto lo corté, Don Carlos.

Ahora sería el momento de darle vuelta la cara de un golpe, de gritar, de romper cosas. Llevás la mano al bolsillo y sacás algo. La billetera. Le pagás y el jardinero se va. Al menos no le das propina. Buena manera de mantener la dignidad.

—Chau, Marito —grita tu mujer—, nos vemos la semana que viene —Te lanza una mirada de rencor mientras alarga una mano y descuelga el deshabille de una lámpara de pie—. Y vos, gracias por arruinarme el día. Ahora andate a laburar, que por lo menos para traer guita a la casa tenés que servir.

—¿Que hacías con el jardinero?

Quien lo hubiera pensado, las estatuas sí hablan.

—Jugaba al truco, Carlos. No hagas preguntas boludas.

No te dejes intimidar. Decile que te vas.

—Me voy…

La dejás.

—…Te dejo.

Tu mujer se detiene en pleno movimiento de postura del deshabille. Te mira a los ojos y esta vez le sostenés la mirada.

—Carlitos, dejá de hablar cagadas —se baja de la cama y se te acerca —. Si los dos sabemos que te faltan los…

Agarrale la mano antes de que llegue a la entrepierna. La transpiración te pega la camisa contra el cuerpo.

Repetí.

—Te dejo.

Tu mujer te mira como si fueras otro. Agarrá la valija y salí de la casa. Antes de que el taxi doble la esquina date vuelta. Ella te mira todavía atónita desde la ventana.

 

En el aeropuesto compre un pasaje a Groelandia. Un par de horas después está sentado en un pedazo de lata que atraviesa el cielo a diez mil metros de altura. Mire por la ventana.

Ahora, dígame ¿tiene usted miedo de volar?

—No, no tengo miedo.

No tengo miedo, ¿que?

—No tengo miedo… señor.

Muy bien, así me gusta.

A través de la ventana ve cumbres nevadas que se elevan debajo de las nubes. Usted aprieta el apoyabrazos e, intentando respirar, se pregunta cuando faltará para que el avión se haga pedazos contra una de aquellas montañas.


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Cacho y el Moro

Cacho y el Moro

—¿Algo de cambio, señora?

La mujer saca un par de monedas y, sin mirar, las tira dentro del vaso de papel. Apura el paso.

Si la señora hubiera mirado, habría visto a dos hombres sentados en la vereda, rodeados de botellas vacías. Uno sosteniendo el vaso de papel con una sonrisa sincera, los ojos rojos y cansados, enmarcados en una cara quemada por el sol y coronada por un gorro de lana, el pelo grasiento escapando a los costados. El otro durmiendo con la cabeza apoyada contra la pared, descalzo, una barba y melena canosa ocultándole el rostro. Habría visto los pantalones sucios, la camisa apolillada, el sobretodo viejo. Pero la señora no mira, y no los ve.

—Gracias y que Dios la bendiga.

Los dedos ennegrecidos se sumergen en el vaso de papel, bucean entre las monedas.

—¿Cuánto dejó la vieja?

El hombre del gorro levanta la mirada. El de barba lo mira sonmoliento.

—Te despertaste —dice el de gorro. Vuelve a bajar la mirada—. Un par de monedas de cinco.

—Vieja amarreta —el de barba empieza a revisar las botellas—. Todas vacías.

—Al menos da algo.

—Cinco es lo mismo que nada —levanta una botella contra el sol. Sonríe y se la lleva a la boca—. Seguro que gasta diez veces más por comida en ese perrito de mierda que tiene.

El de gorro busca con la mirada a la señora. Está en la vereda de enfrente y, en efecto, lleva de la correa a un perro. No me había dado cuenta, piensa.

—Quizás deberiamos conseguir un perro —dice y vuelve a revisar el vaso de papel—. La gente da más cuando ve un perro.

—La gente no nos va a dar una puta moneda de más, perro o no perro —el de barba tira la botella al piso y se apoya contra la pared.

Los últimos rayos de la tarde caen sobre los dos hombres. Un joven pasa y deja una moneda. El de barba patea una botella.

—¿Cuanta guita juntamos? —dice— No hay más vino.

El de gorro sigue al joven con la mirada. A donde irá tan apurado, se pregunta.

—Se está haciendo tarde y esta noche va a hacer frío —dice.

—Más razón para tener algo para calentar la garganta —dice el de barba mientras se estira para tomar el vaso de papel, pero el otro lo agarra primero.

—Vos dormis todo el día y después sólo querés chupar —cuenta las monedas —. Hay cincuenta.

Unos dientes amarillos aparecen bajo la barba blanca.

—Bien por la señora, entonces —dice el de barba con una sonrisa. Agarra un zapato de entre las botellas—. Yo me encargo de hacer las compras.

Se lo pone y después tantea bajo unos papeles de diario.

—¿Dónde está el otro?

—¿Qué pasa?

—Me falta un zapato —tira los papeles a un lado.

—Calmate, debe andar por ahí.

Un anciano pasa caminando. Los mira y el de gorro sonríe.

—¿Algo de cambio, señor? —pero el anciano aparta la mirada.

El de barba agarra una botella y la tira contra la pared. El anciano apura el paso.

—¿Pero que hacés? —dice el de gorro— Si hacés kilombo nos van a terminar hechando.

—Pendejos ladrones de mierda. Me robaron el zapato.

—¿Quienes?

—Los chicos que siempre andan por acá. Los que nos tiran piedras.

—Son solo chicos. Hacen travesuras.

—Son ladrones.

El de barba se apoya contra la pared. Suspira.

—Ladrones de mierda —murmura. Después señala los zapatos del otro—. Dame uno de los tuyos.

—No puedo.

—¿Cómo que no? No me puedo ir con un sólo zapato a comprar el vino.

El de gorro levanta la manga del pantalón.

—Hace una semana que no me lo saco —el color morado del tobillo hinchado contrasta con el marrón del zapato—. Tengo miedo de que después no me vuelva a entrar.

El de barba no dice nada. Levanta el vaso de papel y saca las monedas.

—Ya vuelvo —dice y se va rengueando con un sólo zapato.

El de gorro lo sigue con la mirada hasta que desaparece destrás de la esquina.

Apoya la cabeza contra la pared y cierra los ojos. Escucha los pasos de la gente, la música de las bocinas, un bebé que llora, una chica que ríe. La vibraciones de los autos resuenan en la pared, en sus huesos, las siente en los dientes. De vez en cuando alguien deja una moneda.

Sólo abre los ojos cuando alguien se sienta a su lado. El de barba tiene una botella en la mano.

—Compraste tinto.

—Si, para variar.

El de gorro intenta agarrar la botella, pero el otro no la suelta.

—¿Que no la vas a abrir? —dice.

—Si, pero no acá —el de barba saca una mochila de abajo de los papeles de diario—. Mirá que voy a dejar que los pendejos esos me roben de vuelta.

El de gorro se encoge de hombros.

—¿A dónde vamos? —pregunta.

—A la plaza enfrente de la avenida. Ahí corre menos viento —dice el de barba mientras guarda la botella vino—. Esta noche va a hacer frío.

Caminan despacio, el de barba rengeando sobre su pie descalzo, y ya es de noche cuando llegan a la plaza. Eligen un banco enfrente de la avenida, abren la mochila y acomodan dos bolsas de dormir a un costado. El de barba abre la botella de vino y se la pasa a su compañero. Beben en silencio, mirando las luces de los autos.

—Quizás la idea del perro no es…—comienza el de barba pero se interrumpe: una joven camina por la vereda en su dirección.

—Buenas noches, señorita —dice cuando pasa por enfrente.

La joven mete la mano en el bolsillo, saca un puñado de monedas y las tira al suelo.

—No muy simpática —dice el de barba mientras se agacha a recoger las monedas—. Ni generosa.

Un auto pasa y sus luces iluminan algo en el suelo. El de gorro se agacha y lo recoge: un telefono celular.

—Se le debe haber caido —dice y comienza a caminar en dirección a la joven.

—Ni te molestés —dice el de barba mientras recoge las monedas del suelo.

Pero de el gorro no escucha.

—¡Señorita! —grita

La joven no se detiene.

—¡Disculpe, señorita! —insiste.

La joven apura el paso.

El de gorro empieza a caminar más rápido y cuando la joven cruza la calle, la sigue.

Entonces el rugido de la bocina, el chirrido de las ruedas, el eco de un golpe. El de barba deja las monedas y corre hacia la calle. Pide auxilio, grita, pero el auto ya se ha ido y la joven desapareció en la oscuridad.

El de barba se agacha frente al cuerpo inmóvil de su compañero y le acaricia la frente cubierta de sangre. Unos ojos vidriosos lo miran impasibles. La calle está vacía. Nadie se asoma a las ventanas, nadie pregunta qué ha pasado. A nadie le importa.

El hombre se pone de pie, temblando. Mira los zapatos. Duda. Se vuelve a agachar. Cuando se limpia las lagrimas, una mancha de sangre le atraviesa la cara. La mano le tiembla cuando le saca el gorro y se lo pone. Vuelve al banco de la plaza y se mete en una bolsa de dormir. Esa noche va a hacer frio.


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La gravedad de los cuerpos

La gravedad de los cuerpos

Esa mañana Viktor se levanta sin sospechar nada. No hay señales divinas ni premoniciones funestas. Como todos los días el despertador insiste a las nueve, nueve treinta, diez y once, con esa digna terquedad de las causas perdidas. A las once y media, Viktor se arrastra de la cama a la cocina y prepara el mismo desayuno sobre el que dormita cada mañana: un café con leche flanqueado con dos tostadas, sin manteca, miel, ni mermeladas; el pan medio calentado, medio quemado, una esquina negra carbón.

De nuevo los astros fallan y no hay nada que adelante la tragedia. Si tan sólo un codo empujase la taza. Si tan sólo esta se desplomase más allá del borde de la mesa, dejando estelas cafeteras a su paso hasta estrellarse contra el pie de Viktor. Pero la realidad raras veces es tan conveniente y casi nunca tan metafórica.

Lo que sí sucede es que Arthur le lame la mano derecha, lo cual no es extraño: Arthur es un perro y lo hace cada mañana. Viktor lo ignora, toma el móvil que esta sobre la mesada, ignora nuevamente -esta vez cinco llamadas perdidas de su hermana- y lo guarda en el bolsillo.

Arthur no se deja vencer. Lamida en mano derecha.

—Está bien, está bien. Pero un paseo corto —capitula Viktor.

Saca la correa del armario y se la engancha en el arnés. “Click”.

En ese mismo momento otro “Click” resuena en una oficina a trescientos metros del departamento de Viktor y Arthur. El “Click” de la cerradura de una puerta que se abre de par en par. Una cara se asoma: ojos pequeños, boca diminuta y nariz decepcionantemente habitual.

—Señor Costa, ¿me llamó? —balbucea Lucas.

—Pase y siéntese.

Lucas obedece. Lucas siempre obedece. En eso es como Arthur. Si se conocieran seguramente se llevarían bien.

Costa mira por un ventanal que ocupa media pared de la oficina. De espaldas a Lucas, tiene traje de jefe, pelada de jefe y sobrepeso de burgués.

—Lucas, vos sos una porquería de empleado, ¿sabés? —dice mientras quita una pelusa inexistente del hombro.

—Señor, yo…

—Nada de “Señor” —Costas se vuelve—. Usted no esta hecho para esto, para… ¿qué es lo que hace aquí?.

—Yo….

—Tampoco es importante —sonrisa de superioridad derramada sobre cachetes obesos—. Lo importante es que lo hace para el carajo.

Dedo gordo en el intercomunicador.

—Rosa, tráigame el expediente de Lucas Mara.

Afuera de la oficina, Rosa prueba por sexta vez pero no hay caso, su hermano se niega a contestar el teléfono. Debe estar durmiendo, piensa, o paseando al perro ese.

—Rosa, ¿No me escucha?

—Si, señor, un momento.

Deja el teléfono a un costado y saca la carpeta gris de un cajón. Pasa a la oficina y sin mediar palabra lo deja en el escritorio de roble de su jefe. En el camino de salida su mirada encuentra los ojos diminutos de Lucas.

Otra vez con esos ojos, piensa ella, indiferente.

Siempre esos ojos, suspira él, desconsolado.

Hoy no tengo ni tiempo ni ganas para estas cosas, piensa Rosa y abandona la habitación. Toma el móvil del escritorio y prueba otra vez.

Viktor mira la pantalla. Otra vez ésta ¿Será por lo de la guita? Que pesada, piensa, hoy no tengo ni tiempo ni ganas para estas cosas. Y corta.

Arthur lo mira orgulloso al pie de un roble. Viktor suspira y saca la bolsa de plástico.

—¿Está usted orgulloso de esto? —dice Costas.

Lucas duda.

—Porque no debería —dedo gordo en carpeta gris—. Esto es una porquería.

Duda reiterada. Lucas olfatea un despido y baraja opciones: degradación y súplica adornada de lágrimas de empleado cocodrilo, gélida indiferencia ante la autoridad patronal, rabia de indignación -con escupitajo a la autoridad, daño de propiedad de la compañía y portazo incluido. Eso es. Un Lucas que no se deja pasar por encima. Un Lucas valiente, intrépido, que hasta incluso se atreva a invitar a Rosa por un café.

—Pero no se preocupe, Lucas ¿Puedo llamarlo Lucas?

Vuelta a la realidad del empleado. Mirada cómplice del empleador.

—No lo llamé para despedirlo…

—Gracias —musita Lucas. Mucho fue con Lucas-el-intrépido, piensa, parece que vamos por el camino acostumbrado: súplica y degradación.

—… sino para ofrecerle un trato.

Costas abre el ventanal y un olor a primavera asfaltada entra a la oficina.

—Venga para acá, Lucas.

Lucas obedece.

—Vení para acá, Arthur —ordena Viktor.

Arthur desobedece. En vez de seguir el camino habitual, tira hacia la derecha. Espíritu de exploración canina, piensa Viktor y se deja llevar con resignación. Cual Hernán Cortez cuadrúpedo, Arthur conquista esquinas, husmea traseros y establece el dominio de la Corona sobre manzanos, naranjales y acacias.

—Ese manzano lo plantó mi viejo —dice Costas y le tiembla la voz—. Antes de que este trabajo de porquería lo mate.

Viento conveniente que se levanta. Manzana premonitoria que cae.

—Porque los hijos de puta son los de arriba. Y a nosotros nos exprimen hasta la última gota —mano gorda sobre el hombre de Lucas—. Pero hoy nos tomamos la revancha.

Lucas piensa que decir. Abre la boca. No se le ocurre nada.

—Es muy simple Lucas —susurra Costas. Lo atrae hacia sí—. Un pobre empleado. Un jefe abusador que le grita, lo golpe, lo maltrata. El típico bullying, que tan de moda está. Hasta que el tipo no da más y se trata de suicidar saltando de una ventana ¡Escándalo mediático! El jefe es despedido y, para evitar juicio y mala prensa, el empleado recibe un muy generoso pago.

Nueva reacción muda de Lucas, hombre de pocas palabras. La mano gorda que aprieta con fuerza.

—No es tan dificil, Lucas. Vos saltás, yo te pongo el abogado y después repartimos la guita. Ahora, decime, ¿estás conmigo o no?

Una gota de transpiración baja por la pelada de Costas, resbala por la nariz y cae al suelo.

—Si, señor Costas —dice Lucas—. Estoy con usted.

El jefe sonríe y le palmea la cara dos veces. En la tercera toma más impulso, cierra el puño y lo lanza contra su cara. Lucas cae al piso.

—Disculpame —Costas se encoje de hombros—. Realismo.

Se agacha junto a Lucas y lo toma del cuello de la camisa.

—¿Sabe que es usted, Mara? —grito desquiciado— ¡Una mierda! ¡Un empleado de mierda en una compañía de mierda! —segundo puñetazo.

Costas lo ayuda a ponerse de pie. Escupitajo de sangre sobre la alfombra.

—Subite a la ventana —susurra.

Lucas obedece. Se sube al antepecho y se agarra del costado. Enfrente ve el manzano, las ramas tan cerca que casi se pueden tocar. Mira para abajo pero se arrepiente inmediatamente. Dos pisos no serán mucho pero suficiente para dar miedo. Le tiemblan las piernas.

Nadie dijo que el suicidio fuera facil, ni siquiera uno simulado, piensa Lucas y se afloja la corbata.

—Una vuelta mas y volvemos —dice Viktor y desengancha la correa.

Arthur sale disparado tras una ardilla insolente que se opone a su soberanía canina sobre estas tierras vírgenes. La persigue hasta un manzano, la ardilla trepa hasta la primera rama y desde ahí mira al perro que, patas sobre el árbol, la intenta evangelizar a ladridos.

Viktor se acerca, le acaricia la cabeza y Arthur deja de ladrar. Da unos pasos para atrás para admirar el árbol. Es alto y frondoso, dos manzanas rojas cuelgan de una rama. Desde otra, la ardilla lo mira desde su posición de vigía.

Ardilla testaruda, piensa Viktor y se acuerda de su hermana. Saca el celular. Las llamadas perdidas llegan a nueve. Que hacer, piensa, quizás la tendría que llamar.

¿Pero qué hace, Mara? —grita Costas y repite la sonrisa cómplice— ¡Bájese de ahí!

Lucas devuelve la sonrisa, menos un diente, más risa nerviosa, casi de pánico.

Costas corre a la puerta y la abre.

—¡Que alguien venga! —grita a la oficina— ¡El estúpido de Mara va a saltar!

Estampida de secretarias, practicantes y demás empleados hacia la oficina del jefe. Hasta Rosa abandona la insistencia celular y se ubica en la primera fila del suicidio de Lucas.

—¡Vamos, bájese! —vocifera Costas, pero sus ojos dicen “Vamos, salte”.

Tiene la cara roja y la camisa ya mojada de transpiración.

¡Bájese, no sea imbécil! —“Salte, no sea cobarde”

ue actor, piensa Lucas, un Marlon Brando al cuadrado.

—¡No salte, Luca! —y esta vez es Rosa la que habla, tan sobrecogida por la escena que ni siquiera escucha el móvil que suena en su escritorio.

Sabe mi nombre, piensa Lucas, decidiendo ignorar la “s” faltante. Ya sin vuelta atrás levanta la frente hacia el cielo, se persigna –aunque después lo asalta la duda si los suicidas se persignan y no pasa del nombre del Hijo- y da el primer paso hacia un futuro de fraude judicial, amores color de Rosa y algún posible hueso roto.

La caída es rápida y anticlimática. Sin embargo, durante su microsegundo de antigravedad Lucas alcanza a girar sobre sí mismo y ve de una ardilla que lo mira con curiosidad de ardilla, a Costas que rompió su papel por un segundo y enarbola una sonrisa ancha de triunfo y la cara de Rosa que estalla de pavor: la boca abierta en un grito mudo, las manos a los costados haciendo de paréntesis.

Luego, el suelo. Sospechosamente blando.

Lucas, boca arriba, mira a la ventana tapizada de rostros asombrados, entre los que reconoce a Costas y Rosa. El uno ha vuelto a su papel de jefe consternado. La otra ha cambiado el pavor por una genuina preocupación, con lágrimas y mano sobre la boca incluidas.

De la indiferencia a esto, piensa Lucas, y todo de un solo salto. Sonríe. Entonces siente que algo se mueve. Una mano sale arrastrándose como un gusano desde abajo de su espalda. Lucas abre los ojos, sorprendido. El perro le devuelve la mirada y vuelve a lamer la mano.


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Paternidad

Paternidad

Toco el timbre mientras ensayo excusas en mi cabeza: que Clara me espera para almorzar, que tengo cita con el peluquero, que si no me apuro pierdo el colectivo que sale para el centro. Lo que sea que me saque de allí en quince minutos. No pienso quedarme ni uno más.

Roberto me abre la puerta y estira la comisura de los labios mostrando los dientes, en un gesto que él sinceramente debe creer una sonrisa. Tiene unos anteojos de marco grueso y una camisa canela que cuelga de sus hombros flacos. Me viene a la cabeza la imagen de un caballo.

— ¡Carlos, viniste! —dice y me alarga una pezuña.

A mi pesar, le tomo la mano y es flácida y viscosa: como agarrar un tentáculo. Cambio la imagen del caballo por la de un pulpo.

—Pasá por favor.

Me saco la campera y agudizo el oído. No escucho nada. Quizás la criatura está durmiendo. Creo ver una oportunidad de escape.

—Si no es un buen momento…

—No, Carlos, para nada —dice Roberto mientras me envuelve el brazo con su tentáculo.

Llegamos a un cuarto al fondo del pasillo. En la puerta hay un cartel azul sostenido por dos angelitos. Uno de los ángeles parece asustado.

Me empuja dentro del cuarto. Adentro nos espera su mujer, tan cefalópoda como su marido.

—Hola, Claudia —digo, aunque sé que se llama Rosa —. Muy linda la casa.

Mis palabras rebotan sin efecto contra varias capas de maquillaje. Me sonríe y, como una azafata indicando la salida de emergencia, me muestra la cuna.

Me asomo. Dentro hay un bebé obeso apenas más grande que un Caniche Toy. El bebé me mira. Yo lo miro. No nos decimos nada. Los padres esperan expectantes. Miro alrededor buscando algo que decir: el cuarto es grande, la cuna también, el bebé es pequeño.

—¿No es mucha cuna para tan poca… cosa?

Claudia/Rosa expulsa una risa de delfín y su marido le hace eco.

—Para nada —dice y ambos mueven la cabeza en sincronía hacia su retoño – si crecen tan rápido.

Sigo las miradas hacia la cuna. El bebé todavía me mira. Extrañamente, parece más grande. O la cuna más chica. No me puedo decidir.

—Los chicos de hoy en día crecen muy rápido —explica Roberto y se acomoda los anteojos—. Tanto input de la mass media.

Dice input y mass media como si hablara en itálicas. Me aguanto una arcada.

Vuelvo la mirada hacia la cuna. Ahora el bebé tiene el tamaño de un Border Collie. No hay duda: está creciendo.

Dudo un momento ¿Será de mala educación decir algo? La mirada de la criatura me inquieta. Me estoy poniendo nervioso.

Claudia/Rosa se acerca con un album de fotos ¿En que momento lo sacó? Lo abre y me muestra fotos de cuando estaba embarazada. Fuerzo una sonrisa y mascullo un “si”, “claro”, “que lindo” mientras la cabeza comienza a darme vueltas.

El bebé llega al tamaño de un San Bernardo. Si crece a este ritmo, me pregunto que tamaño tenía cuando toqué el timbre.

No aguanto más y me acerco a la ventana. Corro las cortinas. Atrás queda Claudia/Rosa disertando sobre lo alucinante del quinto mes de embarazo.

Saco la cabeza y respiro hondo. El aire puro me ayuda. Afuera, un árbol se mece suavemente con el viento. En la rama más cercana, un pájaro me ignora. Parece un Cuco. Tiene el plumaje plomizo, casi plateado. La imagen logra calmarme.

Algo esponjoso sobre el hombro me sobresalta.

—¿Estás bien? —pregunta Roberto y saca la mano.

Ahogo un grito. El bebé ha crecido tanto que ya no entra en la cuna. Rollos de carne roseada se cuelan entre los barrotes de madera. Intento inútilmente pensar en un perro que tenga ese tamaño.

Claudia/Rosa me dedica una sonrisa burlona.
—Como se nota que no sos padre, Carlos.

Inevitablemente, la cuna se rompe. El bebé se agarra del borde superior de la puerta y se intenta sentar.

Roberto arranca con un discurso sobre el milagro de ser padre, mientras el crecimiento de su hijo aumenta exponencialmente. Cuando dice “Un hijo te cambia la vida”, el suyo se cae para atrás y se golpea la cabeza contra al pared.

Roberto calla y junto con su mujer miran a su criatura, cuya cara lentamente se va trasformando en una mueca: los ojos apretados, hundidos en dos cachetes grandes como almohadones; la boca que se va abriendo.

El chillido es tan fuerte que explotan los vidrios de la ventana. Me cubro la cabeza con las manos.

La cabeza de la criatura llega hasta el techo.

—Pobrecito —dice Claudia/Rosa, atrapada entre la gorda rodilla de su hijo y la pared—, es que está cansado.

No acaba de terminar la frase cuando el bebé estira una mano rechoncha, toma a su madre de la cintura y de un movimiento se la lleva a la boca.

—Claro, debe tener hambre —dice Roberto y mira su reloj.

El bebé sonríe. La pierna de su madre le asoma por la comisura de los labios.

Trato de articular una excusa pero solo balbuceo palabras incoherentes.

—No hay problema, Carlos —dice Roberto, al tiempo que esquiva un manotazo de su hijo— Vení, te acompaño.

No me repongo hasta que estoy en el umbral de la puerta de entrada. Roberto me vuelve a ofrecer la mano, pero no se la tomo. Se apoya en el picaporte. Atrás, veo la puerta cerrada y los dos angelitos azules.

—Muy linda, la visita. Cuando vuelvas te mostramos el resto del álbum.

No tengo tiempo de rechazar la invitación: la puerta se abre y una mano enorme y regordeta toma a Roberto por el tobillo.

—Las fotos del último trimestre son mi favoritas —dice Roberto, sujetádose con ambas manos del picaporte.

La mano tira con fuerza. Roberto queda suspendido en el aire, entre el picaporte y los dedos rechonchos.

—Pero bueno, Carlos, me tengo que ir. Deberes de padre, ¿viste? —suelta el picaporte y desaparece tras los ángeles azules.

Sin perder tiempo, me doy vuelta y empiezo a correr. No doy dos pasos cuando suena mi celular. Lo saco del bolsillo: mensaje de Clara, mi novia. Quiere hablar urgente conmigo, tiene grandes noticias.

Me vuelvo y miro a la casa. El escalofrío de un mal presentimiento me sube por la espalda. A través de una ventana, un ojo del tamaño de una pelota de fútbol me mira con curiosidad.


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El Cholo

El Cholo

—Pero, ¿me vas a decir que no lo conocés a Cholo vos? —la Claudia dejó el vaso que estaba lavando y se secó las manos con el delantal— ¿De qué agujero saliste, pulguita?

—Recién me mudé al barrio —dijo Sarita y estrujó el trapo sobre el balde. Olía a cerveza.

—Dejala tranquila —la Mecha le guiñó un ojo desde desde detrás de la barra—, ¿no ves que esta es nuevecita?

Sarita la miró agradecida.

—No te preocupés, Sarita. La Claudia ladra pero no muerde.

La Claudia mostró las dientes y simuló el ladrido de un perro. Ambas mujeres rieron.

Sarita forzó una risa y volvió a pasar el trapo por la mesa. El bar estaba vacío, como era de esperarse a la hora de la siesta. El único cliente sentado en una esquina se emborrachaba en cámara lenta.

—¡Pero no sabés de lo que te perdés, pulguita! —la Claudia se había sacado el delantal y lo había dejado sobre la pileta de lavar, todavía llena de vasos sucios — El Cholo es un potro.

La Mecha escupió en la barra y limpió con la manga de la camisa.

—Yo lo conozco hace años, ¿sabés? —dijo la Claudia con una mirada cómplice— Desde antes que fuera el Cholo. Ni me acuerdo como se llamaba, pero si me acuerdo que tenía una noviecita que adoraba. Si los hubieras visto dando vueltas por el barrio, los dos con caras de feliz cumpleaños.

La Mecha volvió a escupir. Pasó la manga de la camisa y acercó la mirada, con expresión concentrada. Después asintió con satisfacción.

—Vivían acá a la vuelta, sobre la Colón…

—La Salta —corrigió la Mecha.

—Bueno, la Salta, no importa. La cosa que una noche estaba entrando el Cholo con la noviecita a su casa y aparecen tres tipos, le ponen un caño en la cabeza y lo empujan para dentro.

—Pobre Cholito —la Mecha sacó tres vasos y una botella de whisky de abajo de la barra.

—Pero el Cholo, en vez de quedarse en el molde, se hace el loco. Para qué, los tres tipos le ponen una tremenda cagada y después la agarran a la noviecita. Algunos vecinos escuchan el quilombo y llaman a los canas, pero para cuando llegan la chica no respira y el Cholo está medio muerto.

—Muerto entero.

—Medio muerto. Llegó muerto al hospital —dijo la Claudia—. Dejame contar a mí y vos serví esos whiskies.

—Pero entonces —dijo Sarita, confundida—, ¿el Cholo está muerto?

La Mecha sirvió tres vasos de whisky y le acercó uno.

—No seas impaciente.

La Claudia agarró un vaso y le dio un trago.

—Te explico, pulguita, el Cholo es un tipo tozudo, ¿sabés? No es que se iba a dejar quemar y después quedarse muerto así como así. Y encima le bajaron a la noviecita, mirá vos. La cosa es que a los dos días…

—Tres…

—… tres días van a la morgue y el Cholo no está. Y al rato se lo ve caminando por las calles así tan tranquilo, como te digo.

—La gente no dijo nada, por miedo —dijo la Mecha—. Pero si lo veías venir, te cruzabas de vereda.

—La cosa es que, una semana después, la policía recibe una llamada anónima y va a un descampada. ¿Y que encuentran ahí? Los tres tipos muertos.

La Claudia se bajó el vaso de un trago y se lo acercó a la Mecha.

—¿Y, pulguita, qué decís?

Sarita miró a la Mecha, como en busca de ayuda.

—¿Me lo decís en serio? Un tipo que vuelve de…

—¡Puro verso! —interrumpió el borracho de la esquina— Ese Cholo no es más que un ladrón de cuarta.

—¡Cállese usted, que si hace lío se me va para la calle! —gritó la Mecha y el borracho volvió a su vaso.

—Sarita —dijo la Mecha—, parece verso pero te juro que no te jodemos. Si lo vieras al Cholo.

—Sí, la muerte le hizo bien…

Sarita tomó un trago de whisky. En la esquina el borracho balbuceaba.

—Volvió… diferente —continuó la Mecha.

—Preguntale a cualquier mina del barrio, pulguita. Todas se le mueren.

—Si lo vieras lo entenderías: dando vueltas en su zanella roja con esa mirada en los ojos.

—Todas se le mueren, pero él, ni bola. Solo tiene ojos para una.

—Una mirada triste y perdida, solo para ella.

—Su noviecita.

—Su pobre noviecita.

La Claudia bajó la mirada y la Mecha se sirvió otro vaso.

Sarita se puso de pie y tomó el trapo que había quedado en la mesa.

—Todo bien, pero creo que ustedes me toman a mí de…

El ruido de una moto se oyó afuera y Sarita se interrumpió al ver la expresión en la cara de la Claudia.

—Llegó —dijo sonriendo.

La Mecha miró al reloj que colgaba de la pared.

—Son las tres. Puntual como siempre —guardó la botella bajo la barra y agregó—. Dejá que lo atienda la nueva.

—¡Pero hoy me toca a mí!

—Dejala. Para que aprenda.

La Claudia abrió la boca para protestar, pero la Mecha la agarró del brazo y la llevó a una de las mesas.

—Nos tomamos cinco minutos, Sarita —dijo la Mecha—. Ocupate de las bebidas.

Sarita se había acomodado detrás de la barra cuando la puerta se abrió. El bar quedó súbitamente en silencio: las mujeres callaron y hasta el borracho detuvo su balbucear. Sarita vio la silueta de un hombre delineada por el sol de mediodía.

La puerta se cerró y Sarita necesitó unos segundos para que sus ojos se volvieran a acostumbrar a la penumbra del bar. Entonces pudo ver al hombre que avanzaba con paso perezoso hacia la barra.

Tenía el rostro estrecho, los ojos hundidos, una nariz ancha con prominentes orificios nasales y el pelo largo y enredado, como si hace varias semanas que no lavara. Vestía una camisa negra, que le quedaba demasiado grande y bajo la que se podían adivinar unos hombros flacos y huesudos. Los pantalones eran grises y con barro seco en la zona de los tobillos.

El hombre se paró en el medio del bar y miró a su alrededor. Descubrió a la Claudia y a la Mecha que lo miraban desde una mesa. Inclinó la cabeza a modo de saludo y las mujeres rompieron en risitas histéricas. La Claudia se puso roja como un tomate.

Conforme, el hombre siguió hasta la barra y se sentó en un taburete.

Sarita esperó que ordenara algo, pero el hombre se quedó sentado en silencio. Se llevó el dedo a la oreja y empezó a escarbar concienzudamente. La chica se preguntó si este tipo era del que habían estado hablando.

—¿Quiere tomar algo? —dijo Sarita y a su pesarla voz le tembló.

Solo entonces el hombre pareció notarla.

—¿Y vos quien sos?—dijo, mientras se limpiaba el dedo en la camisa.

—La barista.

El hombre la miró confundido, como tratando de entender. Después sonrió, mostrando unos dientes grandes y chuecos. Sarita notó que le faltaba uno adelante.

—Y si, ¿qué vas a ser el Papa? —dijo el hombre y soltó una carcajada equina que resonó en todo el bar. Sarita vio a la Claudia y a la Mecha que los miraban y murmuraban por lo bajo.

El hombre se levantó y se sentó en el taburete enfrente a Sarita. Olía a sudor rancio.

—Dame un tinto —dijo y, mientras se pasaba la lengua por el hueco del diente faltante, agregó en voz baja— y tu número de teléfono, florecita.

Sarita no contestó, sirvió un vaso de vino y lo apoyó en la barra. El hombre le agarró la mano. Tenía las uñas largas y sucias.

—Dale, no seas tímida.

—No tengo teléfono —dijo Sarita y sacó la mano.

El hombre la miró extrañado, como si no comprendiera que acababa de suceder. Agarró el vaso de vino y se lo tomó de un trago.

—Ando apurado hoy —dijo sin mirarla a los ojos— Ponémelo en mi cuenta.

Después se paró y a paso apurado abandonó el bar.

Apenas se hubo apagado el sonido de la moto, la Claudia y la Mecha saltaron sobre la barra.

—¿Y, Pulguita? ¿Qué pensás ahora?

Sarita permaneció en silencio, mientras las mujeres la miraban expectantes. Agarró el vaso que había quedado sobre la barra. Todavía tenía un fondo de vino.

—¿Y? —insistió la Mecha.

Sarita dejó el vaso y la miró a la Claudia, que sonreía.

—Tenías toda la razón —dijo y con una sonrisa agregó— El Cholo es un potro.


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