Bichos

El doctor Silva hojeó la carpeta de la primera Restauración del día. Nada fuera de lo común. Quizás la edad de los padres le llamó la atención. Ambos tenían apenas menos de quinientos años. Edad poco recomendada para la cuota. Silva recomendaba esperar al menos hasta los seiscientos para decidirse a formar una familia. “Trescientos para conocerse a uno, trescientos para conocer a su pareja”, les decía sus pacientes.

Se encogió de hombros. Cada uno a lo suyo.

Abrió un armario y sacó una caja plateada con la inscripción “H. Nowak”. La acomodó junto a la silla de operación y salió a la sala de espera.

Tres personas lo esperaban. El señor y la señora Nowak lo saludaron con un movimiento de cabeza. Ambos se veían saludables y llenos de energía: el cabello oscuro y reluciente, la piel tersa y morena, unos cuerpos atléticos que se adivinaban debajo de la ropa. Silva no pudo menos que sentirse orgulloso: el mismo se había ocupado se su Restauración.

El joven sentado entre ellos permaneció con la mirada baja. También tenía el cabello oscuro, pero era flaco y pálido. No parecía hijo de sus padres.

—Horacio Nowak —llamó Silva.

El joven pasó al consultorio. Antes de cerrar la puerta Silva vio la cara de orgullo de la señora Nowak. Pensó que tenía unos preciosos ojos azules y se recordó de preguntarle que ingeniero estaba usando.

—Por favor, Horacio, tome asiento —dijo, señalando la silla de operación.

El joven obedeció. Silva abrió la caja plateada y saco un tubo con un líquido rojo.

—Estos son los tuyos —dijo, poniendo el recipiente a trasluz.

Horacio miró el tubo sin reaccionar. Normalmente hay entusiasmo, nervios, incluso miedo, pero Horacio parecía indiferente.

—Los bichos —dijo el joven.

—Nanobots —corrigió Silva.

—Los bichos que te comen desde adentro —insistió Horacio. Hablaba lentamente, con una tranquilidad perturbadora.

Silva pensó que aquel era un joven bastante extraño. Le puso una mano en el hombro.
—Es normal sentirse un poco nervioso —dijo.

Se levantó y puso el tubo en un orificio de su escritorio. Una pared se encendió y mostró una esferas traslúcidas flotando sobre un fondo carmesí.

—Ellos son los tuyos —dijo, mirando la pantalla—. Muchas gente se los imagina como arañas o insectos, pero no son más que bolas de bio-polímeros. Las hacemos de tu mismo material genético para que el cuerpo no las rechace.

Silva se volvió. Horacio miraba las esferas, pero su expresión no había cambiado. Había algo en sus rostro, que el doctor no podía identificar pero que lo ponía nervioso.

—En cuanto entran en el flujos sanguíneo, los nanobots se comienzan a multiplicar —continuo Silva—, a distribuirse por el cuerpo. Su número aumenta exponencialmente y en menos de tres meses ocupan todas las células. Entonces empieza la verdadera Restauración. Los nanobots reparan las células. Detienen el envejecimiento, las enfermedades, nos hacen más inteligentes, más fuertes. Nos cambian desde dentro. Nos hacen mejores.

El joven se puso de pie. Su mirada tenía una intensidad que incomodo a Silva y no pudo menos que dar un paso hacia atrás. No tenía los ojos de su madre.

—No nos hacen mejores —dijo Horacio. Su voz tenía una calma que inquietaba a Silva—. Nos hace menos humanos —Después sonrió. Fue la primera vez que Silva vio aquella sonrisa —. Disculpe, doctor, pero he decidido no hacerme la Restauración.

Silva permaneció en silencio, sin saber que responder. Después abrió la puerta y llamo a los padres al consultorio.

—Señor y señora Silva, deberían hablar con su hijo —dijo y abandonó el cuarto.
Abrió la ventana de la sala de espera. Había llovido a la mañana y el aire tenía un agradable aroma a tierra mojada. Respiró hondo y trato de calmarse.

Se sentía indignado. Un Anti-restaurador. En su propio hospital. En su propio consultorio.

Que absurdidad. Anarquistas, ni más ni menos. Negarse a una Restauración es negarse a ser parte de la sociedad. El gobierno no te acepta como mayor de edad. Imposible ganar dinero, conseguir trabajo. ¿Quién querría darle responsabilidades a alguien cuyo cerebro se está pudriendo por dentro? ¿Cuyo cuerpo es una bomba de tiempo? Trató de recordar sus clases de historia médica. Creería que la vida de alguien sin una Restauración no llegaría ni a cien años. Ni lo suficiente para aplicar a una carrera universitaria.

Y tenía el atrevimiento de criticar el suicidio asistido. En una era donde el hombre es teoréticamente inmortal era normal que el aburrimiento hubiera tomado el lugar de las enfermedades como principal enemigo de la humanidad. Pero la diferencia era que ahora podíamos podía tomar riendas de nuestra propia muerte y, cuando la vida nos hubiera dado todo lo que necesitábamos, era sólo caminar a una clínica de suicidio y recibir una muerte limpia y digna. Al final hasta los mismos nanobot se desharían del cuerpo y sin dejar nada más que un charco de bio-polímeros, listos para ser formateados y reutilizados en una nueva Restauración. Nada más limpio ni digno que eso.

Menos humanos… nos hace más humanos. No hay nada más humano que querer superar nuestra propia naturaleza.

La puerta se abrió y Horacio cruzó la sala de espera. Sus padres lo siguieron, caminando a paso lento. La señora Silva tenía los ojos rojos y el maquillaje corrido.

—Horacio ha decidido no seguir con el procedimiento —dijo el Señor Nowak con un hilo de voz.

—Pero, señor, usted tiene que hacerlo entrar en razón —intento defender Silva—. Sin esto a su hijo no le queda mucho tiempo. Quizás sesenta o setenta…

—Nosotros respetamos la decisión de nuestro hijo, doctor —lo interrumpió la señora Nowak
Silva suspiró. Sentía que esto era su responsabilidad, que había fallado en su trabajo.

—Si necesitan algo, no duden en llamarme —dijo y les entregó su tarjeta.

—Muchas gracias, doctor -dijo la señora Nowak y tomada el brazo de su esposo abandonó la sala.

Desde la ventana, Silva siguió las tres figuras mientras atravesaban el campus del hospital. Había vuelto a comenzar a llover.

 

Cincuenta años después Silva recibió un mensaje de la señora Nowak pidiéndole si podía venir a una consulta domiciliaria. Silva tomó su viejo maletín de cuanto había trabajado en la unidad de menores y aquella misma tarde llegaba a una casa de dos pisos, en los suburbios del lado este de la ciudad.

La señora Nowak lo recibió en la puerta. Los mismos ojos azules, la misma piel tersa y morena.

—Gracias por venir, doctor —y, señalando una escalera—. Horacio lo espera en el cuarto de arriba. Al final del pasillo.

Silva subió uno a uno los peldaños. Estaba preparado. Había encontrado unos viejos archivos de anatomía antigua. Había visto documentales de las Reservas, donde tribus todavía vivían como en la antigüedad. Envejecían, enfermaban y morían en menos de un siglo. Vivían como animales.

Pero esa era la diferencia. Aquellos eran animales. Pre-humanos. Silva se preguntó entonces que era lo que le esperaba en el piso de arriba.

Llegó al final de la escalera y atravesó el pasillo. Se asomó a la puerta entreabierta.
Lo que vio lo horrorizó. Horacio Nowak estaba acostado en una cama, escribiendo en un cuaderno bajo la luz de una lámpara eléctrica. Tenía el pelo, que caía inerte sobre un cuerpo flaco y consumido. Su piel había perdido la elasticidad natural y ahora se doblaba en pliegues sobre sí misma. Los dientes amarillos y desechos, las manos sin carne bajo cuya piel se adivinaban las falanges.

Horacio levantó la mirada.

—Bienvenido, doctor —dijo. Dejó el cuaderno en una mesa de luz, junto a una docena más y señalo una silla al lado de la cama—. Por favor, tome asiento.

Silva obedeció.

Sin duda era él. Lo recordaba perfectamente. Memoria fotográfica, uno de los beneficios del procedimiento que aquel hombre se había negado a aceptar.

Pero a qué precio.

Aquellos ya no era un hombre.

Entonces lo, más sorprendente. Aquello sonrió.

—Disculpe que lo hayamos llamado —Horacio se arremangó la camisa. Tenía el brazo cubierto de arrugas y manchas—, pero mamá insiste en que me haga un chequeo cada mes y, según ella, no estoy en condiciones para ir a la clínica.

Silva saco un tensiómetro y lo enrollo alrededor del brazo. Contuvo las náuseas.
—Pero si quiere mi opinión, yo creo que a ella le da cosa que la vean con un vejestorio —Horacio le guiñó un ojo y soltó una carcajada.

Silva lo miró con sorpresa. Nada de esto tenía sentido. El hombre era un manojos de huesos, en ese estado no duraría cincuenta años más. Pero parecía… contento.
Controló, auscultó y midió, entre los comentarios y los chistes de Horacio. Antes de irse la señora Silva le pidió una prognosis.

Silva solo bajo la cabeza.

Antes de dejar la casa, se ofreció a volver una vez por mes a realizar los controles, sin saber si lo hacía por curiosidad o deber hipocrático. La Señora Silva se lo agradeció.

Antes de salir del jardín delantero se volvió. La luz de la ventana de Horacio todavía estaba prendida.

 

El doctor Silva mantuvo su promesa. Durante los siguientes veinte años visitó a Horacio el último domingo de cada mes. Recolectaba los resultados de los chequeos en una carpeta, creyendo que tal vez podrían tener algún valor científico, quizás incluso publicarse en una revista académica.

El deterioro del cuerpo de Horacio fue en aumento. Los músculos se debilitaron, los dientes y el cabello se cayeron. La voz perdió su fuerza y era normal que se quedase dormido en plena consulta. Pero lo que Silva encontraba más desconcertante era la discordancia entre la salud física de Horacio y su salud mental.

Horacio siempre estaba de buen humor, siempre sonreía, siempre escribía en sus cuadernos. Silva llegó a pensar que podría deberse a algún tipo de enfermedad mental. Pero estudios psicológicos probaron lo contrario.

—Horacio, ¿porque se quiere morir? —se atrevió una vez a preguntar.

Horario lo miro extrañado.

—¿Quién dice que me quiero morir?

—Si hubiera aceptado el procedimiento… ahora tendría toda tu vida por delante.
Horacio no dijo nada y miró por la ventana.

—Tendría todo el tiempo del mundo —siguió Silva—. Para estar con sus padres, para escribir… Imagínese todo lo que podría escribir…

Horacio acaricio el cuaderno sobre su regazo.

—No quiero todo el tiempo del mundo, ni escribir todo lo que sería capaz de escribir. No quiero exprimir hasta la última gota de la vida, hasta que pierda cualquier significado. Una vida sin fin, doctor, en una vida sin sentido. ¿Me dice si quiero morir? No quiero morir, pero cuando lo haga quiero que signifique algo. No quiero vivir hasta estar harto de la vida, ni que mi muerte sea como un arreglo burocrático, deshaciéndome de mi vida como uno se deshace de un mueble viejo, quemándolo o arrojándolo a la calle —Horacio bajó la mirada hace su cuaderno—. Y escribiré lo que me toque escribir en mi tiempo. El resto, me lo llevo a la tumba —y comenzó a escribir.

El doctor no respondió. Terminó los chequeos en silencio.

Al día siguiente no se presentó al hospital. Cuando su secretario llamó, puso como excusa que no se sentía bien. Ella le ofreció el teléfono de un buen ingeniero.

 

Como el doctor había previsto, Horacio no llego a su primer centenario. Murió en su cuarto a los 92 años, rodeado de sus padres y su doctor.

No era la primera vez que Silva veía a alguien morir. Antes de conseguir su actual posición en el hospital, había trabajado unas décadas en la Oficina de Suicidio Asistido.

Pero aquello muerte lo impactó. Fue… distinta. Menos burocrática, habría dicho Horacio. Las otras muertes habían sido súbitas, como apagar la luz de una lámpara. Esta había sido una puesta de sol.

Al no haber nanobots en el cuerpo de Horacio, no había nada que reciclar. Se decidió quemarlo en el incinerador municipal, junto con los muebles viejos y la basura.

Cumpliendo con el testamento, veinticinco cuadernos escritos a mano fueron entregados al doctor Silva.

 

Aquella noche Silva salió al jardín de su casa. Llevaba la caja todavía cerrada con los cuadernos de Horacio, su carpeta de apuntes y un bidón. Apoyo la caja y la carpeta en el suelo, las empapo en gasolina y les prendió fuego.

El fuego devoró el papel y la fogata creció cuando Silva arrojó el bidón en ella.

Sin apartar la mirada de las llamas, metió la mano en el fuego. La mantuvo lo más que pudo, resistiendo el dolor. Cuando la saco el olor era intenso. La mano tenía el color del carbón.

Pero poco a poco el olor se fue apagando y el negro se tiño en rojo, luego en rosa.

Con vértigo, Silva vio como unas fuerza invisible, unos bichos, devoraban su mano quemada e inservible para dejar tras de sí una mano sana, capaz y absolutamente perfecta.


Otros cuentos en el nuevo libro El peso de una pluma de avestruz (Ediciones Franz)

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