Experimento social #77: Compartir la cama

Entonces, usted está en una relación. ¡Siéntase orgulloso! Ha logrado entablar una conexión con otro ser humano y ha sabido prolongarla a través de ataques de celos, malinterpretaciones y esa habilidad suya de decir la peor cosa en el peor momento. Ha mantenido esta conexión justo lo suficiente para que la otra persona se acostumbre a usted, como un animal se puede acostumbrar a comer el mismo alimento balanceado por toda su vida.

El mismo alimento.

Por toda su vida.

El solo hecho de que sigan juntos desafía cualquier analisis racional, pero por otro lado lo racional aquí no tiene nada que ver y ustedes ya se presentan en sociedad como novios, pareja, amantes, o con la etiqueta de turno que hayan decidido de muto acuerdo adoptar.

Pero la vida en relación no es fácil y entre los diversos obstáculos que deberán sortear para encontrar la felicidad sobresale uno, por lo complejo y engañoso: dormir juntos.

Cualquier pobre inocente creería que yacer en un coma de ocho horas, uno al lado del otro, debería ser la parte más fácil. Pero nada más alejado de la realidad. De noche sale a flote el inconsciente y nace el conflicto. La lucha por el espacio personal.

Sin embargo, durante la primera parte de la relación todo estará bien. Se dormirá abrazado, de la mano o quizás con las piernas entrelazadas bajo las sábanas. Pero poco a poco los problemas irán surgiendo: el mal aliento por la mañana, la lucha por la frazada, los pies fríos como cubos de hielo, y usted se dará cuenta de que aquella no es la persona de la cual se enamoró sino que es lo que usted menos esperaba: una persona real, de carne y hueso. El horror.

Pero usted es una persona madura y decide continuar en su lucha. Sin embargo tener una relación es díficil. Aprender a mantener su propio espacio personal respetando el del otro; encontrar una intimidad tanto personal como conjunta. Son tareas arduas y francamente agotadoras. Además, ¿quién tiene tiempo para eso hoy en día? Entonces es perfectamente lógico decidirse por otra alternativa: expandir su espacio personal.

Compre una cama más grande.

Un cuarto de metro extra para su pareja, un cuarto de metro extra para usted. Veinticinco centímetros sobre los que tendrá sobreranía absoluta e irrevocable y que darán un respiro a la relación. En el medio de la cama quedará una Tierra de Nadie, donde se entablarán aún combates de brazos indocumentados y pies con uñas largas. Pero ningún combate es de tomarse en serio cuando los generales enemigos terminan a los besos en el campo de batalla.

Solución simple y efectiva, pero lamentablemente provisional. Al poco tiempo veinticinco centímetros no serán suficientes y la cama deberá extenderse uno, dos, tres metros más, hasta eventualmente ocupar todo el dormitorio. En este punto se creería que, con cada persona durmiendo en una esquina opuesta de la habitación, sería suficiente. Pero el sabor de la libertad es adictivo y es dificil saber cuando detenerse. Se deberán derribar paredes y columnas para extender la cama hacia el baño, la cocina, el cuarto de visitas. Cuando ya no quede más espacio en el departamento se derribarán las paredes linderas para descubrir, con sorpresa y felicidad, que los departamentos vecinos están a su vez cubiertos enteramento por camas.

Los lechos se unirán hasta abarcar todo su piso. Los pisos de arriba y abajo, también cubiertos por camas, se conectarán por medio de sábanas anudadas que saldrán por las ventana.

Cuando todo el edificio esté ocupado se llegará a un punto de equilibrio, una comunidad donde todos compartirán el mismo lecho. Ideas como la monogamia se considerarán obsoletas. Al fin y al cabo, todos duermen con todos. Las relaciones se tornarán más complejas y dinámicas, no limitadas por número de personas, género, orientación sexual.

No pasará mucho tiempo hasta que el edificio sea incapaz de contener las camas y estas escapen por sus puertas, extendiéndose por las calles, uniéndose a otras que salen edificios vecinos, tomando aeropuertos y cementerios, ocupando parques, creciendo por las avenidas.

Las camas cubrirán la ciudad y saldrán a los campos. Escalarán montañas, bordearán lagos, conquistarán paises y continentes. En poco tiempo el mundo entero será una gran cama y la humanidad se irá a dormir toda junta, millones de dedos buscándose bajo miles de kilómetros de sábanas.

Pero cuando la noche pase y el sol entre por la ventana, entre modorras domingueras y bostezos colectivos, habrá solo una cosa que preguntarse: y ahora, ¿a quien le toca tender la cama?


Otros cuentos en el nuevo libro El peso de una pluma de avestruz (Ediciones Franz)

Registrado en Safe Creative

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