Como perder el miedo a volar

Usted es un cobarde y mientras antes lo acepte, mejor estará. Por favor, en pleno comienzos del siglo veintiuno, en plena revolución tecnológica y usted todavía duda de una actividad que se viene haciendo hace más de un siglo. Pero no, no me venga con estupideces como el terrorismo o todos esos accidentes del año pasado. Vaya, busque algunas estadísticas, lea, infórmese y después podemos continuar.

 

Muy bien ¿Se siente mejor? ¿Más tranquilo? Se ve mejor, un poco más… confiado. Por supuesto que todavía tiene miedo, no es que estemos haciendo magia acá. Su miedo no es racional, sino más… complejo. Lo suyo es cobardía, no estupidez.

El método del baby steps no se aplica. ¿Que se imagina usted? ¿Piensa que podría arrancar subiendo una escalera, después un ascensor… primer piso… tercero… hasta llegar hasta un avión a diez mil metros de altura? No me haga reconsiderar su estupidez, se lo pido por favor.

Lo que usted necesita es tomar el primer avión que salga del aeropuerto.

Vaya a su casa. No importa que sean las dos de la tarde y que el señor Carlson no le haya permiso de irse temprano. Usted se quiere curar, ¿no? Muy bien, así me gusta.

En su casa arme una valija: un par de camisas, ropa interior, pantalón. Ropa para un par de días. Con la valija en la mano atraviese el living, abra la puerta y…

—Carlos, ¿qué mierda hacés?

Una mujer en deshabille negro lo mira apoyada contra el marco de una puerta entreabierta. Tiene el pelo revuelto y los brazos cruzados, las uñas postizas cabalgan sobre el brazo.

—Nada, mi amor, sólo buscando unos papeles que necesito en la oficina —dice usted, en vez de dar la cara y decir “me voy a tomar un avión a la otra punta del mundo”.

¿No le dije? Cobarde.

—¿Papeles? ¿Qué papeles? —su mujer estira los labios hinchados de botox mostrando los dientes. Una muesca de disgusto sobre una cara embalsamada de lifting y cama solar.

—Nada importante. Datos de una cuenta en la que estoy trabajando —y baja la mirada.

Su mujer lo mira y sabe que está mintiendo ¿Realmente pensó que la podría engañar? Me corrijo: además de cobarde, estúpido.

—Carlos, llegás a la casa un martes al medio día, sin avisar y con una mirada de culpable atravesada en la jeta —cierra la puerta del dormitorio y se le acerca.

Usted da un paso para atrás, pero es muy lento y le atraviesan la cara de un cachetazo.

—No se que mierda tenes en la cabeza, Carlitos -dice y antes que usted pueda alejarse le agarra la entrepierna—, pero que se te vaya olvidando —aprieta: dolor de uñas postizas.

—Perdoná, mi amor, yo…

Su mujer lo suelta y agarra la valija. Con paso lento llega hasta la puerta del dormitorio.
—No hay nada que perdonar, mi amor. Ahora, andá a laburar.

Entra a la habitación, se da vuelta y los labios de botox se estiran en una sonrisa. Antes de que puerta se cierre, usted cree ver una sombra que se mueve detrás del deshabille.

Con los huevos menos doloridos que el orgullo, sale al jardín delantero. Mírese. O, mejor dicho, mirate, porque ya no hay respero que uno te pueda tener después de una escena como esa. Pareces un perro que acaban de apalear, parado en el medio de tu jardín de suburbio, con pasto recién cortado y cortadora de pasto abandonada junto a un árbol.

Mirás alrededor esperando encontrar a Mario, el chico que corta el pasto, pero no lo ves por ninguna parte. El motor de la cortadora está caliente, debe andar por acá.

Sos lento, pero al fin hacés uno más uno. Había alguien más en el cuarto. Exactamente: tu mujer se está cogiendo al jardinero.

Indignación. Hay un momento de duda pero después atravesás el jardín y… ¿salís a la vereda? Pará, pará. ¿Que no vas a hacer nada? ¿Te vas a ir a laburar así nomás? Dale, esta es tu oportunidad: la agarrás con las manos en la masa. No te pondas nervioso. Respirá. Vos podés.

Ahora sí vamos. Atravesá el jardín. Entrá a la la casa y abrí la puerta del dormitorio. Ahi está tu mujer en la cama, abrazada al jardinero.

Vos… no decís nada.

Tu mujer te mira con rencor, como si hubieras entrado en el cuarto justo en el mejor momento de la película. Se aparta del jardinero.

—Pasá el vino, Marito —dice tu mujer, ignorándote.

“Marito” te mira, duda un momento y agarra una botella del piso. Sirve un vaso. Vos mirás todo inmóvil.

—Mejor me voy —dice el jardinero y se trata de levantar, pero tu mujer lo agarra de un brazo y le muerde la oreja.

—No te vayas. Si hasta lo hacemos con este enfrente —dice y te lanza una mirada de odio.

El jardinero se libera y se pone de pie. Se para enfrente tuyo. Está completamente desnudo.

—Perdoná —dice—, es que tengo la ropa en la sala.

Bajás la mirada y te hacés un lado.

—Carlos, ¿no pensás pagarle? —tu mujer ahora agarró la botella. Toma un trago— Si hizo un muy buen trabajo.

Mario se encoje de hombros.

—El pasto lo corté, Don Carlos.

Ahora sería el momento de darle vuelta la cara de un golpe, de gritar, de romper cosas. Llevás la mano al bolsillo y sacás algo. La billetera. Le pagás y el jardinero se va. Al menos no le das propina. Buena manera de mantener la dignidad.

—Chau, Marito —grita tu mujer—, nos vemos la semana que viene —Te lanza una mirada de rencor mientras alarga una mano y descuelga el deshabille de una lámpara de pie—. Y vos, gracias por arruinarme el día. Ahora andate a laburar, que por lo menos para traer guita a la casa tenés que servir.

—¿Que hacías con el jardinero?

Quien lo hubiera pensado, las estatuas sí hablan.

—Jugaba al truco, Carlos. No hagas preguntas boludas.

No te dejes intimidar. Decile que te vas.

—Me voy…

La dejás.

—…Te dejo.

Tu mujer se detiene en pleno movimiento de postura del deshabille. Te mira a los ojos y esta vez le sostenés la mirada.

—Carlitos, dejá de hablar cagadas —se baja de la cama y se te acerca —. Si los dos sabemos que te faltan los…

Agarrale la mano antes de que llegue a la entrepierna. La transpiración te pega la camisa contra el cuerpo.

Repetí.

—Te dejo.

Tu mujer te mira como si fueras otro. Agarrá la valija y salí de la casa. Antes de que el taxi doble la esquina date vuelta. Ella te mira todavía atónita desde la ventana.

 

En el aeropuesto compre un pasaje a Groelandia. Un par de horas después está sentado en un pedazo de lata que atraviesa el cielo a diez mil metros de altura. Mire por la ventana.

Ahora, dígame ¿tiene usted miedo de volar?

—No, no tengo miedo.

No tengo miedo, ¿que?

—No tengo miedo… señor.

Muy bien, así me gusta.

A través de la ventana ve cumbres nevadas que se elevan debajo de las nubes. Usted aprieta el apoyabrazos e, intentando respirar, se pregunta cuando faltará para que el avión se haga pedazos contra una de aquellas montañas.


Otros cuentos en el nuevo libro El peso de una pluma de avestruz (Ediciones Franz)

Registrado en Safe Creative

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s