Cacho y el Moro

—¿Algo de cambio, señora?

La mujer saca un par de monedas y, sin mirar, las tira dentro del vaso de papel. Apura el paso.

Si la señora hubiera mirado, habría visto a dos hombres sentados en la vereda, rodeados de botellas vacías. Uno sosteniendo el vaso de papel con una sonrisa sincera, los ojos rojos y cansados, enmarcados en una cara quemada por el sol y coronada por un gorro de lana, el pelo grasiento escapando a los costados. El otro durmiendo con la cabeza apoyada contra la pared, descalzo, una barba y melena canosa ocultándole el rostro. Habría visto los pantalones sucios, la camisa apolillada, el sobretodo viejo. Pero la señora no mira, y no los ve.

—Gracias y que Dios la bendiga.

Los dedos ennegrecidos se sumergen en el vaso de papel, bucean entre las monedas.

—¿Cuánto dejó la vieja?

El hombre del gorro levanta la mirada. El de barba lo mira sonmoliento.

—Te despertaste —dice el de gorro. Vuelve a bajar la mirada—. Un par de monedas de cinco.

—Vieja amarreta —el de barba empieza a revisar las botellas—. Todas vacías.

—Al menos da algo.

—Cinco es lo mismo que nada —levanta una botella contra el sol. Sonríe y se la lleva a la boca—. Seguro que gasta diez veces más por comida en ese perrito de mierda que tiene.

El de gorro busca con la mirada a la señora. Está en la vereda de enfrente y, en efecto, lleva de la correa a un perro. No me había dado cuenta, piensa.

—Quizás deberiamos conseguir un perro —dice y vuelve a revisar el vaso de papel—. La gente da más cuando ve un perro.

—La gente no nos va a dar una puta moneda de más, perro o no perro —el de barba tira la botella al piso y se apoya contra la pared.

Los últimos rayos de la tarde caen sobre los dos hombres. Un joven pasa y deja una moneda. El de barba patea una botella.

—¿Cuanta guita juntamos? —dice— No hay más vino.

El de gorro sigue al joven con la mirada. A donde irá tan apurado, se pregunta.

—Se está haciendo tarde y esta noche va a hacer frío —dice.

—Más razón para tener algo para calentar la garganta —dice el de barba mientras se estira para tomar el vaso de papel, pero el otro lo agarra primero.

—Vos dormis todo el día y después sólo querés chupar —cuenta las monedas —. Hay cincuenta.

Unos dientes amarillos aparecen bajo la barba blanca.

—Bien por la señora, entonces —dice el de barba con una sonrisa. Agarra un zapato de entre las botellas—. Yo me encargo de hacer las compras.

Se lo pone y después tantea bajo unos papeles de diario.

—¿Dónde está el otro?

—¿Qué pasa?

—Me falta un zapato —tira los papeles a un lado.

—Calmate, debe andar por ahí.

Un anciano pasa caminando. Los mira y el de gorro sonríe.

—¿Algo de cambio, señor? —pero el anciano aparta la mirada.

El de barba agarra una botella y la tira contra la pared. El anciano apura el paso.

—¿Pero que hacés? —dice el de gorro— Si hacés kilombo nos van a terminar hechando.

—Pendejos ladrones de mierda. Me robaron el zapato.

—¿Quienes?

—Los chicos que siempre andan por acá. Los que nos tiran piedras.

—Son solo chicos. Hacen travesuras.

—Son ladrones.

El de barba se apoya contra la pared. Suspira.

—Ladrones de mierda —murmura. Después señala los zapatos del otro—. Dame uno de los tuyos.

—No puedo.

—¿Cómo que no? No me puedo ir con un sólo zapato a comprar el vino.

El de gorro levanta la manga del pantalón.

—Hace una semana que no me lo saco —el color morado del tobillo hinchado contrasta con el marrón del zapato—. Tengo miedo de que después no me vuelva a entrar.

El de barba no dice nada. Levanta el vaso de papel y saca las monedas.

—Ya vuelvo —dice y se va rengueando con un sólo zapato.

El de gorro lo sigue con la mirada hasta que desaparece destrás de la esquina.

Apoya la cabeza contra la pared y cierra los ojos. Escucha los pasos de la gente, la música de las bocinas, un bebé que llora, una chica que ríe. La vibraciones de los autos resuenan en la pared, en sus huesos, las siente en los dientes. De vez en cuando alguien deja una moneda.

Sólo abre los ojos cuando alguien se sienta a su lado. El de barba tiene una botella en la mano.

—Compraste tinto.

—Si, para variar.

El de gorro intenta agarrar la botella, pero el otro no la suelta.

—¿Que no la vas a abrir? —dice.

—Si, pero no acá —el de barba saca una mochila de abajo de los papeles de diario—. Mirá que voy a dejar que los pendejos esos me roben de vuelta.

El de gorro se encoge de hombros.

—¿A dónde vamos? —pregunta.

—A la plaza enfrente de la avenida. Ahí corre menos viento —dice el de barba mientras guarda la botella vino—. Esta noche va a hacer frío.

Caminan despacio, el de barba rengeando sobre su pie descalzo, y ya es de noche cuando llegan a la plaza. Eligen un banco enfrente de la avenida, abren la mochila y acomodan dos bolsas de dormir a un costado. El de barba abre la botella de vino y se la pasa a su compañero. Beben en silencio, mirando las luces de los autos.

—Quizás la idea del perro no es…—comienza el de barba pero se interrumpe: una joven camina por la vereda en su dirección.

—Buenas noches, señorita —dice cuando pasa por enfrente.

La joven mete la mano en el bolsillo, saca un puñado de monedas y las tira al suelo.

—No muy simpática —dice el de barba mientras se agacha a recoger las monedas—. Ni generosa.

Un auto pasa y sus luces iluminan algo en el suelo. El de gorro se agacha y lo recoge: un telefono celular.

—Se le debe haber caido —dice y comienza a caminar en dirección a la joven.

—Ni te molestés —dice el de barba mientras recoge las monedas del suelo.

Pero de el gorro no escucha.

—¡Señorita! —grita

La joven no se detiene.

—¡Disculpe, señorita! —insiste.

La joven apura el paso.

El de gorro empieza a caminar más rápido y cuando la joven cruza la calle, la sigue.

Entonces el rugido de la bocina, el chirrido de las ruedas, el eco de un golpe. El de barba deja las monedas y corre hacia la calle. Pide auxilio, grita, pero el auto ya se ha ido y la joven desapareció en la oscuridad.

El de barba se agacha frente al cuerpo inmóvil de su compañero y le acaricia la frente cubierta de sangre. Unos ojos vidriosos lo miran impasibles. La calle está vacía. Nadie se asoma a las ventanas, nadie pregunta qué ha pasado. A nadie le importa.

El hombre se pone de pie, temblando. Mira los zapatos. Duda. Se vuelve a agachar. Cuando se limpia las lagrimas, una mancha de sangre le atraviesa la cara. La mano le tiembla cuando le saca el gorro y se lo pone. Vuelve al banco de la plaza y se mete en una bolsa de dormir. Esa noche va a hacer frio.


Otros cuentos en el nuevo libro El peso de una pluma de avestruz (Ediciones Franz)

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