La gravedad de los cuerpos

Esa mañana Viktor se levanta sin sospechar nada. No hay señales divinas ni premoniciones funestas. Como todos los días el despertador insiste a las nueve, nueve treinta, diez y once, con esa digna terquedad de las causas perdidas. A las once y media, Viktor se arrastra de la cama a la cocina y prepara el mismo desayuno sobre el que dormita cada mañana: un café con leche flanqueado con dos tostadas, sin manteca, miel, ni mermeladas; el pan medio calentado, medio quemado, una esquina negra carbón.

De nuevo los astros fallan y no hay nada que adelante la tragedia. Si tan sólo un codo empujase la taza. Si tan sólo esta se desplomase más allá del borde de la mesa, dejando estelas cafeteras a su paso hasta estrellarse contra el pie de Viktor. Pero la realidad raras veces es tan conveniente y casi nunca tan metafórica.

Lo que sí sucede es que Arthur le lame la mano derecha, lo cual no es extraño: Arthur es un perro y lo hace cada mañana. Viktor lo ignora, toma el móvil que esta sobre la mesada, ignora nuevamente -esta vez cinco llamadas perdidas de su hermana- y lo guarda en el bolsillo.

Arthur no se deja vencer. Lamida en mano derecha.

—Está bien, está bien. Pero un paseo corto —capitula Viktor.

Saca la correa del armario y se la engancha en el arnés. “Click”.

En ese mismo momento otro “Click” resuena en una oficina a trescientos metros del departamento de Viktor y Arthur. El “Click” de la cerradura de una puerta que se abre de par en par. Una cara se asoma: ojos pequeños, boca diminuta y nariz decepcionantemente habitual.

—Señor Costa, ¿me llamó? —balbucea Lucas.

—Pase y siéntese.

Lucas obedece. Lucas siempre obedece. En eso es como Arthur. Si se conocieran seguramente se llevarían bien.

Costa mira por un ventanal que ocupa media pared de la oficina. De espaldas a Lucas, tiene traje de jefe, pelada de jefe y sobrepeso de burgués.

—Lucas, vos sos una porquería de empleado, ¿sabés? —dice mientras quita una pelusa inexistente del hombro.

—Señor, yo…

—Nada de “Señor” —Costas se vuelve—. Usted no esta hecho para esto, para… ¿qué es lo que hace aquí?.

—Yo….

—Tampoco es importante —sonrisa de superioridad derramada sobre cachetes obesos—. Lo importante es que lo hace para el carajo.

Dedo gordo en el intercomunicador.

—Rosa, tráigame el expediente de Lucas Mara.

Afuera de la oficina, Rosa prueba por sexta vez pero no hay caso, su hermano se niega a contestar el teléfono. Debe estar durmiendo, piensa, o paseando al perro ese.

—Rosa, ¿No me escucha?

—Si, señor, un momento.

Deja el teléfono a un costado y saca la carpeta gris de un cajón. Pasa a la oficina y sin mediar palabra lo deja en el escritorio de roble de su jefe. En el camino de salida su mirada encuentra los ojos diminutos de Lucas.

Otra vez con esos ojos, piensa ella, indiferente.

Siempre esos ojos, suspira él, desconsolado.

Hoy no tengo ni tiempo ni ganas para estas cosas, piensa Rosa y abandona la habitación. Toma el móvil del escritorio y prueba otra vez.

Viktor mira la pantalla. Otra vez ésta ¿Será por lo de la guita? Que pesada, piensa, hoy no tengo ni tiempo ni ganas para estas cosas. Y corta.

Arthur lo mira orgulloso al pie de un roble. Viktor suspira y saca la bolsa de plástico.

—¿Está usted orgulloso de esto? —dice Costas.

Lucas duda.

—Porque no debería —dedo gordo en carpeta gris—. Esto es una porquería.

Duda reiterada. Lucas olfatea un despido y baraja opciones: degradación y súplica adornada de lágrimas de empleado cocodrilo, gélida indiferencia ante la autoridad patronal, rabia de indignación -con escupitajo a la autoridad, daño de propiedad de la compañía y portazo incluido. Eso es. Un Lucas que no se deja pasar por encima. Un Lucas valiente, intrépido, que hasta incluso se atreva a invitar a Rosa por un café.

—Pero no se preocupe, Lucas ¿Puedo llamarlo Lucas?

Vuelta a la realidad del empleado. Mirada cómplice del empleador.

—No lo llamé para despedirlo…

—Gracias —musita Lucas. Mucho fue con Lucas-el-intrépido, piensa, parece que vamos por el camino acostumbrado: súplica y degradación.

—… sino para ofrecerle un trato.

Costas abre el ventanal y un olor a primavera asfaltada entra a la oficina.

—Venga para acá, Lucas.

Lucas obedece.

—Vení para acá, Arthur —ordena Viktor.

Arthur desobedece. En vez de seguir el camino habitual, tira hacia la derecha. Espíritu de exploración canina, piensa Viktor y se deja llevar con resignación. Cual Hernán Cortez cuadrúpedo, Arthur conquista esquinas, husmea traseros y establece el dominio de la Corona sobre manzanos, naranjales y acacias.

—Ese manzano lo plantó mi viejo —dice Costas y le tiembla la voz—. Antes de que este trabajo de porquería lo mate.

Viento conveniente que se levanta. Manzana premonitoria que cae.

—Porque los hijos de puta son los de arriba. Y a nosotros nos exprimen hasta la última gota —mano gorda sobre el hombre de Lucas—. Pero hoy nos tomamos la revancha.

Lucas piensa que decir. Abre la boca. No se le ocurre nada.

—Es muy simple Lucas —susurra Costas. Lo atrae hacia sí—. Un pobre empleado. Un jefe abusador que le grita, lo golpe, lo maltrata. El típico bullying, que tan de moda está. Hasta que el tipo no da más y se trata de suicidar saltando de una ventana ¡Escándalo mediático! El jefe es despedido y, para evitar juicio y mala prensa, el empleado recibe un muy generoso pago.

Nueva reacción muda de Lucas, hombre de pocas palabras. La mano gorda que aprieta con fuerza.

—No es tan dificil, Lucas. Vos saltás, yo te pongo el abogado y después repartimos la guita. Ahora, decime, ¿estás conmigo o no?

Una gota de transpiración baja por la pelada de Costas, resbala por la nariz y cae al suelo.

—Si, señor Costas —dice Lucas—. Estoy con usted.

El jefe sonríe y le palmea la cara dos veces. En la tercera toma más impulso, cierra el puño y lo lanza contra su cara. Lucas cae al piso.

—Disculpame —Costas se encoje de hombros—. Realismo.

Se agacha junto a Lucas y lo toma del cuello de la camisa.

—¿Sabe que es usted, Mara? —grito desquiciado— ¡Una mierda! ¡Un empleado de mierda en una compañía de mierda! —segundo puñetazo.

Costas lo ayuda a ponerse de pie. Escupitajo de sangre sobre la alfombra.

—Subite a la ventana —susurra.

Lucas obedece. Se sube al antepecho y se agarra del costado. Enfrente ve el manzano, las ramas tan cerca que casi se pueden tocar. Mira para abajo pero se arrepiente inmediatamente. Dos pisos no serán mucho pero suficiente para dar miedo. Le tiemblan las piernas.

Nadie dijo que el suicidio fuera facil, ni siquiera uno simulado, piensa Lucas y se afloja la corbata.

—Una vuelta mas y volvemos —dice Viktor y desengancha la correa.

Arthur sale disparado tras una ardilla insolente que se opone a su soberanía canina sobre estas tierras vírgenes. La persigue hasta un manzano, la ardilla trepa hasta la primera rama y desde ahí mira al perro que, patas sobre el árbol, la intenta evangelizar a ladridos.

Viktor se acerca, le acaricia la cabeza y Arthur deja de ladrar. Da unos pasos para atrás para admirar el árbol. Es alto y frondoso, dos manzanas rojas cuelgan de una rama. Desde otra, la ardilla lo mira desde su posición de vigía.

Ardilla testaruda, piensa Viktor y se acuerda de su hermana. Saca el celular. Las llamadas perdidas llegan a nueve. Que hacer, piensa, quizás la tendría que llamar.

¿Pero qué hace, Mara? —grita Costas y repite la sonrisa cómplice— ¡Bájese de ahí!

Lucas devuelve la sonrisa, menos un diente, más risa nerviosa, casi de pánico.

Costas corre a la puerta y la abre.

—¡Que alguien venga! —grita a la oficina— ¡El estúpido de Mara va a saltar!

Estampida de secretarias, practicantes y demás empleados hacia la oficina del jefe. Hasta Rosa abandona la insistencia celular y se ubica en la primera fila del suicidio de Lucas.

—¡Vamos, bájese! —vocifera Costas, pero sus ojos dicen “Vamos, salte”.

Tiene la cara roja y la camisa ya mojada de transpiración.

¡Bájese, no sea imbécil! —“Salte, no sea cobarde”

ue actor, piensa Lucas, un Marlon Brando al cuadrado.

—¡No salte, Luca! —y esta vez es Rosa la que habla, tan sobrecogida por la escena que ni siquiera escucha el móvil que suena en su escritorio.

Sabe mi nombre, piensa Lucas, decidiendo ignorar la “s” faltante. Ya sin vuelta atrás levanta la frente hacia el cielo, se persigna –aunque después lo asalta la duda si los suicidas se persignan y no pasa del nombre del Hijo- y da el primer paso hacia un futuro de fraude judicial, amores color de Rosa y algún posible hueso roto.

La caída es rápida y anticlimática. Sin embargo, durante su microsegundo de antigravedad Lucas alcanza a girar sobre sí mismo y ve de una ardilla que lo mira con curiosidad de ardilla, a Costas que rompió su papel por un segundo y enarbola una sonrisa ancha de triunfo y la cara de Rosa que estalla de pavor: la boca abierta en un grito mudo, las manos a los costados haciendo de paréntesis.

Luego, el suelo. Sospechosamente blando.

Lucas, boca arriba, mira a la ventana tapizada de rostros asombrados, entre los que reconoce a Costas y Rosa. El uno ha vuelto a su papel de jefe consternado. La otra ha cambiado el pavor por una genuina preocupación, con lágrimas y mano sobre la boca incluidas.

De la indiferencia a esto, piensa Lucas, y todo de un solo salto. Sonríe. Entonces siente que algo se mueve. Una mano sale arrastrándose como un gusano desde abajo de su espalda. Lucas abre los ojos, sorprendido. El perro le devuelve la mirada y vuelve a lamer la mano.


Otros cuentos en el nuevo libro El peso de una pluma de avestruz (Ediciones Franz)

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