Paternidad

Toco el timbre mientras ensayo excusas en mi cabeza: que Clara me espera para almorzar, que tengo cita con el peluquero, que si no me apuro pierdo el colectivo que sale para el centro. Lo que sea que me saque de allí en quince minutos. No pienso quedarme ni uno más.

Roberto me abre la puerta y estira la comisura de los labios mostrando los dientes, en un gesto que él sinceramente debe creer una sonrisa. Tiene unos anteojos de marco grueso y una camisa canela que cuelga de sus hombros flacos. Me viene a la cabeza la imagen de un caballo.

— ¡Carlos, viniste! —dice y me alarga una pezuña.

A mi pesar, le tomo la mano y es flácida y viscosa: como agarrar un tentáculo. Cambio la imagen del caballo por la de un pulpo.

—Pasá por favor.

Me saco la campera y agudizo el oído. No escucho nada. Quizás la criatura está durmiendo. Creo ver una oportunidad de escape.

—Si no es un buen momento…

—No, Carlos, para nada —dice Roberto mientras me envuelve el brazo con su tentáculo.

Llegamos a un cuarto al fondo del pasillo. En la puerta hay un cartel azul sostenido por dos angelitos. Uno de los ángeles parece asustado.

Me empuja dentro del cuarto. Adentro nos espera su mujer, tan cefalópoda como su marido.

—Hola, Claudia —digo, aunque sé que se llama Rosa —. Muy linda la casa.

Mis palabras rebotan sin efecto contra varias capas de maquillaje. Me sonríe y, como una azafata indicando la salida de emergencia, me muestra la cuna.

Me asomo. Dentro hay un bebé obeso apenas más grande que un Caniche Toy. El bebé me mira. Yo lo miro. No nos decimos nada. Los padres esperan expectantes. Miro alrededor buscando algo que decir: el cuarto es grande, la cuna también, el bebé es pequeño.

—¿No es mucha cuna para tan poca… cosa?

Claudia/Rosa expulsa una risa de delfín y su marido le hace eco.

—Para nada —dice y ambos mueven la cabeza en sincronía hacia su retoño – si crecen tan rápido.

Sigo las miradas hacia la cuna. El bebé todavía me mira. Extrañamente, parece más grande. O la cuna más chica. No me puedo decidir.

—Los chicos de hoy en día crecen muy rápido —explica Roberto y se acomoda los anteojos—. Tanto input de la mass media.

Dice input y mass media como si hablara en itálicas. Me aguanto una arcada.

Vuelvo la mirada hacia la cuna. Ahora el bebé tiene el tamaño de un Border Collie. No hay duda: está creciendo.

Dudo un momento ¿Será de mala educación decir algo? La mirada de la criatura me inquieta. Me estoy poniendo nervioso.

Claudia/Rosa se acerca con un album de fotos ¿En que momento lo sacó? Lo abre y me muestra fotos de cuando estaba embarazada. Fuerzo una sonrisa y mascullo un “si”, “claro”, “que lindo” mientras la cabeza comienza a darme vueltas.

El bebé llega al tamaño de un San Bernardo. Si crece a este ritmo, me pregunto que tamaño tenía cuando toqué el timbre.

No aguanto más y me acerco a la ventana. Corro las cortinas. Atrás queda Claudia/Rosa disertando sobre lo alucinante del quinto mes de embarazo.

Saco la cabeza y respiro hondo. El aire puro me ayuda. Afuera, un árbol se mece suavemente con el viento. En la rama más cercana, un pájaro me ignora. Parece un Cuco. Tiene el plumaje plomizo, casi plateado. La imagen logra calmarme.

Algo esponjoso sobre el hombro me sobresalta.

—¿Estás bien? —pregunta Roberto y saca la mano.

Ahogo un grito. El bebé ha crecido tanto que ya no entra en la cuna. Rollos de carne roseada se cuelan entre los barrotes de madera. Intento inútilmente pensar en un perro que tenga ese tamaño.

Claudia/Rosa me dedica una sonrisa burlona.
—Como se nota que no sos padre, Carlos.

Inevitablemente, la cuna se rompe. El bebé se agarra del borde superior de la puerta y se intenta sentar.

Roberto arranca con un discurso sobre el milagro de ser padre, mientras el crecimiento de su hijo aumenta exponencialmente. Cuando dice “Un hijo te cambia la vida”, el suyo se cae para atrás y se golpea la cabeza contra al pared.

Roberto calla y junto con su mujer miran a su criatura, cuya cara lentamente se va trasformando en una mueca: los ojos apretados, hundidos en dos cachetes grandes como almohadones; la boca que se va abriendo.

El chillido es tan fuerte que explotan los vidrios de la ventana. Me cubro la cabeza con las manos.

La cabeza de la criatura llega hasta el techo.

—Pobrecito —dice Claudia/Rosa, atrapada entre la gorda rodilla de su hijo y la pared—, es que está cansado.

No acaba de terminar la frase cuando el bebé estira una mano rechoncha, toma a su madre de la cintura y de un movimiento se la lleva a la boca.

—Claro, debe tener hambre —dice Roberto y mira su reloj.

El bebé sonríe. La pierna de su madre le asoma por la comisura de los labios.

Trato de articular una excusa pero solo balbuceo palabras incoherentes.

—No hay problema, Carlos —dice Roberto, al tiempo que esquiva un manotazo de su hijo— Vení, te acompaño.

No me repongo hasta que estoy en el umbral de la puerta de entrada. Roberto me vuelve a ofrecer la mano, pero no se la tomo. Se apoya en el picaporte. Atrás, veo la puerta cerrada y los dos angelitos azules.

—Muy linda, la visita. Cuando vuelvas te mostramos el resto del álbum.

No tengo tiempo de rechazar la invitación: la puerta se abre y una mano enorme y regordeta toma a Roberto por el tobillo.

—Las fotos del último trimestre son mi favoritas —dice Roberto, sujetádose con ambas manos del picaporte.

La mano tira con fuerza. Roberto queda suspendido en el aire, entre el picaporte y los dedos rechonchos.

—Pero bueno, Carlos, me tengo que ir. Deberes de padre, ¿viste? —suelta el picaporte y desaparece tras los ángeles azules.

Sin perder tiempo, me doy vuelta y empiezo a correr. No doy dos pasos cuando suena mi celular. Lo saco del bolsillo: mensaje de Clara, mi novia. Quiere hablar urgente conmigo, tiene grandes noticias.

Me vuelvo y miro a la casa. El escalofrío de un mal presentimiento me sube por la espalda. A través de una ventana, un ojo del tamaño de una pelota de fútbol me mira con curiosidad.


Otros cuentos en el nuevo libro El peso de una pluma de avestruz (Ediciones Franz)

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