Bichos

Bichos

El doctor Silva hojeó la carpeta de la primera Restauración del día. Nada fuera de lo común. Quizás la edad de los padres le llamó la atención. Ambos tenían apenas menos de quinientos años. Edad poco recomendada para la cuota. Silva recomendaba esperar al menos hasta los seiscientos para decidirse a formar una familia. “Trescientos para conocerse a uno, trescientos para conocer a su pareja”, les decía sus pacientes.

Se encogió de hombros. Cada uno a lo suyo.

Abrió un armario y sacó una caja plateada con la inscripción “H. Nowak”. La acomodó junto a la silla de operación y salió a la sala de espera.

Tres personas lo esperaban. El señor y la señora Nowak lo saludaron con un movimiento de cabeza. Ambos se veían saludables y llenos de energía: el cabello oscuro y reluciente, la piel tersa y morena, unos cuerpos atléticos que se adivinaban debajo de la ropa. Silva no pudo menos que sentirse orgulloso: el mismo se había ocupado se su Restauración.

El joven sentado entre ellos permaneció con la mirada baja. También tenía el cabello oscuro, pero era flaco y pálido. No parecía hijo de sus padres.

—Horacio Nowak —llamó Silva.

El joven pasó al consultorio. Antes de cerrar la puerta Silva vio la cara de orgullo de la señora Nowak. Pensó que tenía unos preciosos ojos azules y se recordó de preguntarle que ingeniero estaba usando.

—Por favor, Horacio, tome asiento —dijo, señalando la silla de operación.

El joven obedeció. Silva abrió la caja plateada y saco un tubo con un líquido rojo.

—Estos son los tuyos —dijo, poniendo el recipiente a trasluz.

Horacio miró el tubo sin reaccionar. Normalmente hay entusiasmo, nervios, incluso miedo, pero Horacio parecía indiferente.

—Los bichos —dijo el joven.

—Nanobots —corrigió Silva.

—Los bichos que te comen desde adentro —insistió Horacio. Hablaba lentamente, con una tranquilidad perturbadora.

Silva pensó que aquel era un joven bastante extraño. Le puso una mano en el hombro.
—Es normal sentirse un poco nervioso —dijo.

Se levantó y puso el tubo en un orificio de su escritorio. Una pared se encendió y mostró una esferas traslúcidas flotando sobre un fondo carmesí.

—Ellos son los tuyos —dijo, mirando la pantalla—. Muchas gente se los imagina como arañas o insectos, pero no son más que bolas de bio-polímeros. Las hacemos de tu mismo material genético para que el cuerpo no las rechace.

Silva se volvió. Horacio miraba las esferas, pero su expresión no había cambiado. Había algo en sus rostro, que el doctor no podía identificar pero que lo ponía nervioso.

—En cuanto entran en el flujos sanguíneo, los nanobots se comienzan a multiplicar —continuo Silva—, a distribuirse por el cuerpo. Su número aumenta exponencialmente y en menos de tres meses ocupan todas las células. Entonces empieza la verdadera Restauración. Los nanobots reparan las células. Detienen el envejecimiento, las enfermedades, nos hacen más inteligentes, más fuertes. Nos cambian desde dentro. Nos hacen mejores.

El joven se puso de pie. Su mirada tenía una intensidad que incomodo a Silva y no pudo menos que dar un paso hacia atrás. No tenía los ojos de su madre.

—No nos hacen mejores —dijo Horacio. Su voz tenía una calma que inquietaba a Silva—. Nos hace menos humanos —Después sonrió. Fue la primera vez que Silva vio aquella sonrisa —. Disculpe, doctor, pero he decidido no hacerme la Restauración.

Silva permaneció en silencio, sin saber que responder. Después abrió la puerta y llamo a los padres al consultorio.

—Señor y señora Silva, deberían hablar con su hijo —dijo y abandonó el cuarto.
Abrió la ventana de la sala de espera. Había llovido a la mañana y el aire tenía un agradable aroma a tierra mojada. Respiró hondo y trato de calmarse.

Se sentía indignado. Un Anti-restaurador. En su propio hospital. En su propio consultorio.

Que absurdidad. Anarquistas, ni más ni menos. Negarse a una Restauración es negarse a ser parte de la sociedad. El gobierno no te acepta como mayor de edad. Imposible ganar dinero, conseguir trabajo. ¿Quién querría darle responsabilidades a alguien cuyo cerebro se está pudriendo por dentro? ¿Cuyo cuerpo es una bomba de tiempo? Trató de recordar sus clases de historia médica. Creería que la vida de alguien sin una Restauración no llegaría ni a cien años. Ni lo suficiente para aplicar a una carrera universitaria.

Y tenía el atrevimiento de criticar el suicidio asistido. En una era donde el hombre es teoréticamente inmortal era normal que el aburrimiento hubiera tomado el lugar de las enfermedades como principal enemigo de la humanidad. Pero la diferencia era que ahora podíamos podía tomar riendas de nuestra propia muerte y, cuando la vida nos hubiera dado todo lo que necesitábamos, era sólo caminar a una clínica de suicidio y recibir una muerte limpia y digna. Al final hasta los mismos nanobot se desharían del cuerpo y sin dejar nada más que un charco de bio-polímeros, listos para ser formateados y reutilizados en una nueva Restauración. Nada más limpio ni digno que eso.

Menos humanos… nos hace más humanos. No hay nada más humano que querer superar nuestra propia naturaleza.

La puerta se abrió y Horacio cruzó la sala de espera. Sus padres lo siguieron, caminando a paso lento. La señora Silva tenía los ojos rojos y el maquillaje corrido.

—Horacio ha decidido no seguir con el procedimiento —dijo el Señor Nowak con un hilo de voz.

—Pero, señor, usted tiene que hacerlo entrar en razón —intento defender Silva—. Sin esto a su hijo no le queda mucho tiempo. Quizás sesenta o setenta…

—Nosotros respetamos la decisión de nuestro hijo, doctor —lo interrumpió la señora Nowak
Silva suspiró. Sentía que esto era su responsabilidad, que había fallado en su trabajo.

—Si necesitan algo, no duden en llamarme —dijo y les entregó su tarjeta.

—Muchas gracias, doctor -dijo la señora Nowak y tomada el brazo de su esposo abandonó la sala.

Desde la ventana, Silva siguió las tres figuras mientras atravesaban el campus del hospital. Había vuelto a comenzar a llover.

 

Cincuenta años después Silva recibió un mensaje de la señora Nowak pidiéndole si podía venir a una consulta domiciliaria. Silva tomó su viejo maletín de cuanto había trabajado en la unidad de menores y aquella misma tarde llegaba a una casa de dos pisos, en los suburbios del lado este de la ciudad.

La señora Nowak lo recibió en la puerta. Los mismos ojos azules, la misma piel tersa y morena.

—Gracias por venir, doctor —y, señalando una escalera—. Horacio lo espera en el cuarto de arriba. Al final del pasillo.

Silva subió uno a uno los peldaños. Estaba preparado. Había encontrado unos viejos archivos de anatomía antigua. Había visto documentales de las Reservas, donde tribus todavía vivían como en la antigüedad. Envejecían, enfermaban y morían en menos de un siglo. Vivían como animales.

Pero esa era la diferencia. Aquellos eran animales. Pre-humanos. Silva se preguntó entonces que era lo que le esperaba en el piso de arriba.

Llegó al final de la escalera y atravesó el pasillo. Se asomó a la puerta entreabierta.
Lo que vio lo horrorizó. Horacio Nowak estaba acostado en una cama, escribiendo en un cuaderno bajo la luz de una lámpara eléctrica. Tenía el pelo, que caía inerte sobre un cuerpo flaco y consumido. Su piel había perdido la elasticidad natural y ahora se doblaba en pliegues sobre sí misma. Los dientes amarillos y desechos, las manos sin carne bajo cuya piel se adivinaban las falanges.

Horacio levantó la mirada.

—Bienvenido, doctor —dijo. Dejó el cuaderno en una mesa de luz, junto a una docena más y señalo una silla al lado de la cama—. Por favor, tome asiento.

Silva obedeció.

Sin duda era él. Lo recordaba perfectamente. Memoria fotográfica, uno de los beneficios del procedimiento que aquel hombre se había negado a aceptar.

Pero a qué precio.

Aquellos ya no era un hombre.

Entonces lo, más sorprendente. Aquello sonrió.

—Disculpe que lo hayamos llamado —Horacio se arremangó la camisa. Tenía el brazo cubierto de arrugas y manchas—, pero mamá insiste en que me haga un chequeo cada mes y, según ella, no estoy en condiciones para ir a la clínica.

Silva saco un tensiómetro y lo enrollo alrededor del brazo. Contuvo las náuseas.
—Pero si quiere mi opinión, yo creo que a ella le da cosa que la vean con un vejestorio —Horacio le guiñó un ojo y soltó una carcajada.

Silva lo miró con sorpresa. Nada de esto tenía sentido. El hombre era un manojos de huesos, en ese estado no duraría cincuenta años más. Pero parecía… contento.
Controló, auscultó y midió, entre los comentarios y los chistes de Horacio. Antes de irse la señora Silva le pidió una prognosis.

Silva solo bajo la cabeza.

Antes de dejar la casa, se ofreció a volver una vez por mes a realizar los controles, sin saber si lo hacía por curiosidad o deber hipocrático. La Señora Silva se lo agradeció.

Antes de salir del jardín delantero se volvió. La luz de la ventana de Horacio todavía estaba prendida.

 

El doctor Silva mantuvo su promesa. Durante los siguientes veinte años visitó a Horacio el último domingo de cada mes. Recolectaba los resultados de los chequeos en una carpeta, creyendo que tal vez podrían tener algún valor científico, quizás incluso publicarse en una revista académica.

El deterioro del cuerpo de Horacio fue en aumento. Los músculos se debilitaron, los dientes y el cabello se cayeron. La voz perdió su fuerza y era normal que se quedase dormido en plena consulta. Pero lo que Silva encontraba más desconcertante era la discordancia entre la salud física de Horacio y su salud mental.

Horacio siempre estaba de buen humor, siempre sonreía, siempre escribía en sus cuadernos. Silva llegó a pensar que podría deberse a algún tipo de enfermedad mental. Pero estudios psicológicos probaron lo contrario.

—Horacio, ¿porque se quiere morir? —se atrevió una vez a preguntar.

Horario lo miro extrañado.

—¿Quién dice que me quiero morir?

—Si hubiera aceptado el procedimiento… ahora tendría toda tu vida por delante.
Horacio no dijo nada y miró por la ventana.

—Tendría todo el tiempo del mundo —siguió Silva—. Para estar con sus padres, para escribir… Imagínese todo lo que podría escribir…

Horacio acaricio el cuaderno sobre su regazo.

—No quiero todo el tiempo del mundo, ni escribir todo lo que sería capaz de escribir. No quiero exprimir hasta la última gota de la vida, hasta que pierda cualquier significado. Una vida sin fin, doctor, en una vida sin sentido. ¿Me dice si quiero morir? No quiero morir, pero cuando lo haga quiero que signifique algo. No quiero vivir hasta estar harto de la vida, ni que mi muerte sea como un arreglo burocrático, deshaciéndome de mi vida como uno se deshace de un mueble viejo, quemándolo o arrojándolo a la calle —Horacio bajó la mirada hace su cuaderno—. Y escribiré lo que me toque escribir en mi tiempo. El resto, me lo llevo a la tumba —y comenzó a escribir.

El doctor no respondió. Terminó los chequeos en silencio.

Al día siguiente no se presentó al hospital. Cuando su secretario llamó, puso como excusa que no se sentía bien. Ella le ofreció el teléfono de un buen ingeniero.

 

Como el doctor había previsto, Horacio no llego a su primer centenario. Murió en su cuarto a los 92 años, rodeado de sus padres y su doctor.

No era la primera vez que Silva veía a alguien morir. Antes de conseguir su actual posición en el hospital, había trabajado unas décadas en la Oficina de Suicidio Asistido.

Pero aquello muerte lo impactó. Fue… distinta. Menos burocrática, habría dicho Horacio. Las otras muertes habían sido súbitas, como apagar la luz de una lámpara. Esta había sido una puesta de sol.

Al no haber nanobots en el cuerpo de Horacio, no había nada que reciclar. Se decidió quemarlo en el incinerador municipal, junto con los muebles viejos y la basura.

Cumpliendo con el testamento, veinticinco cuadernos escritos a mano fueron entregados al doctor Silva.

 

Aquella noche Silva salió al jardín de su casa. Llevaba la caja todavía cerrada con los cuadernos de Horacio, su carpeta de apuntes y un bidón. Apoyo la caja y la carpeta en el suelo, las empapo en gasolina y les prendió fuego.

El fuego devoró el papel y la fogata creció cuando Silva arrojó el bidón en ella.

Sin apartar la mirada de las llamas, metió la mano en el fuego. La mantuvo lo más que pudo, resistiendo el dolor. Cuando la saco el olor era intenso. La mano tenía el color del carbón.

Pero poco a poco el olor se fue apagando y el negro se tiño en rojo, luego en rosa.

Con vértigo, Silva vio como unas fuerza invisible, unos bichos, devoraban su mano quemada e inservible para dejar tras de sí una mano sana, capaz y absolutamente perfecta.


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Experimento social #77: Compartir la cama

Experimento social #77: Compartir la cama

Entonces, usted está en una relación. ¡Siéntase orgulloso! Ha logrado entablar una conexión con otro ser humano y ha sabido prolongarla a través de ataques de celos, malinterpretaciones y esa habilidad suya de decir la peor cosa en el peor momento. Ha mantenido esta conexión justo lo suficiente para que la otra persona se acostumbre a usted, como un animal se puede acostumbrar a comer el mismo alimento balanceado por toda su vida.

El mismo alimento.

Por toda su vida.

El solo hecho de que sigan juntos desafía cualquier analisis racional, pero por otro lado lo racional aquí no tiene nada que ver y ustedes ya se presentan en sociedad como novios, pareja, amantes, o con la etiqueta de turno que hayan decidido de muto acuerdo adoptar.

Pero la vida en relación no es fácil y entre los diversos obstáculos que deberán sortear para encontrar la felicidad sobresale uno, por lo complejo y engañoso: dormir juntos.

Cualquier pobre inocente creería que yacer en un coma de ocho horas, uno al lado del otro, debería ser la parte más fácil. Pero nada más alejado de la realidad. De noche sale a flote el inconsciente y nace el conflicto. La lucha por el espacio personal.

Sin embargo, durante la primera parte de la relación todo estará bien. Se dormirá abrazado, de la mano o quizás con las piernas entrelazadas bajo las sábanas. Pero poco a poco los problemas irán surgiendo: el mal aliento por la mañana, la lucha por la frazada, los pies fríos como cubos de hielo, y usted se dará cuenta de que aquella no es la persona de la cual se enamoró sino que es lo que usted menos esperaba: una persona real, de carne y hueso. El horror.

Pero usted es una persona madura y decide continuar en su lucha. Sin embargo tener una relación es díficil. Aprender a mantener su propio espacio personal respetando el del otro; encontrar una intimidad tanto personal como conjunta. Son tareas arduas y francamente agotadoras. Además, ¿quién tiene tiempo para eso hoy en día? Entonces es perfectamente lógico decidirse por otra alternativa: expandir su espacio personal.

Compre una cama más grande.

Un cuarto de metro extra para su pareja, un cuarto de metro extra para usted. Veinticinco centímetros sobre los que tendrá sobreranía absoluta e irrevocable y que darán un respiro a la relación. En el medio de la cama quedará una Tierra de Nadie, donde se entablarán aún combates de brazos indocumentados y pies con uñas largas. Pero ningún combate es de tomarse en serio cuando los generales enemigos terminan a los besos en el campo de batalla.

Solución simple y efectiva, pero lamentablemente provisional. Al poco tiempo veinticinco centímetros no serán suficientes y la cama deberá extenderse uno, dos, tres metros más, hasta eventualmente ocupar todo el dormitorio. En este punto se creería que, con cada persona durmiendo en una esquina opuesta de la habitación, sería suficiente. Pero el sabor de la libertad es adictivo y es dificil saber cuando detenerse. Se deberán derribar paredes y columnas para extender la cama hacia el baño, la cocina, el cuarto de visitas. Cuando ya no quede más espacio en el departamento se derribarán las paredes linderas para descubrir, con sorpresa y felicidad, que los departamentos vecinos están a su vez cubiertos enteramento por camas.

Los lechos se unirán hasta abarcar todo su piso. Los pisos de arriba y abajo, también cubiertos por camas, se conectarán por medio de sábanas anudadas que saldrán por las ventana.

Cuando todo el edificio esté ocupado se llegará a un punto de equilibrio, una comunidad donde todos compartirán el mismo lecho. Ideas como la monogamia se considerarán obsoletas. Al fin y al cabo, todos duermen con todos. Las relaciones se tornarán más complejas y dinámicas, no limitadas por número de personas, género, orientación sexual.

No pasará mucho tiempo hasta que el edificio sea incapaz de contener las camas y estas escapen por sus puertas, extendiéndose por las calles, uniéndose a otras que salen edificios vecinos, tomando aeropuertos y cementerios, ocupando parques, creciendo por las avenidas.

Las camas cubrirán la ciudad y saldrán a los campos. Escalarán montañas, bordearán lagos, conquistarán paises y continentes. En poco tiempo el mundo entero será una gran cama y la humanidad se irá a dormir toda junta, millones de dedos buscándose bajo miles de kilómetros de sábanas.

Pero cuando la noche pase y el sol entre por la ventana, entre modorras domingueras y bostezos colectivos, habrá solo una cosa que preguntarse: y ahora, ¿a quien le toca tender la cama?


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Como perder el miedo a volar

Como perder el miedo a volar

Usted es un cobarde y mientras antes lo acepte, mejor estará. Por favor, en pleno comienzos del siglo veintiuno, en plena revolución tecnológica y usted todavía duda de una actividad que se viene haciendo hace más de un siglo. Pero no, no me venga con estupideces como el terrorismo o todos esos accidentes del año pasado. Vaya, busque algunas estadísticas, lea, infórmese y después podemos continuar.

 

Muy bien ¿Se siente mejor? ¿Más tranquilo? Se ve mejor, un poco más… confiado. Por supuesto que todavía tiene miedo, no es que estemos haciendo magia acá. Su miedo no es racional, sino más… complejo. Lo suyo es cobardía, no estupidez.

El método del baby steps no se aplica. ¿Que se imagina usted? ¿Piensa que podría arrancar subiendo una escalera, después un ascensor… primer piso… tercero… hasta llegar hasta un avión a diez mil metros de altura? No me haga reconsiderar su estupidez, se lo pido por favor.

Lo que usted necesita es tomar el primer avión que salga del aeropuerto.

Vaya a su casa. No importa que sean las dos de la tarde y que el señor Carlson no le haya permiso de irse temprano. Usted se quiere curar, ¿no? Muy bien, así me gusta.

En su casa arme una valija: un par de camisas, ropa interior, pantalón. Ropa para un par de días. Con la valija en la mano atraviese el living, abra la puerta y…

—Carlos, ¿qué mierda hacés?

Una mujer en deshabille negro lo mira apoyada contra el marco de una puerta entreabierta. Tiene el pelo revuelto y los brazos cruzados, las uñas postizas cabalgan sobre el brazo.

—Nada, mi amor, sólo buscando unos papeles que necesito en la oficina —dice usted, en vez de dar la cara y decir “me voy a tomar un avión a la otra punta del mundo”.

¿No le dije? Cobarde.

—¿Papeles? ¿Qué papeles? —su mujer estira los labios hinchados de botox mostrando los dientes. Una muesca de disgusto sobre una cara embalsamada de lifting y cama solar.

—Nada importante. Datos de una cuenta en la que estoy trabajando —y baja la mirada.

Su mujer lo mira y sabe que está mintiendo ¿Realmente pensó que la podría engañar? Me corrijo: además de cobarde, estúpido.

—Carlos, llegás a la casa un martes al medio día, sin avisar y con una mirada de culpable atravesada en la jeta —cierra la puerta del dormitorio y se le acerca.

Usted da un paso para atrás, pero es muy lento y le atraviesan la cara de un cachetazo.

—No se que mierda tenes en la cabeza, Carlitos -dice y antes que usted pueda alejarse le agarra la entrepierna—, pero que se te vaya olvidando —aprieta: dolor de uñas postizas.

—Perdoná, mi amor, yo…

Su mujer lo suelta y agarra la valija. Con paso lento llega hasta la puerta del dormitorio.
—No hay nada que perdonar, mi amor. Ahora, andá a laburar.

Entra a la habitación, se da vuelta y los labios de botox se estiran en una sonrisa. Antes de que puerta se cierre, usted cree ver una sombra que se mueve detrás del deshabille.

Con los huevos menos doloridos que el orgullo, sale al jardín delantero. Mírese. O, mejor dicho, mirate, porque ya no hay respero que uno te pueda tener después de una escena como esa. Pareces un perro que acaban de apalear, parado en el medio de tu jardín de suburbio, con pasto recién cortado y cortadora de pasto abandonada junto a un árbol.

Mirás alrededor esperando encontrar a Mario, el chico que corta el pasto, pero no lo ves por ninguna parte. El motor de la cortadora está caliente, debe andar por acá.

Sos lento, pero al fin hacés uno más uno. Había alguien más en el cuarto. Exactamente: tu mujer se está cogiendo al jardinero.

Indignación. Hay un momento de duda pero después atravesás el jardín y… ¿salís a la vereda? Pará, pará. ¿Que no vas a hacer nada? ¿Te vas a ir a laburar así nomás? Dale, esta es tu oportunidad: la agarrás con las manos en la masa. No te pondas nervioso. Respirá. Vos podés.

Ahora sí vamos. Atravesá el jardín. Entrá a la la casa y abrí la puerta del dormitorio. Ahi está tu mujer en la cama, abrazada al jardinero.

Vos… no decís nada.

Tu mujer te mira con rencor, como si hubieras entrado en el cuarto justo en el mejor momento de la película. Se aparta del jardinero.

—Pasá el vino, Marito —dice tu mujer, ignorándote.

“Marito” te mira, duda un momento y agarra una botella del piso. Sirve un vaso. Vos mirás todo inmóvil.

—Mejor me voy —dice el jardinero y se trata de levantar, pero tu mujer lo agarra de un brazo y le muerde la oreja.

—No te vayas. Si hasta lo hacemos con este enfrente —dice y te lanza una mirada de odio.

El jardinero se libera y se pone de pie. Se para enfrente tuyo. Está completamente desnudo.

—Perdoná —dice—, es que tengo la ropa en la sala.

Bajás la mirada y te hacés un lado.

—Carlos, ¿no pensás pagarle? —tu mujer ahora agarró la botella. Toma un trago— Si hizo un muy buen trabajo.

Mario se encoje de hombros.

—El pasto lo corté, Don Carlos.

Ahora sería el momento de darle vuelta la cara de un golpe, de gritar, de romper cosas. Llevás la mano al bolsillo y sacás algo. La billetera. Le pagás y el jardinero se va. Al menos no le das propina. Buena manera de mantener la dignidad.

—Chau, Marito —grita tu mujer—, nos vemos la semana que viene —Te lanza una mirada de rencor mientras alarga una mano y descuelga el deshabille de una lámpara de pie—. Y vos, gracias por arruinarme el día. Ahora andate a laburar, que por lo menos para traer guita a la casa tenés que servir.

—¿Que hacías con el jardinero?

Quien lo hubiera pensado, las estatuas sí hablan.

—Jugaba al truco, Carlos. No hagas preguntas boludas.

No te dejes intimidar. Decile que te vas.

—Me voy…

La dejás.

—…Te dejo.

Tu mujer se detiene en pleno movimiento de postura del deshabille. Te mira a los ojos y esta vez le sostenés la mirada.

—Carlitos, dejá de hablar cagadas —se baja de la cama y se te acerca —. Si los dos sabemos que te faltan los…

Agarrale la mano antes de que llegue a la entrepierna. La transpiración te pega la camisa contra el cuerpo.

Repetí.

—Te dejo.

Tu mujer te mira como si fueras otro. Agarrá la valija y salí de la casa. Antes de que el taxi doble la esquina date vuelta. Ella te mira todavía atónita desde la ventana.

 

En el aeropuesto compre un pasaje a Groelandia. Un par de horas después está sentado en un pedazo de lata que atraviesa el cielo a diez mil metros de altura. Mire por la ventana.

Ahora, dígame ¿tiene usted miedo de volar?

—No, no tengo miedo.

No tengo miedo, ¿que?

—No tengo miedo… señor.

Muy bien, así me gusta.

A través de la ventana ve cumbres nevadas que se elevan debajo de las nubes. Usted aprieta el apoyabrazos e, intentando respirar, se pregunta cuando faltará para que el avión se haga pedazos contra una de aquellas montañas.


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Cacho y el Moro

Cacho y el Moro

—¿Algo de cambio, señora?

La mujer saca un par de monedas y, sin mirar, las tira dentro del vaso de papel. Apura el paso.

Si la señora hubiera mirado, habría visto a dos hombres sentados en la vereda, rodeados de botellas vacías. Uno sosteniendo el vaso de papel con una sonrisa sincera, los ojos rojos y cansados, enmarcados en una cara quemada por el sol y coronada por un gorro de lana, el pelo grasiento escapando a los costados. El otro durmiendo con la cabeza apoyada contra la pared, descalzo, una barba y melena canosa ocultándole el rostro. Habría visto los pantalones sucios, la camisa apolillada, el sobretodo viejo. Pero la señora no mira, y no los ve.

—Gracias y que Dios la bendiga.

Los dedos ennegrecidos se sumergen en el vaso de papel, bucean entre las monedas.

—¿Cuánto dejó la vieja?

El hombre del gorro levanta la mirada. El de barba lo mira sonmoliento.

—Te despertaste —dice el de gorro. Vuelve a bajar la mirada—. Un par de monedas de cinco.

—Vieja amarreta —el de barba empieza a revisar las botellas—. Todas vacías.

—Al menos da algo.

—Cinco es lo mismo que nada —levanta una botella contra el sol. Sonríe y se la lleva a la boca—. Seguro que gasta diez veces más por comida en ese perrito de mierda que tiene.

El de gorro busca con la mirada a la señora. Está en la vereda de enfrente y, en efecto, lleva de la correa a un perro. No me había dado cuenta, piensa.

—Quizás deberiamos conseguir un perro —dice y vuelve a revisar el vaso de papel—. La gente da más cuando ve un perro.

—La gente no nos va a dar una puta moneda de más, perro o no perro —el de barba tira la botella al piso y se apoya contra la pared.

Los últimos rayos de la tarde caen sobre los dos hombres. Un joven pasa y deja una moneda. El de barba patea una botella.

—¿Cuanta guita juntamos? —dice— No hay más vino.

El de gorro sigue al joven con la mirada. A donde irá tan apurado, se pregunta.

—Se está haciendo tarde y esta noche va a hacer frío —dice.

—Más razón para tener algo para calentar la garganta —dice el de barba mientras se estira para tomar el vaso de papel, pero el otro lo agarra primero.

—Vos dormis todo el día y después sólo querés chupar —cuenta las monedas —. Hay cincuenta.

Unos dientes amarillos aparecen bajo la barba blanca.

—Bien por la señora, entonces —dice el de barba con una sonrisa. Agarra un zapato de entre las botellas—. Yo me encargo de hacer las compras.

Se lo pone y después tantea bajo unos papeles de diario.

—¿Dónde está el otro?

—¿Qué pasa?

—Me falta un zapato —tira los papeles a un lado.

—Calmate, debe andar por ahí.

Un anciano pasa caminando. Los mira y el de gorro sonríe.

—¿Algo de cambio, señor? —pero el anciano aparta la mirada.

El de barba agarra una botella y la tira contra la pared. El anciano apura el paso.

—¿Pero que hacés? —dice el de gorro— Si hacés kilombo nos van a terminar hechando.

—Pendejos ladrones de mierda. Me robaron el zapato.

—¿Quienes?

—Los chicos que siempre andan por acá. Los que nos tiran piedras.

—Son solo chicos. Hacen travesuras.

—Son ladrones.

El de barba se apoya contra la pared. Suspira.

—Ladrones de mierda —murmura. Después señala los zapatos del otro—. Dame uno de los tuyos.

—No puedo.

—¿Cómo que no? No me puedo ir con un sólo zapato a comprar el vino.

El de gorro levanta la manga del pantalón.

—Hace una semana que no me lo saco —el color morado del tobillo hinchado contrasta con el marrón del zapato—. Tengo miedo de que después no me vuelva a entrar.

El de barba no dice nada. Levanta el vaso de papel y saca las monedas.

—Ya vuelvo —dice y se va rengueando con un sólo zapato.

El de gorro lo sigue con la mirada hasta que desaparece destrás de la esquina.

Apoya la cabeza contra la pared y cierra los ojos. Escucha los pasos de la gente, la música de las bocinas, un bebé que llora, una chica que ríe. La vibraciones de los autos resuenan en la pared, en sus huesos, las siente en los dientes. De vez en cuando alguien deja una moneda.

Sólo abre los ojos cuando alguien se sienta a su lado. El de barba tiene una botella en la mano.

—Compraste tinto.

—Si, para variar.

El de gorro intenta agarrar la botella, pero el otro no la suelta.

—¿Que no la vas a abrir? —dice.

—Si, pero no acá —el de barba saca una mochila de abajo de los papeles de diario—. Mirá que voy a dejar que los pendejos esos me roben de vuelta.

El de gorro se encoge de hombros.

—¿A dónde vamos? —pregunta.

—A la plaza enfrente de la avenida. Ahí corre menos viento —dice el de barba mientras guarda la botella vino—. Esta noche va a hacer frío.

Caminan despacio, el de barba rengeando sobre su pie descalzo, y ya es de noche cuando llegan a la plaza. Eligen un banco enfrente de la avenida, abren la mochila y acomodan dos bolsas de dormir a un costado. El de barba abre la botella de vino y se la pasa a su compañero. Beben en silencio, mirando las luces de los autos.

—Quizás la idea del perro no es…—comienza el de barba pero se interrumpe: una joven camina por la vereda en su dirección.

—Buenas noches, señorita —dice cuando pasa por enfrente.

La joven mete la mano en el bolsillo, saca un puñado de monedas y las tira al suelo.

—No muy simpática —dice el de barba mientras se agacha a recoger las monedas—. Ni generosa.

Un auto pasa y sus luces iluminan algo en el suelo. El de gorro se agacha y lo recoge: un telefono celular.

—Se le debe haber caido —dice y comienza a caminar en dirección a la joven.

—Ni te molestés —dice el de barba mientras recoge las monedas del suelo.

Pero de el gorro no escucha.

—¡Señorita! —grita

La joven no se detiene.

—¡Disculpe, señorita! —insiste.

La joven apura el paso.

El de gorro empieza a caminar más rápido y cuando la joven cruza la calle, la sigue.

Entonces el rugido de la bocina, el chirrido de las ruedas, el eco de un golpe. El de barba deja las monedas y corre hacia la calle. Pide auxilio, grita, pero el auto ya se ha ido y la joven desapareció en la oscuridad.

El de barba se agacha frente al cuerpo inmóvil de su compañero y le acaricia la frente cubierta de sangre. Unos ojos vidriosos lo miran impasibles. La calle está vacía. Nadie se asoma a las ventanas, nadie pregunta qué ha pasado. A nadie le importa.

El hombre se pone de pie, temblando. Mira los zapatos. Duda. Se vuelve a agachar. Cuando se limpia las lagrimas, una mancha de sangre le atraviesa la cara. La mano le tiembla cuando le saca el gorro y se lo pone. Vuelve al banco de la plaza y se mete en una bolsa de dormir. Esa noche va a hacer frio.


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La gravedad de los cuerpos

La gravedad de los cuerpos

Esa mañana Viktor se levanta sin sospechar nada. No hay señales divinas ni premoniciones funestas. Como todos los días el despertador insiste a las nueve, nueve treinta, diez y once, con esa digna terquedad de las causas perdidas. A las once y media, Viktor se arrastra de la cama a la cocina y prepara el mismo desayuno sobre el que dormita cada mañana: un café con leche flanqueado con dos tostadas, sin manteca, miel, ni mermeladas; el pan medio calentado, medio quemado, una esquina negra carbón.

De nuevo los astros fallan y no hay nada que adelante la tragedia. Si tan sólo un codo empujase la taza. Si tan sólo esta se desplomase más allá del borde de la mesa, dejando estelas cafeteras a su paso hasta estrellarse contra el pie de Viktor. Pero la realidad raras veces es tan conveniente y casi nunca tan metafórica.

Lo que sí sucede es que Arthur le lame la mano derecha, lo cual no es extraño: Arthur es un perro y lo hace cada mañana. Viktor lo ignora, toma el móvil que esta sobre la mesada, ignora nuevamente -esta vez cinco llamadas perdidas de su hermana- y lo guarda en el bolsillo.

Arthur no se deja vencer. Lamida en mano derecha.

—Está bien, está bien. Pero un paseo corto —capitula Viktor.

Saca la correa del armario y se la engancha en el arnés. “Click”.

En ese mismo momento otro “Click” resuena en una oficina a trescientos metros del departamento de Viktor y Arthur. El “Click” de la cerradura de una puerta que se abre de par en par. Una cara se asoma: ojos pequeños, boca diminuta y nariz decepcionantemente habitual.

—Señor Costa, ¿me llamó? —balbucea Lucas.

—Pase y siéntese.

Lucas obedece. Lucas siempre obedece. En eso es como Arthur. Si se conocieran seguramente se llevarían bien.

Costa mira por un ventanal que ocupa media pared de la oficina. De espaldas a Lucas, tiene traje de jefe, pelada de jefe y sobrepeso de burgués.

—Lucas, vos sos una porquería de empleado, ¿sabés? —dice mientras quita una pelusa inexistente del hombro.

—Señor, yo…

—Nada de “Señor” —Costas se vuelve—. Usted no esta hecho para esto, para… ¿qué es lo que hace aquí?.

—Yo….

—Tampoco es importante —sonrisa de superioridad derramada sobre cachetes obesos—. Lo importante es que lo hace para el carajo.

Dedo gordo en el intercomunicador.

—Rosa, tráigame el expediente de Lucas Mara.

Afuera de la oficina, Rosa prueba por sexta vez pero no hay caso, su hermano se niega a contestar el teléfono. Debe estar durmiendo, piensa, o paseando al perro ese.

—Rosa, ¿No me escucha?

—Si, señor, un momento.

Deja el teléfono a un costado y saca la carpeta gris de un cajón. Pasa a la oficina y sin mediar palabra lo deja en el escritorio de roble de su jefe. En el camino de salida su mirada encuentra los ojos diminutos de Lucas.

Otra vez con esos ojos, piensa ella, indiferente.

Siempre esos ojos, suspira él, desconsolado.

Hoy no tengo ni tiempo ni ganas para estas cosas, piensa Rosa y abandona la habitación. Toma el móvil del escritorio y prueba otra vez.

Viktor mira la pantalla. Otra vez ésta ¿Será por lo de la guita? Que pesada, piensa, hoy no tengo ni tiempo ni ganas para estas cosas. Y corta.

Arthur lo mira orgulloso al pie de un roble. Viktor suspira y saca la bolsa de plástico.

—¿Está usted orgulloso de esto? —dice Costas.

Lucas duda.

—Porque no debería —dedo gordo en carpeta gris—. Esto es una porquería.

Duda reiterada. Lucas olfatea un despido y baraja opciones: degradación y súplica adornada de lágrimas de empleado cocodrilo, gélida indiferencia ante la autoridad patronal, rabia de indignación -con escupitajo a la autoridad, daño de propiedad de la compañía y portazo incluido. Eso es. Un Lucas que no se deja pasar por encima. Un Lucas valiente, intrépido, que hasta incluso se atreva a invitar a Rosa por un café.

—Pero no se preocupe, Lucas ¿Puedo llamarlo Lucas?

Vuelta a la realidad del empleado. Mirada cómplice del empleador.

—No lo llamé para despedirlo…

—Gracias —musita Lucas. Mucho fue con Lucas-el-intrépido, piensa, parece que vamos por el camino acostumbrado: súplica y degradación.

—… sino para ofrecerle un trato.

Costas abre el ventanal y un olor a primavera asfaltada entra a la oficina.

—Venga para acá, Lucas.

Lucas obedece.

—Vení para acá, Arthur —ordena Viktor.

Arthur desobedece. En vez de seguir el camino habitual, tira hacia la derecha. Espíritu de exploración canina, piensa Viktor y se deja llevar con resignación. Cual Hernán Cortez cuadrúpedo, Arthur conquista esquinas, husmea traseros y establece el dominio de la Corona sobre manzanos, naranjales y acacias.

—Ese manzano lo plantó mi viejo —dice Costas y le tiembla la voz—. Antes de que este trabajo de porquería lo mate.

Viento conveniente que se levanta. Manzana premonitoria que cae.

—Porque los hijos de puta son los de arriba. Y a nosotros nos exprimen hasta la última gota —mano gorda sobre el hombre de Lucas—. Pero hoy nos tomamos la revancha.

Lucas piensa que decir. Abre la boca. No se le ocurre nada.

—Es muy simple Lucas —susurra Costas. Lo atrae hacia sí—. Un pobre empleado. Un jefe abusador que le grita, lo golpe, lo maltrata. El típico bullying, que tan de moda está. Hasta que el tipo no da más y se trata de suicidar saltando de una ventana ¡Escándalo mediático! El jefe es despedido y, para evitar juicio y mala prensa, el empleado recibe un muy generoso pago.

Nueva reacción muda de Lucas, hombre de pocas palabras. La mano gorda que aprieta con fuerza.

—No es tan dificil, Lucas. Vos saltás, yo te pongo el abogado y después repartimos la guita. Ahora, decime, ¿estás conmigo o no?

Una gota de transpiración baja por la pelada de Costas, resbala por la nariz y cae al suelo.

—Si, señor Costas —dice Lucas—. Estoy con usted.

El jefe sonríe y le palmea la cara dos veces. En la tercera toma más impulso, cierra el puño y lo lanza contra su cara. Lucas cae al piso.

—Disculpame —Costas se encoje de hombros—. Realismo.

Se agacha junto a Lucas y lo toma del cuello de la camisa.

—¿Sabe que es usted, Mara? —grito desquiciado— ¡Una mierda! ¡Un empleado de mierda en una compañía de mierda! —segundo puñetazo.

Costas lo ayuda a ponerse de pie. Escupitajo de sangre sobre la alfombra.

—Subite a la ventana —susurra.

Lucas obedece. Se sube al antepecho y se agarra del costado. Enfrente ve el manzano, las ramas tan cerca que casi se pueden tocar. Mira para abajo pero se arrepiente inmediatamente. Dos pisos no serán mucho pero suficiente para dar miedo. Le tiemblan las piernas.

Nadie dijo que el suicidio fuera facil, ni siquiera uno simulado, piensa Lucas y se afloja la corbata.

—Una vuelta mas y volvemos —dice Viktor y desengancha la correa.

Arthur sale disparado tras una ardilla insolente que se opone a su soberanía canina sobre estas tierras vírgenes. La persigue hasta un manzano, la ardilla trepa hasta la primera rama y desde ahí mira al perro que, patas sobre el árbol, la intenta evangelizar a ladridos.

Viktor se acerca, le acaricia la cabeza y Arthur deja de ladrar. Da unos pasos para atrás para admirar el árbol. Es alto y frondoso, dos manzanas rojas cuelgan de una rama. Desde otra, la ardilla lo mira desde su posición de vigía.

Ardilla testaruda, piensa Viktor y se acuerda de su hermana. Saca el celular. Las llamadas perdidas llegan a nueve. Que hacer, piensa, quizás la tendría que llamar.

¿Pero qué hace, Mara? —grita Costas y repite la sonrisa cómplice— ¡Bájese de ahí!

Lucas devuelve la sonrisa, menos un diente, más risa nerviosa, casi de pánico.

Costas corre a la puerta y la abre.

—¡Que alguien venga! —grita a la oficina— ¡El estúpido de Mara va a saltar!

Estampida de secretarias, practicantes y demás empleados hacia la oficina del jefe. Hasta Rosa abandona la insistencia celular y se ubica en la primera fila del suicidio de Lucas.

—¡Vamos, bájese! —vocifera Costas, pero sus ojos dicen “Vamos, salte”.

Tiene la cara roja y la camisa ya mojada de transpiración.

¡Bájese, no sea imbécil! —“Salte, no sea cobarde”

ue actor, piensa Lucas, un Marlon Brando al cuadrado.

—¡No salte, Luca! —y esta vez es Rosa la que habla, tan sobrecogida por la escena que ni siquiera escucha el móvil que suena en su escritorio.

Sabe mi nombre, piensa Lucas, decidiendo ignorar la “s” faltante. Ya sin vuelta atrás levanta la frente hacia el cielo, se persigna –aunque después lo asalta la duda si los suicidas se persignan y no pasa del nombre del Hijo- y da el primer paso hacia un futuro de fraude judicial, amores color de Rosa y algún posible hueso roto.

La caída es rápida y anticlimática. Sin embargo, durante su microsegundo de antigravedad Lucas alcanza a girar sobre sí mismo y ve de una ardilla que lo mira con curiosidad de ardilla, a Costas que rompió su papel por un segundo y enarbola una sonrisa ancha de triunfo y la cara de Rosa que estalla de pavor: la boca abierta en un grito mudo, las manos a los costados haciendo de paréntesis.

Luego, el suelo. Sospechosamente blando.

Lucas, boca arriba, mira a la ventana tapizada de rostros asombrados, entre los que reconoce a Costas y Rosa. El uno ha vuelto a su papel de jefe consternado. La otra ha cambiado el pavor por una genuina preocupación, con lágrimas y mano sobre la boca incluidas.

De la indiferencia a esto, piensa Lucas, y todo de un solo salto. Sonríe. Entonces siente que algo se mueve. Una mano sale arrastrándose como un gusano desde abajo de su espalda. Lucas abre los ojos, sorprendido. El perro le devuelve la mirada y vuelve a lamer la mano.


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El Cholo

El Cholo

—Pero, ¿me vas a decir que no lo conocés a Cholo vos? —la Claudia dejó el vaso que estaba lavando y se secó las manos con el delantal— ¿De qué agujero saliste, pulguita?

—Recién me mudé al barrio —dijo Sarita y estrujó el trapo sobre el balde. Olía a cerveza.

—Dejala tranquila —la Mecha le guiñó un ojo desde desde detrás de la barra—, ¿no ves que esta es nuevecita?

Sarita la miró agradecida.

—No te preocupés, Sarita. La Claudia ladra pero no muerde.

La Claudia mostró las dientes y simuló el ladrido de un perro. Ambas mujeres rieron.

Sarita forzó una risa y volvió a pasar el trapo por la mesa. El bar estaba vacío, como era de esperarse a la hora de la siesta. El único cliente sentado en una esquina se emborrachaba en cámara lenta.

—¡Pero no sabés de lo que te perdés, pulguita! —la Claudia se había sacado el delantal y lo había dejado sobre la pileta de lavar, todavía llena de vasos sucios — El Cholo es un potro.

La Mecha escupió en la barra y limpió con la manga de la camisa.

—Yo lo conozco hace años, ¿sabés? —dijo la Claudia con una mirada cómplice— Desde antes que fuera el Cholo. Ni me acuerdo como se llamaba, pero si me acuerdo que tenía una noviecita que adoraba. Si los hubieras visto dando vueltas por el barrio, los dos con caras de feliz cumpleaños.

La Mecha volvió a escupir. Pasó la manga de la camisa y acercó la mirada, con expresión concentrada. Después asintió con satisfacción.

—Vivían acá a la vuelta, sobre la Colón…

—La Salta —corrigió la Mecha.

—Bueno, la Salta, no importa. La cosa que una noche estaba entrando el Cholo con la noviecita a su casa y aparecen tres tipos, le ponen un caño en la cabeza y lo empujan para dentro.

—Pobre Cholito —la Mecha sacó tres vasos y una botella de whisky de abajo de la barra.

—Pero el Cholo, en vez de quedarse en el molde, se hace el loco. Para qué, los tres tipos le ponen una tremenda cagada y después la agarran a la noviecita. Algunos vecinos escuchan el quilombo y llaman a los canas, pero para cuando llegan la chica no respira y el Cholo está medio muerto.

—Muerto entero.

—Medio muerto. Llegó muerto al hospital —dijo la Claudia—. Dejame contar a mí y vos serví esos whiskies.

—Pero entonces —dijo Sarita, confundida—, ¿el Cholo está muerto?

La Mecha sirvió tres vasos de whisky y le acercó uno.

—No seas impaciente.

La Claudia agarró un vaso y le dio un trago.

—Te explico, pulguita, el Cholo es un tipo tozudo, ¿sabés? No es que se iba a dejar quemar y después quedarse muerto así como así. Y encima le bajaron a la noviecita, mirá vos. La cosa es que a los dos días…

—Tres…

—… tres días van a la morgue y el Cholo no está. Y al rato se lo ve caminando por las calles así tan tranquilo, como te digo.

—La gente no dijo nada, por miedo —dijo la Mecha—. Pero si lo veías venir, te cruzabas de vereda.

—La cosa es que, una semana después, la policía recibe una llamada anónima y va a un descampada. ¿Y que encuentran ahí? Los tres tipos muertos.

La Claudia se bajó el vaso de un trago y se lo acercó a la Mecha.

—¿Y, pulguita, qué decís?

Sarita miró a la Mecha, como en busca de ayuda.

—¿Me lo decís en serio? Un tipo que vuelve de…

—¡Puro verso! —interrumpió el borracho de la esquina— Ese Cholo no es más que un ladrón de cuarta.

—¡Cállese usted, que si hace lío se me va para la calle! —gritó la Mecha y el borracho volvió a su vaso.

—Sarita —dijo la Mecha—, parece verso pero te juro que no te jodemos. Si lo vieras al Cholo.

—Sí, la muerte le hizo bien…

Sarita tomó un trago de whisky. En la esquina el borracho balbuceaba.

—Volvió… diferente —continuó la Mecha.

—Preguntale a cualquier mina del barrio, pulguita. Todas se le mueren.

—Si lo vieras lo entenderías: dando vueltas en su zanella roja con esa mirada en los ojos.

—Todas se le mueren, pero él, ni bola. Solo tiene ojos para una.

—Una mirada triste y perdida, solo para ella.

—Su noviecita.

—Su pobre noviecita.

La Claudia bajó la mirada y la Mecha se sirvió otro vaso.

Sarita se puso de pie y tomó el trapo que había quedado en la mesa.

—Todo bien, pero creo que ustedes me toman a mí de…

El ruido de una moto se oyó afuera y Sarita se interrumpió al ver la expresión en la cara de la Claudia.

—Llegó —dijo sonriendo.

La Mecha miró al reloj que colgaba de la pared.

—Son las tres. Puntual como siempre —guardó la botella bajo la barra y agregó—. Dejá que lo atienda la nueva.

—¡Pero hoy me toca a mí!

—Dejala. Para que aprenda.

La Claudia abrió la boca para protestar, pero la Mecha la agarró del brazo y la llevó a una de las mesas.

—Nos tomamos cinco minutos, Sarita —dijo la Mecha—. Ocupate de las bebidas.

Sarita se había acomodado detrás de la barra cuando la puerta se abrió. El bar quedó súbitamente en silencio: las mujeres callaron y hasta el borracho detuvo su balbucear. Sarita vio la silueta de un hombre delineada por el sol de mediodía.

La puerta se cerró y Sarita necesitó unos segundos para que sus ojos se volvieran a acostumbrar a la penumbra del bar. Entonces pudo ver al hombre que avanzaba con paso perezoso hacia la barra.

Tenía el rostro estrecho, los ojos hundidos, una nariz ancha con prominentes orificios nasales y el pelo largo y enredado, como si hace varias semanas que no lavara. Vestía una camisa negra, que le quedaba demasiado grande y bajo la que se podían adivinar unos hombros flacos y huesudos. Los pantalones eran grises y con barro seco en la zona de los tobillos.

El hombre se paró en el medio del bar y miró a su alrededor. Descubrió a la Claudia y a la Mecha que lo miraban desde una mesa. Inclinó la cabeza a modo de saludo y las mujeres rompieron en risitas histéricas. La Claudia se puso roja como un tomate.

Conforme, el hombre siguió hasta la barra y se sentó en un taburete.

Sarita esperó que ordenara algo, pero el hombre se quedó sentado en silencio. Se llevó el dedo a la oreja y empezó a escarbar concienzudamente. La chica se preguntó si este tipo era del que habían estado hablando.

—¿Quiere tomar algo? —dijo Sarita y a su pesarla voz le tembló.

Solo entonces el hombre pareció notarla.

—¿Y vos quien sos?—dijo, mientras se limpiaba el dedo en la camisa.

—La barista.

El hombre la miró confundido, como tratando de entender. Después sonrió, mostrando unos dientes grandes y chuecos. Sarita notó que le faltaba uno adelante.

—Y si, ¿qué vas a ser el Papa? —dijo el hombre y soltó una carcajada equina que resonó en todo el bar. Sarita vio a la Claudia y a la Mecha que los miraban y murmuraban por lo bajo.

El hombre se levantó y se sentó en el taburete enfrente a Sarita. Olía a sudor rancio.

—Dame un tinto —dijo y, mientras se pasaba la lengua por el hueco del diente faltante, agregó en voz baja— y tu número de teléfono, florecita.

Sarita no contestó, sirvió un vaso de vino y lo apoyó en la barra. El hombre le agarró la mano. Tenía las uñas largas y sucias.

—Dale, no seas tímida.

—No tengo teléfono —dijo Sarita y sacó la mano.

El hombre la miró extrañado, como si no comprendiera que acababa de suceder. Agarró el vaso de vino y se lo tomó de un trago.

—Ando apurado hoy —dijo sin mirarla a los ojos— Ponémelo en mi cuenta.

Después se paró y a paso apurado abandonó el bar.

Apenas se hubo apagado el sonido de la moto, la Claudia y la Mecha saltaron sobre la barra.

—¿Y, Pulguita? ¿Qué pensás ahora?

Sarita permaneció en silencio, mientras las mujeres la miraban expectantes. Agarró el vaso que había quedado sobre la barra. Todavía tenía un fondo de vino.

—¿Y? —insistió la Mecha.

Sarita dejó el vaso y la miró a la Claudia, que sonreía.

—Tenías toda la razón —dijo y con una sonrisa agregó— El Cholo es un potro.


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Monstruos

Monstruos

Jimena espera en la oscuridad. Bajo las sábanas sostiene el reloj de payaso que le regaló la abuela. Los brazos del payaso marcan los minutos y las horas; los ojos se mueven marcando los segundos. Cuando el brazo más chico se llega al tres, Jimena se baja de la cama.

La casa está en calma. Jimena imagina la superficie de un lago, inmóvil bajo la luz de la luna. Sólo los suaves ronquidos de mamá forman relieves en el silencio.

Sin hacer ruido, llega hasta el cuarto al final del pasillo.

—¿Mamá? —susurra.

Espera. No hay respuesta: Mamá duerme.

Jimena se asoma a la sala. En el sillón duerme Roberto, el nuevo novio de mamá. Sobre la mesa, una botella vacía de vino. No le gusta Roberto. Huele a cigarrillo y grita. Mamá lo conoció en la estación de servicio. A Jimena no le gusta que trabaje ahí. Tiene que salir cada mañana y eso no es bueno.

Pero ahora mamá consigió un nuevo trabajo: desde mañana trabaja en casa. Es mejor, más seguro que afuera.

Vuelve a su cuarto y cierra la puerta. Para esta noche elije el buzo azul y sus zapatillas favoritas: las rojas, también regalo de la abuela. Saca la mochila, ya preparada, de abajo de la cama. Su lagartija de peluche la mira con ojos de plástico desde el cajón de juguetes.

—Vamos, Graba —dice y la saca del cajón—. Ya es hora.

La ventana se abre sin hacer ruido. Es una noche clara, de luna llena. Esta vez no habrá necesidad de llevar linterna.

Un perro aúlla a lo lejos. Jimena abraza a Graba.

—Los monstruos están afuera —susurra—. Pero no hay que tener miedo, Graba, ya tengo todo listo.

Abre la mochila y controla una última vez. Sí, todo está allí: la piedra verde, para no tenerle miedo a la oscuridad; la campera abrigada; tres barras de chocolates, porque a veces tardan y tiene que esperar; y, lo más importante, el frasco de polvo contra monstruos. Lo saca de la mochila y lo abre. Sí, todavía queda suficiente para una última vez.

Descolgarse de la ventana al jardín es sencillo. Pero la primera vez no fue tan fácil. Estaba nerviosa y encima cansada después de pasar todo el día en el velorio de la abuela. Se resbaló, ensuciandose todo el pantalón de barro. Su pantalón favorito. Pero desde entonces había aprendido a ser más cuidadosa.

El cobertizo está sin llave. Saca la bicicleta y a los pocos minutos ya está pedaleando por la calle desierta, con Graba sentada en el canasto del manubrio.

Jimena llega al parque y se detiene a la entrada. Los árboles apenas dejan pasar la luz de la luna y el parque está oscuro. Es bueno que esté oscuro. Ellos se sienten protegidos por la oscuridad: necesitan ocultar lo que hacen, lo que son. Por eso sólo salen de noche, aunque se los puede adivinar de día. Sólo hace falta un buen anzuelo, una sonrisa, una invitación. Después, esperar a ver si vienen.

Saca la piedra verde de la mochila y se la guarda en el bolsillo del pantalón. Cuesta abajo, el camino atraviesa un bosque serpenteando hacia el lago. Desde los árboles llegan rumores, murmullos, jadeos: el bosque tiene sus propios monstruos. Pero Jimena no les presta atención: no son los tipos de monstruos que a ella le interesan.

Pronto los ruidos del bosque quedan atrás y llega al muelle abandonado. La luna se refleja en el lago. Por un momento la noche parecer tener dos lunas gemelas. Jimena mira alrededor ¿Tal vez llegó muy temprano?

—Viniste —escucha.

El hombre sale de atrás de un arbusto. Viste jeans y la misma chaqueta verde que siempre usa en el kiosco. Unos anteojos de marco fino enmarcan dos ojos que brillan a la luz de la luna.

Huele mal, piensa Jimena; siempre huelen mal. Así los reconoce. El mismo olor agrio, oscuro, mezcla de ajo y leche vencida. Como el señor que vivía detrás del supermercado. El ese otro, amigo de la tía. O…

—Que bueno que hayas venido —el hombre mira alrededor y se acerca a Jimena— y que hayas traído a tu amigo.

Jimena vuelve en sí y abraza a la lagartija de peluche contra su pecho. No hay que distraerse.

—Se llama Graba.

—Hola, Graba —se agacha y estira la mano pero Jimena da un paso hacia atrás—. No tengas miedo, si yo soy tu amigo —después nota la mochila—. ¿Qué traes ahí?

Jimena lo mira. El peluche siempre les llama la atención pero la mayoría ignora la mochila.

—Es para cazar monstruos.

El hombre deja escapar una risa nerviosa.

—Y, ¿ya atrapaste alguno esta noche?

—¿Y los caramelos? —dice Jimena.

—No los pude traer. Tenía miedo de que los monstruos se los comieran. Pero si querés podemos ir a mi casa. Ahí tengo muchos caramelos.

—¿Y jugo de naranja?

—Si. Y jugo de naranja. Como te prometí —estira la mano hacia ella—. Vamos, mi camioneta está acá cerca.

Jimena duda un momento, después le agarra la mano.

—Tengo que llevar la bici. Si la pierdo mamá me va a retar.

—Y no queremos eso —y levanta la bicicleta sobre el hombro.

Encuentran la camioneta estacionada al costado del lago, oculta entre los arbustos. Jimena se sube con Graba al asiento del acompañante mientras el hombre acomoda la bicicleta en la caja.

Manejan en silencio. Jimena presta atención al camino. Es importante contar las cuadras, saber cuantas veces se dobla a la derecha, cuantas a la izquierda.

Veinte minutos más tarde llegan a una casa en un camino de tierra y estacionan la camioneta entre dos arboles.

La casa tiene una habitación, pequeña y austera. Todas lo son. Jimena se sienta en una silla y balancea los pies mirándose las zapatillas rojas. Sobre la mesa hay un tazón lleno de caramelos, un vaso y una botella de jugo de naranja.

—¿Ves?, te dije que no mentía: todos los caramelos que quieras comer —dice el hombre y llena el vaso.

Jimena levanta la cabeza. Sólo uno, piensa.

—¿Y tu vaso? Así hacemos chin-chin-y-hasta-el-fondo —y vuelve a mirarse las zapatillas.

El hombre se acomoda los anteojos con una sonrisa.

—Pero si tenés razón —abre un armario y saca un segundo vaso. Lo sirve—. Que mejor motivo para brindar que dos amigos pasándola bien, ¿no? —le da un vaso con jugo a Jimena— ¡Salud!

Pero Jimena no se mueve.

—¿Podemos poner la bici adentro? —dice— Tengo miedo de que me la roben.

El hombre se acerca a Jimena. Suspira.

—Como vos quieras —le acaricia la cabeza—. Tenés un pelo muy lindo, ¿sabés?

Jimena se hace para atrás. No le gusta que la toquen. El olor se pega.

—Está bien. Quédate acá, ya vuelvo.

Apenas se queda sola Jimena abre la mochila. Sabe que tiene un minuto, quizás menos. Pero no se apura, no es necesario apurarse.

Saca el frasco con polvo contra monstruos y vuelca un poco en el vaso. No usa todo, solamente lo justo para que funcione sin cambiar el sabor del jugo. Después lo vuelve a guardar.

Apenas cierra la mochila el hombre vuelve con la bicicleta y la deja contra la pared.

—Ahí está la bici, ¿contenta?

—¡Chin-chin-y-hasta-el-fondo! —dice Jimena con una sonrisa y alza el vaso de jugo.

El hombre le devuelve la sonrisa. Levanta el suyo.

—¡Chin-chin-y-hasta-el-fondo! —y se lo bebe de un trago.

Jimena hace lo mismo, deja el vaso sobre la mesa. Ya está, piensa y da unos pasos para atrás.

—Ahora que ya tomamos el jugo y comimos los caramelos, quizás podemos jugar…

El hombre queda inmóvil. Jimena se aleja y se apoya contra la pared. Mira como se lleva la mano al cuello, como abre la boca intentando decir algo, sólo para dejar salir un gorgojeo ronco. La mira con los ojos abierto, grandes. Trata de entender, piensa Jimena. Siempre tratan de entender. Pero no entienden que ya es tarde.

Entonces las piernas le fallan y el hombre cae al piso, golpeándose la cabeza contra el costado de la mesa y volcando la botella de jugo.

Jimena espera un poco. Cuenta hasta veinte, para estar segura de que el polvo funcionó. Después se acerca. Está en el piso, los anteojos rotos a un costado. Tiene la boca llena de espuma y se retuerce sacudido por fuertes convulsiones. Le llama la atención el hilo de sangre que sale bajo la cabeza, mezclándose con el jugo derramado. Algo nuevo, piensa Jimena. No siempre tiran espuma, pero nunca sangran.

Jimena toma la bicicleta y abandona la habitación. Es un largo camino a casa y cuando deja la bicicleta en el cobertizo ya ha comenzado a amanecer. Trepa por la ventana y entonces escucha un sollozo.

Jimena sale de su cuarto y entra a la sala. Está toda desordenada. Hay manchas de vino en la pared, la mesa está dada vuelta y el piso está lleno de vidrios rotos. Mamá llora en el sillón, la cara hundida entre las manos.

—Mamá, ¿estás bien?

Sólo entonces la madre parece notarla.

—¿Jimena? —tiene un corte en la frente y el labio partido. Los ojos rojos de tanto llorar— ¿Qué haces despierta a esta hora?

—¿Que pasó, mamá?

—Nada, Jimena, volvé a la cama.

Los marcos de las fotos familiares están todos rotos y esparcidos por el suelo. Desde una foto Jimena ve a la abuela que la mira desde una cama de hospital.

—No te preocupes, mamá. Vuelvo a la cama —dice y le da un beso en la mejilla.

Con Graba bajo el brazo llega hasta el cuarto al final del pasillo. Adentro el novio de mamá se sirve un vaso de vino.

—¿Que mierda querés vos, pendeja? —dice Roberto.

Jimena abraza a su lagartija de peluche.

—Tenías razón, Graba —susurra. Se pregunta si todavía quedará suficiente polvo en el frasco—. Los monstruos no sólo están afuera —y entra a la habitación.


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La mala conducta

La mala conducta

—No entiendo… Si mi Javi es un ángel.

La señora Silva apretó la cartera con las dos manos. Con expresión confundida miró al director y a la maestra, sentados en el lado opuesto del escritorio. Después miró a su marido.

—Carlos… decí algo.

—Sí, mi amor —dijo Carlos sin dejar de escribir en su celular.

La señora Silva se volvió hacia el director.

—Debe haber un error…

—No hay ningún error—dijo el director—. Lamentablemente no podremos aceptar más a su hijo en el colegio.

—¿Pero que pudo haber hecho? Si él es tan bueno.

La maestra frunció el ceño.

—Señora, ¿lo dice en serio? Su hijo es un criminal.

—¿Como dice? ¡No se lo permito! Mi Javi solo tiene doce años y…

—Un delincuente de doce años, pero todavía un delincuente.

La señora Silva se puso de pie.

—Carlos, ¿vas a permitir que hablen así de tu hijo?

—No, mi amor —dijo Carlos, sin levantar la vista de la pantalla.

—Por favor, señora, siéntese —dijo el director y luego, dirigiéndose a la maestra—. Y usted, trate de mantener la compostura.

La señora Silva le lanzó una mirada de odio a la maestra y tomó asiento.

—Muy bien —el director sacó una carpeta de un cajón—. Esta decisión no fue tomada a la ligera, ni se debe a un hecho aislado. Déjenme leerle la lista de amonestaciones de Javier. Verá que el joven es difícil de controlar.

—No me sorprende, con el tipo de maestras que contrata.

—Disculpe, pero no culpe al colegio si usted no sabe educar bien a su hijo —dijo la maestra.

—Leo: 3 de Agosto: se peleó con un compañerito en el recreo;…

—¿Quien se cree que es para decirme como debo educar a Javi?

—… 6 de Septiembre: Tiró piedras a los perros del vecino;…

—Por algo el chico terminó como terminó y, conociéndola a usted, me queda claro porque.

—… 10 de Octubre: insultó a la maestra de Lengua; …

—Pregúntele a mi marido, si quiere,…

—Sí, mi amor —respondiendo un mensaje de texto.

—… y verá que soy una madre modelo.

—Señoras, por favor.

—Además todo lo que escucho no son más que travesuras infantiles…

—Son señales de que algo con el chico no anda bien.

—Por favor, si nos calmamos.

—Díganme, ¿Qué ha hecho mi Javi para merecer ser expulsado?

—El chico necesita límites.

—No es más que un chico travieso…

—Sí, mi amor.

—… un chico inocente.

—¿Quiere saber que hizo su angelito?

—…sin una pizca de maldad…

La maestra golpeó el escritorio con el puño.

—Su hijo mató a Graba.

La habitación quedó en silencio.

—¿Disculpe?

—Graba era una lagartija: la mascota de la clase —la maestra bajó la mirada—. Un día después del recreo encontramos a Javier llenando el terrario con agua. El pobre animalito se ahogó.

La señora Silva miró al director, indignada.

—Así que ahora mi hijo no es solo un criminal, sino además un asesino —se volvió hacia su marido— ¿Carlos?

—Sí, mi…

La señora Silva le arrancó el teléfono de la mano y lo arrojó al piso. El señor Silva se agachó a recogerlo.

—Ni se te ocurra.

El señor Silva suspiró y volvió a acomodarse en la silla.

—¿Qué hizo ahora el…? —miró a su mujer y dudó un momento. Luego se dirigió al director— ¿Cuál es el problema?

—Su hijo mató una lagartija —dijo el director.

—Una lagar… ¿todo este lio por una lagartija? —el señor Silva sacó la billetera y la abrió— ¿Cuánto cuesta un bicho de esos? ¿cien, doscientos?

Su mujer le golpeó el brazo.

—Javi no la mató. Nunca haría algo así.

—Y no es un tema que se pueda arreglar con dinero —dijo la maestra.

El señor Silva miró al directo, que se encogió de hombros.

—¿Y qué dice Javier de todo esto? —dijo mientras guardaba la billetera.

La señora Silva sonrió con orgullo.

—¡Eso! Escuchemos a Javi. Estoy segura que hay una buena explicación a todo esto. Seguramente estaba protegiendo a un compañerito o algo así. Mi Javi es un chico tan noble.

—Javier está esperando afuera —dijo el director y luego, a la maestra—. Por favor hágalo pasar.

La maestra y la señora Silva intercambiaron miradas de desprecio. Luego la maestra se dirigió a la puerta, la abrió, asomó la cabeza y la volvió a cerrar.

—Javier no está.

El director la miró atónito. Estaba por decir algo cuando se escuchó un choque afuera.

El señor Silva se acercó a la ventana y pegó un grito.

—¡Mi auto! —después se tanteó los bolsillos del pantalón— ¡Mis llaves! Pendejo hijo de… —entonces miró a su mujer y abandonó corriendo la oficina.

La señora Silva lo siguió con la mirada. Cuando se dio vuelta el director y la maestra la observaban.

Ignorando los gritos de su marido que llegaban desde afuera se puso de pie y se encaminó hacia la puerta de la oficina.

—Un colegio como este obviamente no merece un estudiante como mi Javi —dijo mientras abría la puerta y antes de salir, agregó—. Tanto lío por una lagartija.


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El mundo de Rufo y Tino

El mundo de Rufo y Tino

Tino abre la boca y saca la lengua. Bajo la nariz roja de payaso, una lagartija asoma la cabeza y también saca la lengua.

—Dejá eso —dice Rufo.

La lagartija corre fuera de la boca de Tino y se esconde en el bolsillo de la camisa.

—Pero les gusta, se ríen —dice Tino—. Especialmente los más chicos.

Rufo se pone de pie y mira hacia las butacas: están todas vacías.

—Hoy no vino nadie, ¿quién se va a reír si no hay público?

—¿Y si justo entra un chico? Si nos ve acá sentados sin hacer nada, quizás se vaya.

Tino da dos golpecitos en el bolsillo de la camisa. La lagartija se asoma y saca la lengua.

—¿Ves? Graba está de acuerdo.

—¿Y quién soy yo para discutirle a Graba? —dice Rufo y con una sonrisa acaricia la cabeza del animal.

Rufo deambula con paso perezoso por el escenario. Tiene los zapatos exageradamente grandes y un pañuelo violeta en el bolsillo del saco verde. Se acerca a la única utilería: un enorme tronco de madera que simula un árbol.

—¿Qué pasa que hoy no vino nadie? —pregunta Tino.

—¿Quién sabe? Quizás tenían mejores cosas que hacer —Rufo se limpia el sudor de la frente con la manga de la camisa, corriéndose el maquillaje blanco—. ¡O quizás hubo una guerra! —grita Rufo y levanta los brazos hacia el techo.

La lagartija se esconde dentro del bolsillo.

—A Graba no le gustan las guerras.

—Con tanques, tiros, ataques y contraataques. Y al final —Rufo forma un círculo con las manos y lo va haciendo crecer cada vez más—, una bomba tan tan grande que los mató a todos.

—¿Hasta a los más chicos?

—¡A todos! Somos los únicos sobrevivientes.

—No me gusta este juego, Rufo.

Rufo se acerca a Tino.

—Perdoname. No llores, que se te va a arruinar el maquillaje —le desordena la peluca anaranjada—. Solo estaba jugando. Para pasar el tiempo, ¿sabés?

Tino se seca las lágrimas y sonríe.

Entonces, un chirrido hace que ambos se vuelvan. La puerta de entrada del teatro se abre y un hombre gordo y con el pelo mojado asoma la cabeza. Mira a ambos lados, como para asegurarse que todo está bien y entra. Viste un impermeable amarillo. Se dirige hasta la última fila, deja el impermeable en un asiento y se sienta. Luego saca un sándwich y comienza a comer.

Tino y Rufo observan en silencio.

—Tenemos público —susurra Rufo—. Preparate —y Tino desaparece detrás del árbol.

Rufo se arregla el saco y con voz potente se dirige a su público.

—¡Bienvenidos, niños y niñas, al mágico mundo de Rufo y Tino! Yo soy Rufo y voy a ser su mejor amigo esta noche. Pero, ¿saben? Yo tengo otro amigo que se llama Tino ¿Quién lo quiere conocer?

A través de la luz de luz de los reflectores, Rufo puede ver al hombre que sacó una revista y la lee mientras come el sándwich.

—Lo que pasa, chicos, es que él es un poco tímido y no se anima a salir. Por eso lo tenemos que llamar. Todos juntos: ¡Ti-no!

Rufo cree casi escuchar el sonido del hombre masticando.

—Otra vez: ¡Ti-no! ¡Ti-no!

Vuelve la vista hacia el árbol.

—Psst… ¿Qué pasa? ¿por qué no salís?

—Es que todavía no me llaman —contesta Tino.

—¡No importa, salí ya!

Tino salta al escenario y exagera una reverencia.

—¡Hola, Tino! —dice Rufo y después, dirigiéndose hacia el público—. ¿Saben, chicos? Nosotros no estamos solos. Tenemos otro amiguito y se llama Graba —mira hacia ambos lados del escenario y luego se rasca la cabeza—. Tino, ¿dónde está Graba?

Tino se encoge de hombros, después se fija en el bolsillo izquierdo y en el derecho. Finalmente mira al público y saca la lengua. La lagartija asoma la cabeza y saca también la lengua.

El teatro queda en silencio. Tino permanece un momento con la lengua afuera. Espera, pero no hay risas. Mira con angustia a Rufo.

—Graba, chicos, no es una lagartija común —dice Rufo elevando aún más la voz—: ¡Es una lagartija voladora!

Tino toma impulso y escupe hacia arriba. La lagartija se eleva dos metros, ejecuta una doble mortal y finaliza con un clavado en el bolsillo de la camisa. Luego Tino da dos golpecitos, la lagartija se asoma y saca la lengua.

Rufo y Tino sonríen y miran expectantes hacia la audiencia, pero no hay aplausos. El hombre tose, sin dejar de leer la revista.

Rufo saca cuatro pelotas de su saco y comienza a hacer malabares. Por el rabillo del ojo observa al hombre: ya va por la mitad del sándwich. Una a una le pasa las pelotas a Tino, pero se distrae y lo hace con demasiada fuerza. Una de ellas le pega en la frente a Tino, que cae y se golpea la cabeza contra la base del árbol. Comienza a llorar.

—Ay, Tino ¿Estás bien? Perdoname, yo…

Entonces Rufo se interrumpe. Se vuelve y ve al hombre del sándwich. Los está mirando. Tiene la boca abierta y un pedazo de pan cae sobre la butaca. Se ríe, se está riendo.

Tino se pone de pie y se limpia las lágrimas. Antes que pueda terminar Rufo le da un golpe en la mandíbula. Tino cae al piso. La risa del hombre llena el teatro.

Tino se levanta y vuelve a caer de un rodillazo en las costillas. Lo intenta una tercera, una cuarta vez. Rufo lo golpea y el hombre ríe. Tino vuelve al piso, hasta que está tan golpeado que ya no se puede volver a parar.

Rufo se agacha y sigue golpeando. El hombre ahora está de pie: standing ovation. Aplaude desde la butaca festejando cada golpe.

Rufo no para hasta que le duelen los brazos. Finalmente cae agotado al suelo. Se limpia el sudor y mira hacia la audiencia. El hombre tiene puesto el impermeable y sonríe junto a la puerta abierta. Rufo se pone de pie y, a pesar de las náuseas, hace una reverencia. El hombre aplaude una última vez y deja el teatro.

Rufo se queda en silencio, temblando bajo los reflectores. El eco del último aplauso todavía resuena en el teatro. Sonríe. Entonces se mira las manos. Las tiene cubiertas de sangre y maquillaje blanco.

Se vuelve hacia Tino y lo ayuda a levantarse.

—¿Lo hice bien, Rufo? —Tino apenas puede hablar. Tiene un ojo hinchado y el labio partido —Lo escuché reírse.

—Sí, lo hiciste muy bien —Rufo saca el pañuelo violeta del bolsillo y le limpia la sangre de la cara.

—¿Escuchaste eso, Graba? —Tino da dos golpecitos en el bolsillo de la camisa pero la lagartija no aparece. Se miran. Los ojos muy abiertos. Tino duda un momento y vuelve a golpear el bolsillo. Esperan, pero Graba no se asoma.

Tino mete la mano en el bolsillo y saca la lagartija. Con cuidado la extiende sobre la mano. Rufo aparta la mirada. El teatro queda en silencio.


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Inconvenientes y tribulaciones de salir con la Julita

Inconvenientes y tribulaciones de salir con la Julita

“No va a morir frente al Dakota,

no alcanzará,

dice que el amor se muere

y no dice más.“

Héroe del Whisky, Patricio rey y sus Redonditos de Ricota

—Entonces, ¿vos querés salir con mi hija?

Fabián se sonrojó. No se esperaba una pregunta tan directa. Sentado en el sillón, miró el vaso de whisky que sostenía en su mano. Los dos cubos de hielo le parecieron restos de un naufragio, sin sobrevivientes a la vista. Acerco la nariz y el olor a alcohol barato casi le produjo arcadas.

—Buen whisky, ¿eh, pendejo? —el padre de Julita lo miraba desde el sillón de enfrente, con su propio vaso de whisky apoyado sobre la panza voluminosa. Con la mano derecha acariciaba una botella abierta de Jameson – con etiqueta fotocopiada y una J que lucía sospechosamente como una I adulterada. Los ojos rojos y el olor que despedía le hicieron pensar a Fabián que ese no era su primer vaso de la tarde, quizás ni siquiera su primera botella.

—Señor Molina…

—Decime Carlos, nomás.

Fabián dudó un momento.

—Carlos… yo a la Julita la conozco desde el colegio. Fuimos compañeros en segundo grado y…

—¿Qué me vas a contar la historia de tu vida ahora? – el señor Molina se bajó el vaso de un trago y agregó, señalando el whisky de Fabián– Tomate eso.

Fabián dio un trago. El whisky sabía peor de lo que olía y no pudo evitar toser.

—Pendejos de hoy, no saben apreciar la buena bebida — el señor Molina volvió a llenar su vaso—. Ahora decime, ¿qué querés vos con la Julita?

Fabián se acomodó en el sillón. Pensó en la Julita que ahora estaría en su cuarto esperando por el resultado de esta charla.

—Nosotros queríamos empezar a salir.

Se acordó de la conversación que habían tenido la semana anterior. “Habla con papá”, le había dicho, “así podés venir a casa cuando quieras”.

—¿Salir cómo amigos? —dijo el señor Molina.

—No, señor.

—Carlos.

—No, Carlos. Como novios.

“No te preocupés”, había dicho la Julita mientras le agarraba la mano, “papá puede dar miedo, pero en el fondo es un pan de Dios”.

—Ah, ¡al fin que sos claro, pendejo! – dijo el señor Molina golpeando el brazo del sillón con tanta fuerza que la botella de whisky se tambaleó— Vos te querés aprovechar de mi hija.

—No, yo a la Julita la quiero.

—Vos te la querés coger.

—No, señor.

El señor Molina se puso de pie y arrojó el vaso contra la pared.

“En el fondo es un dulce“ había dicho la Julita “como vos” y le había dado un beso en la boca.

—¿Que me estás diciendo mentiroso, pendejo? Primero venís a mi casa y me decís en la cara que te la querés coger a la Julita. Ahora me tratás de mentiroso. Vos te la estás jugando.

Alguien golpeó la puerta de la habitación.

—¿Está todo bien, Carlos? – dijo una voz de mujer.

—Sí, mi amor – dijo el señor Molina y a Fabián le sorprendió el contraste entre aquellos ojos inyectados de sangre y lo suave de su tono—. No te preocupés.

—Dale, en media hora está la comida.

Fabián volvió a mirar su vaso de whisky. Los hielos ya se habían derretido.

—Señor— dijo, y a su pesar la voz le tembló –, no es como usted piensa. Yo a su hija la amo.

El señor Molina abrió un armario de bebidas de bebidas y sacó otro vaso. Se sentó y lo volvió a llenar. Después lanzó una carcajada.

—¡Amor! ¡Ahora me hablás de amor, pendejo insolente! ¿Qué vas a saber vos sobre eso? ¿Sabés que es amor? Amor es estar veinte años con la vaca esa que mugió desde detrás de la puerta ¡Veinte años, pendejo! Y no te confundás: yo todavía la quiero. Eso es amor. Lo tuyo es calentura.

Fabián pensó en la Julita esperándolo en su cuarto.

—Usted se equivoca.

—Yo no me equivoco nada, vos solo…

—¡Usted se equivoca! – Fabián apoyó con fuerza el vaso sobre la mesa de al lado –. Para mí la Julita es perfecta.

—¿Perfecta? ¿Ves, pendejo? ¡Si me das la razón! La ponés en un pedestal. ¿Y que pasa después cuando abras los ojos y veas que es una mina normal? ¡La mandás a la mierda! ¡Qué amor que tenés!

—¡Usted no sabe de lo que habla! —dijo Fabián, sin darse cuenta que estaba gritando— Yo la conozco a la Julita —y, con un tinte de malicia, agregó—. Mejor que usted, me parece.

El señor Molina tomó la botella de whisky y se la llevó a la boca, con los ojos fijos en Fabián. Dio un trago largo y sin soltar la botella se puso de pie.

—¿Vos crees que sos el primero que viene acá a quererse coger a la Julita? —se acercó a Fabián hasta que su cara quedó a centímetros de la suya— Cada semana viene uno nuevo. Solo que vos sos el primero que es tan boludo como para decírmelo en la cara.

Fabián sintió el aliento rancio a whisky y sudor, pero no bajó la mirada.

—¿Sabes cuánto coge la Julita? – continuó el señor Molina—. Salió al padre: dos o tres cada semana. La verdad no sé cómo hiciste para entrar a la casa vos, con esos cuernos.

—Mentira.

—Tu novia es una puta, ¿sabés? Se cogió a medio barrio ya —el señor Molina le palmeó el costado de la cara.

—Cállese.

—Decílo, mi novia es una puta —el señor Molina sonrió—. Decí: Pu – ta, Pu – ta.

—¡Cállese! – gritó Fabián y empujó al señor Molina. Este dio unos pasos hacia atrás, se tropezó con la mesita y cayó al piso. La botella que tenía en la mano se rompió contra el piso.

—¿Carlos, que pasó? – dijo la voz detrás de la puerta.

—Nada, mi amor —contestó el señor Molina. Se sacó un vidrio de la palma de la mano y, mientras se limpiaba la sangre en la camisa, agregó—. No te preocupés.

Luego se puso de pie y se dirigió a un equipo de música. Lo encendió.

—Así podemos conversar más tranquilos, pendejo – dijo y subió el volumen—. Ojalá te gusten los Redondos.

Antes de que Fabián pudiera reaccionar el señor Molina, con una agilidad inesperada, salto sobre él y le dio un golpe en las costillas que lo dejó sin respiración.

—Así que tenés huevos, pendejo —dijo. Lo agarró del cuello y lo tiró contra la mesa, que se partió en dos.

— Pero, decime —gritó—, ¿por qué tendría que creerte yo que vos la querés de verdad a la Julita?

Fabián lo miró desde el suelo, encogido entre las astillas de la mesa y la botella rota de whisky.

—¿La vas a querer cuando esté vieja? —las manos del señor Molina se cerraron sobre el cuello de Fabián— ¿cuándo esté gorda y fea como su madre?

Fabián se sacudió, tratando inútilmente de liberarse. Las manos de señor Molina, cubiertas de sangre y vidrios rotos, apretaban con fuerza. Tanteando el piso, Fabián encontró la botella rota y la clavó en el brazo del señor Molina. Este pegó un grito de dolor y lo soltó.

Fabián se puso de pie y recogió una de las patas de la mesa que había rodado cerca.

—Yo no le puedo prometer que va a ser para siempre –dijo—, pero le puedo prometer que a la Julita la voy a cuidar.

El señor Molina lo agarró de una pierna y le clavó la botella rota en la pantorrilla. Fabián pegó un gritó y lo golpeó en la espalda con la pata de la mesa.
El señor Molina volvió a desplomarse en el suelo.

—Y le prometo que nunca le voy a faltar el respeto – continuó Fabián, agarrándose la pierna, que comenzaba a sangrar.

El señor Molina tomó un cristal roto del piso y se levantó con dificultad. Se abalanzó sobre Fabián, pero este se hizo a un lado y el hombre se estrelló contra el armario de bebidas y cayó al suelo. El armario se balanceó peligrosamente.

Desde el suelo, el señor Molina miró a Fabián.

—La Julita es una chica muy especial —dijo, con voz temblorosa.

—Ya sé, Carlos – contestó Fabián y le dio un pequeño empujón al armario, que cayó estrepitosamente sobre el padre de su novia.

Fabián se sentó en el sillón y soltó la pata de madera. Se agarró la pierna, que sangraba a la altura de la pantorrila.

Unos golpes en la puerta lo sobresaltaron.

—¿Carlos? ¿Está todo bien?

Fabián se quedó estupefacto. Abrió la boca pero antes que pudiera decir algo la voz del señor Molina lo interrumpió.

—Sí, mi amor, no te preocupés —dijo, saliendo de abajo del armario. Estaba cubierto de alcohol y vidrios rotos.

—¿Seguro? —insistió la mujer.

Fabián se acercó al señor Molina, le tendió una mano y lo ayudó a levantarse.

—Seguro, seguro. Solo estamos escuchando a los Redondos —dijo el señor Molina y escupió un diente al suelo. Después, mirando al joven, agregó con una sonrisa-. Acá con… Fabián era, ¿no?


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